Entre las muchas anécdotas que existen
alrededor del cine estadounidense, hay una especialmente graciosa
donde se relata la reacción que Howard Hawks tuvo, tras el visionado
de “High Noon” (“Solo ante el peligro”), película realizada
por Fred Zinneman en 1952, y del que salió totalmente decepcionado,
ya que no entendía, según su forma de ver las cosas, como era
posible que un atribulado “sheriff” del viejo oeste pidiera
desesperadamente ayuda por todo el pueblo para desempeñar su cargo ante unos malhechores, y nadie se la prestara. Eso era imposible de
aceptar, lo consideraba una conducta poco profesional. Así que puso
manos a la obra y comenzó el nacimiento de un filme que vería la
luz en 1958, “Rio Bravo”, donde su “sheriff” en peligro, John
Wayne, no pedía ayuda ninguna para proteger a sus amigos y vecinos,
actúa profesionalmente y aún y así todos se la ofrecen
desinteresadamente.
Sea o no cierto este hecho, la realidad
es que el filme de Zinneman de 1953, cosechó el Óscar al Mejor
Actor, Gary Cooper y Dimitri Tiomkin lograba el mismo galardón por
la Mejor Banda Sonora, además también era premiada con dos Globos
de Oro, como Mejor Actor, nuevamente Cooper y Mejor Actriz de Reparto
para Katy Jurado, mientras “Rio Bravo”, la película de Hawks
rodada en 1958, pese a ser considerada uno de los mejores westerns de
la historia del celuloide, tan solo destacó con un Globo de Oro a la
Nueva Estrella del Año en la categoría de actriz para Angie
Dickinson y quedó fuera de la carrera de los Óscar. Algo bastante
sorprendente a tenor de la categoría del director y del reparto que
atesoraba, a lo que cabe añadir que casualmente el autor de la
música es también el compositor anteriormente mencionado Dimitri
Tiomkin. Debió conformarse con un segundo lugar en los Golden Laurel
por el trabajo como Mejor Actor de Dean Martin, en la categoría de "Drama" y la nominación de Hawks a los Premios del Sindicato de
Directores.
A pesar de ello, la película de Howard
Hawks goza de una popularidad que no tiene “Solo ante el peligro”,
siendo este, por supuesto, un magnífico filme del que se han hecho
múltiples estudios.
Las dos películas tienen unos enfoques
diametralmente distintos, ya que Hawks muestra una vez más al héroe
como un hombre fuerte (habitualmente acompañado por mujeres) que
debe salir por si mismo de sus problemas, un personaje que sabe como
comportarse y qué es lo que debe hacer en cada momento.
Algo que resulto muy valioso para el
realizador fue, que en la elaboración del guión los guionistas
disponían habitualmente de un par de opciones válidas para resolver
cada situación, lo que permitió que años mas tarde, utilizando
gran parte del material descartado, Howard Hawks, rodara su propio
“remake” y presentara en 1966,“El Dorado”, una cinta mucho
más crepuscular que su predecesora.
El rodaje de “Rio Bravo” se llevó
a cabo entre mayo y julio de 1958, y contaba con un título
alternativo: “A bull by the tail”, algo así como “Un toro por
la cola” o lo que sería una expresión más correcta para nosotros
“El toro por los cuernos”. La canción “My rifle, my pony and
me” interpretada por Dean Martin acompañado del joven Ricky Nelson
a la guitarra, ya fue el tema melódico principal de otro western del
realizador, “Red River” (“Rio Rojo”) de 1948, aunque la
ocurrencia de Hawks de utilizar a la joven estrella, Nelson, en aquél
momento un rival menor de Elvis Presley, le proporcionó un plus
publicitario extra, provocando que el filme lo viera un público
joven que no conocía al director.
Tal vez “Rio Bravo” sea una obra
excesivamente convencional, pero su habilidad, su virilidad, su humor
ocasional y un mayor acercamiento profesional, hacen de ella una gran
película. Quizás la más personal que rodó jamás. Un filme con
una narración perfecta, admirable en su elemental sencillez y su
perceptible ausencia de artimañas. La película es perfecta, es el
trabajo de un maestro artesano. No hay un solo tiro fuera de lugar, y
es asimismo extraordinariamente absorbente y su duración de 141
minutos fluye con la naturalidad del cauce de un rio.
Cuenta además con una de las mejores
interpretaciones del Duke, del cual su maestro y mentor John Ford
llego a afirmar que: “No creía capaz a ese hijo de puta de actuar
tan bién”. Contiene también una química romántica y
sorprendentemente cálida entre Wayne y Angie Dickinson. Dean Martin
recrea un personaje que está a la altura de su mejor interpretación.
Walter Brennan, un auténtico lujo contar con este actor de reparto
tan superior siempre a la media, como el ayudante del “sheriff”
con pata de palo, proporciona un apoyo cómico que nunca se excede.
El reparto, además de los mencionados Wayne, Martin, Dickinson,
Brennan y Nelson, se remata con Ward Bond, John Rusell, Pedro
Gonzalez, Estelita Rodriguez, Malcom Atterbury y un villano perfecto
como es Claude Akins.
La película narra como un bandido, Joe
Burdette, es arrestado por asesinato por el “sheriff” de la
ciudad, John T. Chance, (un nombre que podríamos interpretar como:
Juan, la mejor opción), con el respaldo de uno de sus otrora
ayudantes, y ahora un alcohólico, Dude, testigo del delito junto a
otros asistentes al “saloon”. Nathan Burdette, un rico
terrateniente y hermano suyo, quiere salvarlo de la horca y para ello
pone sitio a la ciudad y especialmente a la cárcel con la ayuda de
sus secuaces, asesinando también a cualquiera que preste ayuda al
“sheriff”, en su empeño de querer enjuiciar a su hermano Joe,
como le sucede a Pat Wheeler, personaje interpretado por Ward Bond.
Con el tiempo la presión hace mella
entre John T. Chance y sus ayudantes, y va en aumento cuanto más se
acerca el día en que las autoridades estatales deben llegar para
llevarse al reo.
Solo mantenerse unidos y superar sus
limitaciones personales les ayudará a salir airosos del empeño.
Tras dos intentos fallidos por liberar a Joe, dos secuaces del
terrateniente raptan a Dude y el rico ranchero propone un canje por
Joe. Conscientes de la imposibilidad de llevarlo a cabo, entre muchas
cosas por el hecho de ser testigos de todo lo ocurrido, algo que les
llevaría también a ser asesinados para que Joe pueda ser salvado a
largo plazo de las instancias judiciales, deciden una vez conseguido
liberar a Dude, enfrentarse a muerte contra ellos. Esto da paso a un
largo tiroteo entre ambas partes, pero la ventaja de contar con
dinamita por parte del bando del “sheriff”, un descubrimiento de
Stumpy, Walter Brennan, les da la victoria, terminando así con el
sitio de la cárcel y la ciudad, devolviendo la paz al lugar.
Howard Hawks no dirigió una película
durante cuatro años después del fracaso de “Land of the Pharaons”
(“Tierra de Faraones”) en 1955. Quedó algo hundido y llegó a
plantearse abandonar la profesión. Cuando volvió tras las cámaras
para rodar “Rio Bravo”, tenía 62 años. Significaba su película
número 41, pero estaba tan nervioso el primer día de rodaje que se
quedó detrás de un set y vomitó, para luego aparecer en el plató
y rodar una obra maestra, arrancando unas excepcionales
interpretaciones de sus actores para un título legendario, que pese
a su larga duración no le sobra un solo minuto. Todo un clásico,
con un guión que en ocasiones está más pulido que la actividad y
que aprovecha al máximo su trama un tanto escasa pero con hábiles
escenas de acción, y que están ampliamente espaciadas en cuanto a
su atmósfera, contando además con unos personajes tan cálidos como
una tostada recién hecha. Coloca el enfoque principal en la cárcel,
que se convierte un un micro-mundo ideal y autónomo que puede
resumirse en una maravillosa secuencia donde vemos al héroe mirando
feliz mientras el resto de su pandilla se enfrasca en una bonita
canción.
Howard Hawks es, probablemente, la
prueba mas evidente de que nunca se hizo mejor cine que cuando éste
se consideraba un oficio artesanal. Responsable de obras maestras en
la practica totalidad de los géneros, éste filme es el
correspondiente al “western”, un clásico del género tan
modernista y excéntrico como hiperbólico. De hecho el realizador
llegó tarde al “Salvaje Oeste”, el primero que rodó fue “Red
River” (“Rio Rojo”) en 1948, con John Wayne, Montgomery Clift y Walter Brennan, ya que comenzó pero no completó
“The Outlaw” (“El Forajido”), una visión de Billy el Niño
de 1943 con Jane Russell y Thomas Mitchell como protagonistas y que
firmó Howard Hugues, pero contaba con más de veinte años de
experiencia como director y ya era un maestro en los géneros de
gángsteres y cine negro en general, de las comedias, de filmes
bélicos y de aventuras románticas.
Creo que “Rio Bravo”, contando la
historia de un “sheriff” que debe defender la legalidad con la
ayuda de un alcohólico, un viejo tullido, una mujer y un joven
inexperto, hizo sentirse tan a gusto a Howard Hawks que repitió la fórmula,
con ligeras variaciones, por dos veces más: en “El Dorado” de
1967, con John Wayne, Robert Mitchum, Arthur Hunnicutt, Charlene Holt
y James Caan y en “Rio Lobo” de 1970 de nuevo con Wayne y Jorge
Rivero, Jack Elam, Jennifer O´Neill y Christopher Mitchum. Esta
última, bajo mi punto de vista netamente inferior a sus dos
predecesoras.
A Hawks le gustaban los diálogos a
tres bandas, en los que nadie dice lo que quieren decir, y “Rio
Bravo” está repleta de eso, aunque algunos de sus momentos más
elocuentes son silenciosos. La recuperación de Dude, Dean Martin,
del alcoholismo, no se muestra a través de discursos, sino a través
de su lucha constante por un liar un cigarrillo que siempre acaba por
rendirse y tirarlo al suelo, y nos muestra a un Wayne compasivo
siempre dispuesto a darle del suyo. Dispara a la brisa con el
veterano Brennan, quién interpreta ese papel del alivio cómico
mientras enfatiza silenciosamente una discapacidad física
notoriamente dolorosa. Nos hace vagar por la ciudad hasta hacernos
conocer cada esquina y cuando llega al climax de la vida o la muerte,
Hawks hace que sea imposible no preocuparse por lo que sucede ya que
nos ha hecho una gran presentación de los personajes hasta conseguir
que los sintamos muy cercanos a nosotros mismos. Además tenemos una
serie de escarceos románticos alrededor de Wayne por parte de Angie
Dickinson, que hacen que este icono del machismo hollywoodiense se
vea por momentos como un torpe tontorrón. Todo ello mientras en el
horizonte asoman las montañas de Texas. Son este tipo de detalles
los que hacen de esta película un filme cálido y humano
absolutamente esencial, incluso cincuenta años después, una
diversión que al director le gustaba tener con sus estrellas, como
sucede con Cary Grant haciendo lo imposible para conseguir a su amada
en “Iwas a male war bride” (“La novia era él”) de 1949.
Aunque la cinta genéricamente sea un “western”, en realidad es
un film que trata sobre un grupo de amigos que se aprecian entre sí,
también se critican y generalmente se deleitan en sus relaciones.
Mientras para John Ford, las
implicaciones de un género esencialmente filosófico como el
“western”, en su conversión de las funciones abstractas o
burocráticas de la sociedad a la acción directa y física, son más
políticas y humanistas, para Hawks son morales y estéticas. De
hecho la presión para tomar medidas que tienen consecuencias
inmediatas, ineludibles e irreparables, hacen del viejo y salvaje
oeste una red expuesta de crisis sentimentales, y la forma en que
Hawks mide la respuesta a ello es con el estilo.
Resumiendo hablamos del cine
estadounidense en su mejor versión, limpio, claro y directo, y esta
es una obra de las más optimistas de la historia del séptimo arte,
y que apuntala valientemente fragmentos contra la ruina humana. Una
película que se graba poco al aire libre y mucho en interiores, con
un aumento de la tensión claustrofóbica y en la que Hawks hace eco
de la narración generalmente relajada y fácil siendo excelente en
todos sus aspectos, desde la presentación de los personajes hasta la
brillante fotografía nocturna de Russell Harlan. Un trabajo
excelente.
Una película impecable, despreocupada,
muy divertida, hermosamente interpretada, atractiva y
maravillosamente concebida, y con un guión tremendamente ingenioso y
generoso. Es el tipo de películas, que en palabras de David
Thompson:“ revela que los hombres son más expresivos enrollando un
cigarrillo que salvando al mundo”.
“Un hombre viejo y un borracho, ¿eso
es todo lo que tienes?. “Eso es todo lo que obtuve”
Así llegamos a esta revisitación de
“Rio Bravo” en El diván de Louis Cypher, como siempre me despido hasta un nuevo
artículo.
Hola amigos, estamos ante
una nueva edición de "El diván de Louis Cypher". A veces se tiende a
pensar que el género del cine negro es un coto de los años cuarenta
y cincuenta, pero eso no es exacto.
Ciertamente, durante esas
décadas aparecieron grandes joyas del cine que lo acreditan, pero
también en la década de los setenta se hicieron cintas muy
relevantes, una de ellas es la que nos ocupa hoy, “The friends of
Eddie Cooyle”, (“El confidente”, en España), película
dirigida por Peter Yates, en 1973, y uno de los filmes más
majestuosos y más reconocidos de la década de los 70. Una película
muy dura y nada sentimental.
El reparto cuenta con un
portentoso Robert Mitchum en el rol protagonista, Eddie Coyle, y le
acompañan una serie de grandes actores que se han ido diluyendo en
la memoria del espectador como, Peter Boyle, en el papel de Dillon,
Richard Jordan, intenpretando a Foyle y Steven Keats, Alex Rocco,
Mitchell Ryan y Joe Santos.
La fotografía de Victor J. Kemper y la música de David Grusinson por meritos propios un personaje más de la cinta, y el guión basado en la novela más vendida de George V. Higgins, "The friends of Eddie Coyle", y en la que el escritor introdujo, fruto de sus experiéncias como fiscal y periodista, la realidad criminal con la que estaba familiarizado consiguiendo dar a sus personajes la voz que verdaderamente tendrían en la realidad, lo firma un excelente Paul Monash, sustentándolo en sentadas entre criminales y policías, u otros criminales, en cafeterías de mala muerte, bares poco poblados y espacios públicos que le dan un nuevo significado a la palabra "ordinaria", en términos calificativos. Los cineastas jamás hacen nada con la intención de subrayar retoricamente. Tanto la novela como la película, en su título original, encierran una ironía, Coyle no tiene amigos, sólo la gente que utiliza y la que hace con él lo propio, en el Boston de finales de los sesenta. Un ingrediente clave del éxito de la película es el personaje hecho a la medida de Mitchum, "Eddie Coyle", un hombre cansado de mediana edad, pero fuerte y orgulloso; un hombre que ha sido herido con demasiada frecuencia en la vida para respetar el dolor; un hombre que se arriesgará para proteger su territorio. "Creo que un trabajo como el suyo es necesario para que la gente entienda algo sobre los humores de la mentalidad criminal", dijo Robert Mitchum de la novela de George V. Higgins, que de alguna manera también podría haber estado describiendo la adaptación cinematográfica de 1973, ya que es una sucesión melancólica de encuentros clandestinos llevados a cabopor todos los rincones menos pintorescos del área del gran Boston, desde finales del otoño hasta el invierno. Todo un guiño a los últimos días del protagonista. "Eddie Coyle" (Robert Mitchum), es también conocido como "Eddie Fingers" ("Eddie el dedos") desde que unos tipos le metieron la mano en un cajón y lo cerraron de una patada, destrozándole los nudillos. El filme nos narra sus últimos días como un viejo conductor de camiones de reparto para una panadería, mientras al tiempo es un corredor de armas de bajo nivel para una organización criminal de Boston.
Se enfrenta a varios años de prisión por el secuestro de un camión en New Hampshire, un golpe planeado por su amigo Dillon, (Peter Boyle), dueño de un bar local. Eddie, no quiere cumplir una senténcia de cadena perpétua en prisión, por lo que se convierte en el informante de un policía Dave Foley (Richard Jordan). Es su última oportunidad, pero desconoce por completo que Dillon, su amigo ya es también un confidente de la policía.
Una pandilla liderada por Jimmy Scalise y Artie Van, ha estado organizando una serie de robos a bancos a plena luz del día usando rehenes, y Coyle les ha proporcionado las pistolas. Otro corredor de armas, Jackie Brown (nombre que utilizaría Quentin Tarantino, como homenaje, para su personaje femenino y también corredora de armas en su filme homónimo), es quién está suministrando el material a Coyle, y este le exige más armas cuando la pandilla se deshace de sus pistolas después de cada trabajo, y necesita un suministro nuevo para cada robo. Mientras Jackie hace todo lo posible para obtener para Coyle lo que necesita, este acepta un pedido de una pareja de "hippies" jóvenes que buscan ametralladoras (en realidad rifles M16), Coyle tampoco está dispuesto a renunciar a su estilo de vida, por lo que continua con sus operaciones ilegales de armas y se entera sobre las ametralladoras cuando levanta el maletero del coche de este, entonces decide ofrecer al suministrador a Foley, para evitar la cárcel, pero en una escena dramática en el estacionamiento de una estación de tren, llegando para entregar las ametralladoras, Jackie es arrestado por Foley y su equipo.
Cuando Coyle se reúne con Foley y argumenta que ha cumplido su parte del trato, Foley afirma que sus superiores no están de acuerdo. Se requiere más información de Eddie, o de lo contrario aún irá a la cárcel. Mientras un empleado de un banco ha sido asesinado durante un atraco por el equipo de Scalise y Van, y ahora son también buscados por asesinato.
Desesperado, Coyle decide entregar a la pareja de ladrones, pero para entonces Foley, gracias a un chivatazo a modo de propina proporcionado por Dillon, ya había atrapado a la pandilla en el acto de ejecutar un atraco. Así que la oferta de Eddie llega demasiado tarde, y por lo tanto, no puede haber un trato por indulgéncia. La mafia se da cuenta de que Eddie se ha convertido en un delator de la policía, y contratan a su mejor amigo, Dillon, para que termine de inmediato con Eddie al caer la noche, ofreciéndole un contrato de 5.000 dólares que Dillon exige al contado. Un desanimado Coyle llega al bar de su amigo, sabiendo que la prisión es ahora inevitable. Mientras Eddie se emborracha, él y Dillon discuten sobre el arresto de Scalise y Van. Pasado un rato Dillon, recibe una llamada telefónica de la mafia confirmando el contrato y el pago por adelantado.
Para preparar el golpe que debe llevarse a cabo esa noche, Dillon le dice a Eddie que la llamada era de un amigo que no puede asistir al partido de hockey de los Boston Bruines de esa misma noche, y se ofrece compasivo, invitándolo a cenar en el centro de la ciudad y al partido de hockey para que olvide sus problemas. Una vez en el Boston Garden, Dillon le cuenta a Eddie que debe unirse a ellos un joven del que dice es el sobrino de su mujer, pero que se retrasa un poco. Eddie, cada vez más borracho decide ir al baño y aprovechar para traer otra ronda. Cuando regresa a los asientos, es ya un borracho descuidado y sentimental. En esa escena toda la conversación es trivial, y gira alrededor de Bobby Orr, el gran jugador de hockey que ayudó a los Bruins a lograr dos victorias en la Copa Stanley, en 1970 y 1972, curiosamente este último año es el mismo en que se hizo la película. "¿Te imaginas ser un niño así?...¿que edad tiene, 24 o algo así?. ¡El mejor jugador de hockey del mundo. Número cuatro, Bobby Orr!...¿qué futuro tiene, eh?, a cierta a preguntar Eddie de forma premonitoria e inversamente proporcional a su ya inevitable final.
Eddie no tiene futuro; pronto morirá y el futuro pertenece al joven matón, el supuesto sobrino y posible reemplazo de Eddie como criminal asociado de Dillon. Después del partido, Dillon explica que él, ha arreglado una cita con un par de chicas, mientras un ambíguo y ébrio Eddie contesta que ha estacionado su auto en el South End. El falso sobrino se ofrece para acercarlos hasta allí. Una vez en el coche, Dillon pregunta de nuevo a Eddie donde tiene tiene aparcado su auto, pero éste, borracho y adormilado no responde, se ha quedado dormido. Dillon da instrucciones al joven para que éste conduzca hacia las afueras de la ciudad, a Quincy, y utilizando un revolver calibre 22, dispara a Eddie dentro del coche en movimiento. Al llegar a una bolera en Morrisey Boulevard, Dillon y el joven salen del vehículo donde queda el cuerpo del protagonista sin vida y se separan.
En la escena final, el realizador subraya la desolación de la historia, Foley, el policía, se reune con Dillon el la plaza del Ayuntamiento de Boston, y le dá las gracias por haberle entregado a Scalise y Van, los otros dos maleantes. No le preocupa en gran medida que Dillon no pueda o no quiera decirle quién asesinó a Coyle, dejando la impresión de que sabe que el soplón está involucrado, pero sigue siendo demasiado útil como para perseguir el asesinato de un criminal de poca monta como Eddie Coyle.
Toda la filmación se llevó a cabo en el área de Boston, incluyendo Dedham, Cambridge, Milton, Quincy, Sharon, Somerville, Malden y Weymouth en Massachusetts. Lo que da una idea del recorrido por todos los suburbios de la ciudad y que confieren a la urbe un papel importante como un personaje más de la película.
El realizador británico que ya era conocido por otro notabilísimo filme, "Bullit", todo un clásico que interpretaba Steve McQueen, rodado en 1968, y que le supuso una experiéncia de un cine de acción excelente, en esta cinta que nos ocupa hoy, sin embargo, aparte de dos atracos y un arresto en un estacionamiento logísticamente complejo, tiene la emoción cinética provocada por ritmos verbales y gestuales entre los actores mientras abogan por sus vidas en las súcias mesas de Beantown. El ojo de la cámara de Yates se mantiene tan casualmente atento a su sintaxis cinemática tan escasa, que cuando finalmente se retira a una distáncia lastimosa tras la inevitable tragedia de la película, tiene un impacto más que considerable, y es en ese momento cuando reparamos en la importancia de la partitura de Dave Grusin, durante todo el filme, posándose finalmente en una despedida que planea sobre la escena. El cineasta nos muestra la miserable economía de poder en ese inframundo gris y arrugado de Boston. Eddie y sus "amigos" son prescindibles, y los que quedan de pie juegan en todos lados contra el miedo, su terror a ver sus nudillos blancos cuidadosamente ocultos bajo varias capas de indiferéncia y resignación. Pero esta cinta aparentemente ingénua, deja una impresión más profunda de la brutalidad de lo que supone comerse unos a otros. No hay peleas ni puñetazos, y sólo se disparandos tiros fatales; no tiene necesidad de muchas de las extravagáncias empapadas en sangre que encontramos en otras películas del mismo género, especialmente hoy en día. "The friends of Eddie Coyle" es, en cierto modo, un trabajo interno. Lo que significa que no hay un minuto dedicado a orientar al espectador. La historia de un mafioso de bajo nivel que decide entregar a uno de sus contactos en un esfuerzo fallido para negociar su no entrada en prisión, nos es impartida poco a poco, a través de una serie de aparentemente afables pero silenciosos desesperados. El fatalismo improvisado está incustrado en cada palabra de los diálogos, en los que cada una de las cuales, alterna entre los juegos de escondite y los remarcables giros de guerra verbales. Como en toda buena película basada en el diálogo, hablar en "The friends of Eddie Coyle", es igual a la acción, en unas maniobras de apalancamiento y autoconservación.
La cortesía y la bonhomía, esa cualidad de buena persona al tiempo que ingénua, son estrictamente provisionales, y todo el mundo lo sabe, y es precisamente eso lo que le da a esta película su terrible tristeza.
El realizador Peter Yates, nos brinda esta conseguida intriga que sigue los clichés de la serie negra, sin resultar convencional ni típica. Buenos personajes y actores para una producción sumamente interesante. No hay gángsteres nobles, sólo tipos dispuestos a ganare la vida como sea, y sie es posible, salvar el culo cantando "La Traviata", además de ese mundo sucio y sórdido de EddieCoyle, lleno de granujas con olor a meados y a cerveza ráncia.
Los jóvenes fanáticos del cine de hoy criados en multi-salas, pueden mirar atrás y lamentar el hecho de que ya nadie está haciendo películas como esta obra de Peter Yates. Un filme que raya la perfección. Una película de cine negro enmarcada en el ideário del mejor cine de género de la historia del séptimo arte y que se hace imprescindible.
Esperando haya sido de vuestro agrado, me despido como siempre. Buen cine...y mucha suerte.
"Bad day at Black Rock", ("Conspiración
de siléncio"), es una cinta dirigida por John Sturges en
1954 y producida por Herman Hoffman y Dore Schary. El excelente guión lo firmó
Millard Kaufman, la fotografía corrió a cargo de Williem C. Miller
y un magistral André Pevin la dotaba de una sensacional banda
sonora.
John Sturges, un gran artesano en su
tiempo esta hoy considerado un autor de prestígio. Rodada con el sello personal que
imprimía a sus películas, en "Conspiración de siléncio" una de las cosas que destacan
sobremanera en este filme, es el magnífico elenco.
Encabezado por un Spencer Tracy que nos deleita con una interpretación absolutamente brutal y poderosa en su rol de protagonista, a pesar de que pasaba una mala época a nivel
personal. También encontramos a todo un equipo de lujo. Robert Ryan (en otro
de sus cínicos y peligrosos roles) está impecable, Ernest Borgnine
y Lee Marvin (de palabras ligeras y puños fáciles) como los
secuaces del cacique, Reno Smith, interpretado por Robert Ryan, el siempre magistral Walter Brennan, que
aporta una de las pocas voces sensatas al relato y también la muy de
moda en aquellos años, Anne Francis, que aportaba la nota femenina
con desastrosas e incluso sorprendentes consecuencias para su
personaje.
Don Siegel, a quién le llegó el guión
en primera instancia, siempre declaró que era el mejor que había
leído en su vida, y aunque estuvo apunto de dirigirla, finalmente la
elección recayó en Sturges. Algo que indudablemente fue un acierto
total por parte de la Metro Goldwing Mayer.
Es un film de unos asombrosos 78
minutos, algo totalmente impensable a día de hoy, en los que
afortunadamente no hay tiempo para los siempre innecesarios
subrayados, y que desvela al director como un experto en el manejo de
los espacios y la planificación. Una historia que se mueve entre el
western y el thriller, de asombroso equilibrio tonal, y que emerge
también como una poderosa denuncia de carácter político, marcada
por la sombra del McCarthysmo y las consecuencias del ataque japonés
a Pearl Harbour.
La película fue candidata a tres
Oscar: Mejor Director (John Sturges), Mejor actor (Spencer Tracy) y Mejor Guión Adaptado (Millard Kauffman). Tracy sería galardonado en Cannes con el Premio de
Interpretación al mejor actor.
Es este pues un thriller dramático
vestido de western que firma un Sturges en plena forma, los años 50,
época en la que se refleja su mejor filmografía.
Es un tenso relato que da comienzo con
la llegada de un forastero. Un tren expreso atraviesa el desierto de
Arizona y por primera vez en cuatro años se detiene en Black Rock.
Un hombre de mediana edad, llamado MacCreedy (Tracy), manco y vestido
con un traje oscuro, desciende de él. Llega para entregar a un
hombre de origen japonés, la medalla militar concedida a su hijo
muerto en combate durante la segunda guerra mundial por su heroica
acción al salvar la vida al mismo MacCreedy.
Los habitantes del pueblo se muestran
inexplicablemente hostiles frente a éste, y la tensión va en
aumento hasta el extremo de que llega a peligrar su vida. MacCreedy
desconoce aún que en el pueblo se esconde un secreto que los
habitantes pretenden guardar celosamente: entre varios de ellos
asesinaron a Komako, padre del soldado muerto en la guerra,
inmediatamente después del ataque a Pearl Harbour; siendo el cacique
del pueblo, Reno Smith (Ryan), el instigador del crimen tras haber
fracasado en su intento de alistarse para ir a la guerra, así como
su resentimiento hacia Komako, quién había logrado encontrar agua
en un lugar desértico de las tierras que aquél poseía y que había
arrendado al americano-japonés, estando convencido de que era un
paraje totalmente seco.
Mientras la potente banda sonora de André Pevin va marcando lo que será la película, MacCreedy decidirá llegar hasta el fondo del asunto.
Por un lado tenemos el thriller, en el
que poco a poco se va dando información al espectador, hasta que uno
de los personajes secundarios, uno de esos que terminan del lado de
lo justo, acaba confesando el horrible crimen que se cometió años
atrás y que pesa sobre la conciencia de todos.
Por otro, el tono western, un pueblo de
Arizona, con pocas casas, mucho polvo y jeeps en lugar de caballos
(especial atención a la espectacular persecución a mitad de metraje
entre Tracy y Borgnine) o ese tren simulando lo que bien podría ser
una diligéncia. Es también un western característico, cuando llega
un forastero a una ciudad, no esconde secreto alguno de por qué lo
ha hecho, sin embargo en "Bad day at Black Rock", el público se ve
asaltado por toda una serie de preguntas: ¿Por qué para el tren
allí por primera vez en cuatro años?, ¿quién es el forastero
manco?, ¿a que ha venido?, ¿por qué se muestra todo el mundo tan
hostil hacia él?. Todo esto siembra un desconcierto ante las
hostilidad de los habitantes de la pequeña población y los intentos
de Pete, el encargado del hotel, por convencer a MacCreedy de que
todas las habitaciones están ocupadas, cuando resulta evidente que
el hotel está vacío. MacCreedy provoca la alarma de todo el mundo
expresando su deseo de dirigirse a Adobe Flat, las tierras de Komako
y mencionando su nombre. Es evidente que ocultan algo y el forastero
no está dispuesto a irse sin averiguar que esconde Black Rock.
Todo este desconcierto también lo
comparte el espectador.
Encontramos al tiempo determinados
elementos narrativos del western, como por ejemplo, la llegada a una
comunidad cerrada de un extraño que ayuda a liberarla de un régimen
represivo, así como un recurso temático bastante común en el cine
de los 50, por el que la acción se centra o gira alrededor de un
tren y sus horarios, tal como vemos en la mencionada "High Noon" ("Solo ante el peligro") de 1952, dirigida Fred
Zinneman, "3:10 to Yuma"("El tren de las 3:10 a Yuma") de Delmer Daves, que la dirigió en 1957 o "Last train from Gun Hill" ("El último
tren a Gun Hill") del própio John Sturges y rodada 1959.
De fondo la denuncia a un tema poco
concurrido en el cine, el maltrato que sufrieron en los Estados
Unidos los japoneses durante la segunda contienda.
Lo que no se dice y su puesta en
escena, son unos elementos de tensión importantísimos, así como
los inteligentes diálogos. En todo momento, basados sobre todo, en
decir lo que realmente no se habla claramente.
La clave del innegable éxito de esta
película es su desacostumbrada superposición de la estructura del
thriller sobre la del western.
Algo a tener en cuenta también, por
supuesto, es la puesta en escena del director, quien firma una de sus
mejores obras (sino la mejor), llena de hallazgos visuales, como por
ejemplo la composición de planos, donde es capaz de encerrar en un
mismo encuadre a varios personajes, cada uno con una finalidad
distinta.
Contiene también un profundo efecto
dramático en una secuencia, al inicio de la película, en la que los
principales personajes del pueblo se hallan en medio de un cruce de
caminos formado por una vía del tren (el futuro) y un camino de
tierra (el pasado). La escena es la muestra de la encrucijada moral
ante la que se encuentran dichos personajes por desconocer, pero sí
sospechar, el porqué de la llegada del forastero.
Bajo su apariencia de thriller y
western, trata con contundencia y sin piedad temas como la xenofobia
o el racismo. Apenas realiza concesiones, e incluso en su desenlace
invita a la comprensión; a dejar los prejuicios a un lado con la
medalla a un japonés muerto en batalla, hijo del que desapareció
asesinado en el pueblo y que simboliza lo que el personaje de Walter
Brennan sentencia: "...un punto de partida, hacia algo necesariamente
mejor".
"Conspiración de siléncio", es una joya
para la que no pasa el tiempo y que incluso se vuelve mas actual. Una
joya que resucita fresca y contundente.
El prestigio de "Bad day at Black Rock",
descansa hasta cierto punto, en factores socio-políticos. En el
momento de su realización y al igual que en otras áreas de la vida
en Estados Unidos, Hollywood estaba empezando a salir de la sombría
época del McCarthysmo. En films como este o el mencionado "High Noon" ("Solo ante el peligro"), los directores estaban intentando hablar
valientemente sobre la debilidad de una comunidad sometida a un
control represivo. Sin embargo, la forma narrativa de plantear estas
cuestiones, permitía contestarlas únicamente en términos de
moralidad individual y coraje, o carisma personal. Podemos decir que
se trata de una falsa toma de postura política que afirma que sólo
la llegada de un hombre excepcional puede movilizar la capacidad de
resistencia de una comunidad. Estos títulos y otros demuestran los inconvenientes de como
en aquella época y en gran parte hoy en día, resulta muy difícil
plantear posiciones políticas alternativas dentro de las formas
narrativas en el cine clásico de Hollywood o en el cine en general.
"Bad day at Black Rock", supone
definitivamente la graduación de John Sturges, no solo como cineasta
sino como un director-autor en mayúsculas, quién nos deleita con un filme de suspense inolvidable y de obligado visionado. Una joya del séptimo arte de un nivel pocas veces alcanzado pr muchas otras películas.
Louis Cypher, y como siempre, que tengáis...buen cine... y mucha suerte
Es de una de las comedias mas
admiradas de todos los tiempos, y que cuesta definir. ¿Es una
genialidad o una simple sucesión de gags?. No creo que sea una
comedia brillante pero seguro que podemos afirmar que es una de las
mas desternillantes jamás rodada. Un filme planteado como un puro
entretenimiento, donde los gags se suceden uno tras otro. Una cinta
en que las revisiones incluso la benefician, y todo gracias al
excelente trabajo de un maravilloso y superdotado actor para la
comedia como es Peter Sellers.
Estamos hablando de "The party", ("El
guateque"), película rodada en 1968 por el director Blake
Edwards que aquí ejerce también como productor y guionista. La
fotografía corre a cargo por el siempre más que excelente Lucien Ballard y la música la escribió el genial y extraordinario compositor Henri Mancini.
No es precisamente Edwards un realizador especialmente
de mi agrado, a pesar de que en su filmografía también hay excepciones, y encontramos
auténticas joyas que forman parte de la lista de cintas mas
admiradas del séptimo arte. Como son la deliciosa "Breakfast at Tiffany's"("Desayuno con diamantes") de 1961, o una
de las tragicomedias mas brillantes jamás rodada como: "Days of wine and roses" ("Días de vino
y rosas"), un verdadero tesoro de cinta de 1962, dejando claro que el director se encontraba en su mejor momento. Pero "El Guateque", rodada unos años mas tarde, por arte y magia de un actor como Peter
Sellers, protagonista de la misma, se ha convertido en un film de
culto del cine de humor. Acompañado en el papel femenino por una cándida y encantadora Claudine Longet y superlativo SteveFranken como el camarero ébrio. Un actor
desconocido y que basó toda su carrera en pequeños papeles en
series de televisión como "Embrujada", pero que aquí es capaz de
robarle escenas al mismísimo Sellers, y solo por ello merece pasar a
la historia del cine. Su papel fue el arma secreta de la la película
y como casi toda la cinta, fue el propio Franken el que improvisó su
progresiva borrachera. A pesar de ser una grave adicción, este tipo
de personajes siempre han sido muy recurrentes en el cine y el actor
lo bordó como ninguno y sin que nadie se lo esperase. Un actor,
Franken, que no era precisamente una estrella del celuloide, pero que
perdurará para siempre en la memoria de los espectadores por ese
personaje del camarero borracho.
La cinta relata como un patoso actor de
origen hindú, Hrundi V. Bakshi, interpretado por Sellers, que
trabaja como extra en películas de Hollywood, es escogido como
protagonista del remake de una antigua película que se está rodando
en el desierto. Debido a sus continuas meteduras de pata y con tal
mala suerte, que un día durante un descanso del rodaje vuela por los
aires, sin querer, el decorado de un fortín, y es inmediatamente
despedido, siendo proscrito por el productor para trabajar nuevamente
en la industria cinematográfica. Inesperadamente, recibe por error una invitación para
asistir a una sofisticada fiesta de cumpleaños que organiza el
productor de su última película, el mismo que le había despedido.
Una vez allí, se verá envuelto en diversos sucesos como una
invasión de espuma, un elefante bebé, un camarero borracho, un
pollo volador, un grupo de músicos rusos, un loro y un sinfín de
situaciones disparatadas.
La película de Edwards, desde su
estreno, ha sido ese clásico que te recomiendan y recomiendas sin
temer a fallar. Su humor resiste a prueba de bombas, y medio siglo
después, ni la tez pintada del maravillo Peter Sellers la hace
envejecer.
Todo el film, es una sublime tonteria,
pero resulta demoledoramente divertida. Nunca deja de sorprender. Hay
tantos momentos memorables que incluso cuesta resaltar alguno. El
humor contenido en la cinta es capaz de poner el mundo patas arriba,
de tal manera, que por obra y gracia de una especie de sortilegio
psicodélico, el protagonista deja de ser ese patoso personaje que
todos creemos ver y es más bién el universo que le rodea el que
parece haberse confabulado contra ese pobre diablo cargado de buenas
intenciones. Escenas como cuando decide ir al cuarto de baño cuando
necesita aliviarse con urgencia; el papel higiénico, ante su
presencia, cobra vida hasta soltar lastre u otra en la que su zapato
se le escapa y vive una y mil aventuras acuáticas hasta terminar
servido como un entremés en una de las apariciones esporádicas del
camarero borracho hacen que el espectador no pueda dejar de reír
ininterrumpidamente.
"The Party" es mucho mas que una
película, es el optimismo en estado puro. Una alegría de vivir que
nace del absurdo, de un universo alocado que se sale de su órbita
psicodélica para anclarse en nuestra memoria. En ese olimpo de
películas imprescindibles, que alterando nuestra percepción del
espacio, del tiempo y del sentido común, está en esa casa
automatizada de Hollywood donde se sitúa la acción. Ese es el
escenario donde tiene lugar la desenfrenada fiesta en la que algunos
se lo pasan en grande y otros no tanto. Camareros borrachos,
productores que no soportan a su mujer, bellas italianas de gula
insaciable, elefantes coloreados y pollos asados voladores. Y por
supuesto, donde se encuentra el protagonista mas divertido de la
historia del cina, Hrunda V. Bakshi, el educado, optimista,
ceremonioso, pesado, torpe e inocente hindú interpretado por Peter
Sellers. Un pobre diablo que intenta hacerse un hueco como estrella
de Hollywood con las maneras de un arma de destrucción masiva.
La cinta, es la cima de la
improvisación. La idea inicialmente era hacer una película muda,
como los clásicos de Chaplin o Keaton, pero la productora no se
atrevió, y el resultado fue, podríamos decir, una película muda
disfrazada. Partiendo de un guión de únicamente 56 páginas sin
apenas diálogos, se filmó en el mismo orden en el que iban a
suceder las escenas para dar rienda suelta, precisamente a dicha
improvisación. De esa forma el filme iba evolucionando con cada idea
y no se cerraba una escena hasta haber acabado la anterior. Tal fue
el grado de libertad durante el rodaje, que el director filmaba en
paralelo con una cámara de vídeo, atada a la de Panavisión, para
que los actores pudieran ver inmediatamente todo lo que había pasado
en la escena para seguir con la siguiente, una técnica tan común
hoy en día, y de la que Edwards fue de los primeros en utilizar. El
resultado fue esa bola de nieve de locura cómica que hizo partícipe
a todo el equipo.
La grandeza de esta cinta hubiera sido
imposible sin la presencia del actor británico, que rodaba por
primera vez en Estados Unidos. Un actor que nos regala un personaje
de una indeleble actitud complaciente. Todos sus gestos de disimulo,
pausados, exagerados, conscientes, sus miradas aumentadas por la
sorpresa y el bochorno o su gesto crispado cuando se ve envuelto en
una situación incomoda hacen de la misma una de las mejores
interpretaciones cómicas de la historia del séptimo arte.
Peter Sellers, poseía la comicidad de
un genio y al tiempo una capacidad inexplorada por otros actores para
adentrarse en un sinfín de papeles. Y lo hace principalmente de la
mano de su prodigiosa habilidad para imitar acentos, o para perderse
al tiempo fisicamente, en la piel de de una multitud de personajes
paródicos o inventados. Tenía la capacidad de extraer una
interpretación imposible e inesperada de cualquier virtuoso de la
torpeza, de cualquier hijo del disparate. Nos invitaba a un
territorio donde la risa que te invade es tan irracional, tan pura y
absurda, que no sólo nos distingue de los animales, como diría
Hrunda V. Bakshi, sino mejor aún, de los tristes mortales.
Hoy en día es muy difícil encontrar
comedias de este tipo, dotadas de elegancia en forma y fondo ya que
el sentido de la risa cambia con las generaciones, y actualmente es
lo irrisorio, lo políticamente incorrecto y lo bestia lo que hacen
desternillarse a las grandes masas, entra las que no me incluyo, y
por aquello de la exclusividad, solo por el plano de la sofisticación
del film, desataca a mi modo de ver, la contribución de esta cinta a
la historia del cine.
Queda patente la imposibilidad del
éxito de esta película sin la aportación del genial actor, puesto
que no es de destacar ningún trabajo especial en el guión, a pesar
de ser firmado por tres guionistas, algo que cuesta perdonar en una comedia, y más después de ser entrenado durante años con clásicos
de Billy Wilder o Howard Hawks, que ensartaban personajes entre
diálogos alocados, agudos y absolutamente perfectos en unos guiones de impecable factura.
Sin embargo en este caso tenemos un guión que no va mas allá de una
sucesión de gags. Como pequeños cortometrajes que bien podrían ser
independientes y no necesitan de una trama argumental para
comprenderlos o justificarlos.
Resulta curioso que los miles de
admiradores de la película, vean este argumento como algo positivo,
si no fuera por aquello de regresar a la esencia muda de los primeros
constructores del "sketch" cinematográfico como Charles Chaplin,
Harold Lloyd o Buster Keaton, que cumplieron el papel que les tocaba
en su época, y que resultaría anacrónico homenajearles ahora a
color o a golpe de las retro-partituras de Henri Mancini.
Siempre que nos detenemos entre las
secuencias ya antológicas del filme, quizás no pasemos de una media
sonrisa, pero lo perdonamos gracias a la mímica de un Sellers que no
podemos dejar de recordar en su multipolaridad de sus personajes en "Dr. Strangelov", dirigida por Stanley Kubrick en 1964, o en esa torpeza mucho mas indómita de su personaje
del inspector Clouseau. Lo que de nuevo nos lleva a pensar que sin el
trabajo de Peter Sellers esta película no iría mas allá de una
mala comedia, pero como cualquier buena película de cine dentro del
cine, "The Party" contiene muchos guiños cinéfilos.
Por ejemplo, el desastre
cinematográfico del inicio es un guiño a "Gunga Din" de Georges
Stevens, rodada en 1939, aunque a muchos también recuerda la voladura
del puente de "El maquinista de la General" de Buster Keaton, que se
filmó en 1926. Del mismo modo, es imposible pensar sin acordarse de
Jacques Tati, y los disparatados problemas de la modernidad
tecnológica que sufre Hrunda V. Bakshi, que no podrían existir sin
películas como "Mon oncle" ("Mi tío") del propio Tati, realizada en
1958, o también cuando Sellers se encuentra en el cuarto de baño y
se escucha a la banda de la fiesta tocar "It had better be tonight",
música compuesta originariamente para la primera entrega del
detective Cloisseau. De la misma forma, cuando el personaje de
Sellers llega al cuarto de los niños se puede ver una Pantera Rosa
de peluche sentada en la cómoda.
Ya comentado queda que Lucien Ballard
deja impronta de su profesionalidad a cargo de la fototografía y que
la gran banda sonora está en manos del excepcional Henri Mancini,
que además no dudó en utiizar a reconocidos músicos como el saxofonista Plas
Johnson, el pianista Rowles y al batería Shelly Manne para la banda
que ameniza la fiesta. También las dos canciones del film también
fueron compuestas por Mancini en este caso junto a Don Black, tituladas: "Nothing
to lose" y "The Party".
Finalmente resaltar que la filmación
fue particularmente tensa debido a una difícil relación entre Peter
Sellers y Blake Edwards en esos momentos, que desembocaría en el hecho que hizo que no
volvieran a trabajar juntos durante varios años. Fue "El Guateque" la
única película que realizaron en equipo que no perteneció a la
saga de La Pantera Rosa, y como curiosidad añadir que era la tercera
vez que Sellers presentaba al público a su personaje indio, tras "La
Millonaria", un filme de Anthony Asquith, que interpretó junto a Sofía Loren en 1960, donde
además cantaban un divertido tema titula "Goodness Gracious Me", y "The
road to Hong Kong" ("Dos frescos en órbita"), una cinta rodada por Norman Panama en 1962, y que
el magnífico doblaje al español del personaje de Sellers, Hrunda V. Bakshi que habla
poco, pero que el exótico extra indio interpretado por el actor
tiene un acento muy particular, pone de relieve el gran trabajo de
Simón Ramírez al doblarlo, para la versión española con un extraño acento susurrado,
encantadoramente hipnótico.
En suma una cinta plena de gags
imperecederos e inimitables como la pesca del zapato en la piscina,
el pollo asado clavado en una diadema, el taburete que choca
repetidamente con la puerta de la cocina o la urgencia urinaria del
protagonista mientras su amada actúa, y que son ya, parte del recuerdo
de la historia del cine, y que con el trabajo de Franken, el
camarero, y el del impagable Peter Sellers hacen de esta comedia una
de las mejores y mas divertidas jamás filmadas.
Una película que todos deberíamos tener en nuestra videoteca para disfrutarla en cualquier momento, sólos o en compañía. Una comedia inolvidable.