Facilis descensus averno "El descenso al infierno es fácil" Virgilio, La Eneida

martes, 25 de junio de 2019

domingo, 23 de junio de 2019

Grupo Solmedia

Grupo Solmedia nos deleita con un magnífico análisis de:

"REBEL WITHOUT A CAUSE" 
(Rebelde sin causa) Nicholas Ray, 1955 

(2ª parte)




jueves, 13 de junio de 2019

Rio Bravo (Howard Hawks), 1959


RIO BRAVO 
(HOWARD HAWKS), 1958


Entre las muchas anécdotas que existen alrededor del cine estadounidense, hay una especialmente graciosa donde se relata la reacción que Howard Hawks tuvo, tras el visionado de “High Noon” (“Solo ante el peligro”), película realizada por Fred Zinneman en 1952, y del que salió totalmente decepcionado, ya que no entendía, según su forma de ver las cosas, como era posible que un atribulado “sheriff” del viejo oeste pidiera desesperadamente ayuda por todo el pueblo para desempeñar su cargo ante unos malhechores, y nadie se la prestara. Eso era imposible de aceptar, lo consideraba una conducta poco profesional. Así que puso manos a la obra y comenzó el nacimiento de un filme que vería la luz en 1958, “Rio Bravo”, donde su “sheriff” en peligro, John Wayne, no pedía ayuda ninguna para proteger a sus amigos y vecinos, actúa profesionalmente y aún y así todos se la ofrecen desinteresadamente.


Sea o no cierto este hecho, la realidad es que el filme de Zinneman de 1953, cosechó el Óscar al Mejor Actor, Gary Cooper y Dimitri Tiomkin lograba el mismo galardón por la Mejor Banda Sonora, además también era premiada con dos Globos de Oro, como Mejor Actor, nuevamente Cooper y Mejor Actriz de Reparto para Katy Jurado, mientras “Rio Bravo”, la película de Hawks rodada en 1958, pese a ser considerada uno de los mejores westerns de la historia del celuloide, tan solo destacó con un Globo de Oro a la Nueva Estrella del Año en la categoría de actriz para Angie Dickinson y quedó fuera de la carrera de los Óscar. Algo bastante sorprendente a tenor de la categoría del director y del reparto que atesoraba, a lo que cabe añadir que casualmente el autor de la música es también el compositor anteriormente mencionado Dimitri Tiomkin. Debió conformarse con un segundo lugar en los Golden Laurel por el trabajo como Mejor Actor de Dean Martin, en la categoría de "Drama" y la nominación de Hawks a los Premios del Sindicato de Directores.


A pesar de ello, la película de Howard Hawks goza de una popularidad que no tiene “Solo ante el peligro”, siendo este, por supuesto, un magnífico filme del que se han hecho múltiples estudios.

Las dos películas tienen unos enfoques diametralmente distintos, ya que Hawks muestra una vez más al héroe como un hombre fuerte (habitualmente acompañado por mujeres) que debe salir por si mismo de sus problemas, un personaje que sabe como comportarse y qué es lo que debe hacer en cada momento.
Algo que resulto muy valioso para el realizador fue, que en la elaboración del guión los guionistas disponían habitualmente de un par de opciones válidas para resolver cada situación, lo que permitió que años mas tarde, utilizando gran parte del material descartado, Howard Hawks, rodara su propio “remake” y presentara en 1966,“El Dorado”, una cinta mucho más crepuscular que su predecesora.

El rodaje de “Rio Bravo” se llevó a cabo entre mayo y julio de 1958, y contaba con un título alternativo: “A bull by the tail”, algo así como “Un toro por la cola” o lo que sería una expresión más correcta para nosotros “El toro por los cuernos”. La canción “My rifle, my pony and me” interpretada por Dean Martin acompañado del joven Ricky Nelson a la guitarra, ya fue el tema melódico principal de otro western del realizador, “Red River” (“Rio Rojo”) de 1948, aunque la ocurrencia de Hawks de utilizar a la joven estrella, Nelson, en aquél momento un rival menor de Elvis Presley, le proporcionó un plus publicitario extra, provocando que el filme lo viera un público joven que no conocía al director.


Tal vez “Rio Bravo” sea una obra excesivamente convencional, pero su habilidad, su virilidad, su humor ocasional y un mayor acercamiento profesional, hacen de ella una gran película. Quizás la más personal que rodó jamás. Un filme con una narración perfecta, admirable en su elemental sencillez y su perceptible ausencia de artimañas. La película es perfecta, es el trabajo de un maestro artesano. No hay un solo tiro fuera de lugar, y es asimismo extraordinariamente absorbente y su duración de 141 minutos fluye con la naturalidad del cauce de un rio.

Cuenta además con una de las mejores interpretaciones del Duke, del cual su maestro y mentor John Ford llego a afirmar que: “No creía capaz a ese hijo de puta de actuar tan bién”. Contiene también una química romántica y sorprendentemente cálida entre Wayne y Angie Dickinson. Dean Martin recrea un personaje que está a la altura de su mejor interpretación. Walter Brennan, un auténtico lujo contar con este actor de reparto tan superior siempre a la media, como el ayudante del “sheriff” con pata de palo, proporciona un apoyo cómico que nunca se excede. El reparto, además de los mencionados Wayne, Martin, Dickinson, Brennan y Nelson, se remata con Ward Bond, John Rusell, Pedro Gonzalez, Estelita Rodriguez, Malcom Atterbury y un villano perfecto como es Claude Akins.


La película narra como un bandido, Joe Burdette, es arrestado por asesinato por el “sheriff” de la ciudad, John T. Chance, (un nombre que podríamos interpretar como: Juan, la mejor opción), con el respaldo de uno de sus otrora ayudantes, y ahora un alcohólico, Dude, testigo del delito junto a otros asistentes al “saloon”. Nathan Burdette, un rico terrateniente y hermano suyo, quiere salvarlo de la horca y para ello pone sitio a la ciudad y especialmente a la cárcel con la ayuda de sus secuaces, asesinando también a cualquiera que preste ayuda al “sheriff”, en su empeño de querer enjuiciar a su hermano Joe, como le sucede a Pat Wheeler, personaje interpretado por Ward Bond.


Con el tiempo la presión hace mella entre John T. Chance y sus ayudantes, y va en aumento cuanto más se acerca el día en que las autoridades estatales deben llegar para llevarse al reo.
Solo mantenerse unidos y superar sus limitaciones personales les ayudará a salir airosos del empeño. Tras dos intentos fallidos por liberar a Joe, dos secuaces del terrateniente raptan a Dude y el rico ranchero propone un canje por Joe. Conscientes de la imposibilidad de llevarlo a cabo, entre muchas cosas por el hecho de ser testigos de todo lo ocurrido, algo que les llevaría también a ser asesinados para que Joe pueda ser salvado a largo plazo de las instancias judiciales, deciden una vez conseguido liberar a Dude, enfrentarse a muerte contra ellos. Esto da paso a un largo tiroteo entre ambas partes, pero la ventaja de contar con dinamita por parte del bando del “sheriff”, un descubrimiento de Stumpy, Walter Brennan, les da la victoria, terminando así con el sitio de la cárcel y la ciudad, devolviendo la paz al lugar.
Howard Hawks no dirigió una película durante cuatro años después del fracaso de “Land of the Pharaons” (“Tierra de Faraones”) en 1955. Quedó algo hundido y llegó a plantearse abandonar la profesión. Cuando volvió tras las cámaras para rodar “Rio Bravo”, tenía 62 años. Significaba su película número 41, pero estaba tan nervioso el primer día de rodaje que se quedó detrás de un set y vomitó, para luego aparecer en el plató y rodar una obra maestra, arrancando unas excepcionales interpretaciones de sus actores para un título legendario, que pese a su larga duración no le sobra un solo minuto. Todo un clásico, con un guión que en ocasiones está más pulido que la actividad y que aprovecha al máximo su trama un tanto escasa pero con hábiles escenas de acción, y que están ampliamente espaciadas en cuanto a su atmósfera, contando además con unos personajes tan cálidos como una tostada recién hecha. Coloca el enfoque principal en la cárcel, que se convierte un un micro-mundo ideal y autónomo que puede resumirse en una maravillosa secuencia donde vemos al héroe mirando feliz mientras el resto de su pandilla se enfrasca en una bonita canción.


Howard Hawks es, probablemente, la prueba mas evidente de que nunca se hizo mejor cine que cuando éste se consideraba un oficio artesanal. Responsable de obras maestras en la practica totalidad de los géneros, éste filme es el correspondiente al “western”, un clásico del género tan modernista y excéntrico como hiperbólico. De hecho el realizador llegó tarde al “Salvaje Oeste”, el primero que rodó fue “Red River” (“Rio Rojo”) en 1948, con John Wayne, Montgomery Clift y Walter Brennan, ya que comenzó pero no completó “The Outlaw” (“El Forajido”), una visión de Billy el Niño de 1943 con Jane Russell y Thomas Mitchell como protagonistas y que firmó Howard Hugues, pero contaba con más de veinte años de experiencia como director y ya era un maestro en los géneros de gángsteres y cine negro en general, de las comedias, de filmes bélicos y de aventuras románticas.

Creo que “Rio Bravo”, contando la historia de un “sheriff” que debe defender la legalidad con la ayuda de un alcohólico, un viejo tullido, una mujer y un joven inexperto, hizo sentirse tan a gusto a Howard Hawks que repitió la fórmula, con ligeras variaciones, por dos veces más: en “El Dorado” de 1967, con John Wayne, Robert Mitchum, Arthur Hunnicutt, Charlene Holt y James Caan y en “Rio Lobo” de 1970 de nuevo con Wayne y Jorge Rivero, Jack Elam, Jennifer O´Neill y Christopher Mitchum. Esta última, bajo mi punto de vista netamente inferior a sus dos predecesoras.


A Hawks le gustaban los diálogos a tres bandas, en los que nadie dice lo que quieren decir, y “Rio Bravo” está repleta de eso, aunque algunos de sus momentos más elocuentes son silenciosos. La recuperación de Dude, Dean Martin, del alcoholismo, no se muestra a través de discursos, sino a través de su lucha constante por un liar un cigarrillo que siempre acaba por rendirse y tirarlo al suelo, y nos muestra a un Wayne compasivo siempre dispuesto a darle del suyo. Dispara a la brisa con el veterano Brennan, quién interpreta ese papel del alivio cómico mientras enfatiza silenciosamente una discapacidad física notoriamente dolorosa. Nos hace vagar por la ciudad hasta hacernos conocer cada esquina y cuando llega al climax de la vida o la muerte, Hawks hace que sea imposible no preocuparse por lo que sucede ya que nos ha hecho una gran presentación de los personajes hasta conseguir que los sintamos muy cercanos a nosotros mismos. Además tenemos una serie de escarceos románticos alrededor de Wayne por parte de Angie Dickinson, que hacen que este icono del machismo hollywoodiense se vea por momentos como un torpe tontorrón. Todo ello mientras en el horizonte asoman las montañas de Texas. Son este tipo de detalles los que hacen de esta película un filme cálido y humano absolutamente esencial, incluso cincuenta años después, una diversión que al director le gustaba tener con sus estrellas, como sucede con Cary Grant haciendo lo imposible para conseguir a su amada en “Iwas a male war bride” (“La novia era él”) de 1949. Aunque la cinta genéricamente sea un “western”, en realidad es un film que trata sobre un grupo de amigos que se aprecian entre sí, también se critican y generalmente se deleitan en sus relaciones.


Mientras para John Ford, las implicaciones de un género esencialmente filosófico como el “western”, en su conversión de las funciones abstractas o burocráticas de la sociedad a la acción directa y física, son más políticas y humanistas, para Hawks son morales y estéticas. De hecho la presión para tomar medidas que tienen consecuencias inmediatas, ineludibles e irreparables, hacen del viejo y salvaje oeste una red expuesta de crisis sentimentales, y la forma en que Hawks mide la respuesta a ello es con el estilo.



Resumiendo hablamos del cine estadounidense en su mejor versión, limpio, claro y directo, y esta es una obra de las más optimistas de la historia del séptimo arte, y que apuntala valientemente fragmentos contra la ruina humana. Una película que se graba poco al aire libre y mucho en interiores, con un aumento de la tensión claustrofóbica y en la que Hawks hace eco de la narración generalmente relajada y fácil siendo excelente en todos sus aspectos, desde la presentación de los personajes hasta la brillante fotografía nocturna de Russell Harlan. Un trabajo excelente.
Una película impecable, despreocupada, muy divertida, hermosamente interpretada, atractiva y maravillosamente concebida, y con un guión tremendamente ingenioso y generoso. Es el tipo de películas, que en palabras de David Thompson:“ revela que los hombres son más expresivos enrollando un cigarrillo que salvando al mundo”.


“Un hombre viejo y un borracho, ¿eso es todo lo que tienes?. “Eso es todo lo que obtuve”

Así llegamos a esta revisitación de “Rio Bravo” en El diván de Louis Cypher, como siempre me despido hasta un nuevo artículo. 

Buen cine...y mucha suerte.


domingo, 9 de junio de 2019

The friends of Eddie Coyle (Peter Yates), 1973


The friends of Eddie Coyle
(El confidente) Peter Yates, 1973


Hola amigos, estamos ante una nueva edición de "El diván de Louis Cypher". A veces se tiende a pensar que el género del cine negro es un coto de los años cuarenta y cincuenta, pero eso no es exacto.
Ciertamente, durante esas décadas aparecieron grandes joyas del cine que lo acreditan, pero también en la década de los setenta se hicieron cintas muy relevantes, una de ellas es la que nos ocupa hoy, “The friends of Eddie Cooyle”, (“El confidente”, en España), película dirigida por Peter Yates, en 1973, y uno de los filmes más majestuosos y más reconocidos de la década de los 70. Una película muy dura y nada sentimental.

El reparto cuenta con un portentoso Robert Mitchum en el rol protagonista, Eddie Coyle, y le acompañan una serie de grandes actores que se han ido diluyendo en la memoria del espectador como, Peter Boyle, en el papel de Dillon, Richard Jordan, intenpretando a Foyle y Steven Keats, Alex Rocco, Mitchell RyanJoe Santos.


La fotografía de Victor J. Kemper y la música de David Grusinson por meritos propios un personaje más de la cinta, y el guión basado en la novela más vendida de George V. Higgins, "The friends of Eddie Coyle", y en la que el escritor introdujo, fruto de sus experiéncias como fiscal y periodista, la realidad criminal con la que estaba familiarizado consiguiendo dar a sus personajes la voz que verdaderamente tendrían en la realidad, lo firma un excelente Paul Monash, sustentándolo en sentadas entre criminales y policías, u otros criminales, en cafeterías de mala muerte, bares poco poblados y espacios públicos que le dan un nuevo significado a la palabra "ordinaria", en términos calificativos. Los cineastas jamás hacen nada con la intención de subrayar retoricamente. Tanto la novela como la película, en su título original, encierran una ironía, Coyle no tiene amigos, sólo la gente que utiliza y la que hace con él lo propio, en el Boston de finales de los sesenta. Un ingrediente clave del éxito de la película es el personaje hecho a la medida de Mitchum, "Eddie Coyle", un hombre cansado de mediana edad, pero fuerte y orgulloso; un hombre que ha sido herido con demasiada frecuencia en la vida para respetar el dolor; un hombre que se arriesgará para proteger su territorio. "Creo que un trabajo como el suyo es necesario para que la gente entienda algo sobre los humores de la mentalidad criminal", dijo Robert Mitchum de la novela de George V. Higgins, que de alguna manera también podría haber estado describiendo la adaptación cinematográfica de 1973, ya que es una sucesión melancólica de encuentros clandestinos llevados a cabopor todos los rincones menos pintorescos del área del gran Boston, desde finales del otoño hasta el invierno. Todo un guiño a los últimos días del protagonista.
"Eddie Coyle" (Robert Mitchum), es también conocido como "Eddie Fingers" ("Eddie el dedos") desde que unos tipos le metieron la mano en un cajón y lo cerraron de una patada, destrozándole los nudillos. El filme nos narra sus últimos días como un viejo conductor de camiones de reparto para una panadería, mientras al tiempo es un corredor de armas de bajo nivel para una organización criminal de Boston.
Se enfrenta a varios años de prisión por el secuestro de un camión en New Hampshire, un golpe planeado por su amigo Dillon, (Peter Boyle), dueño de un bar local. Eddie, no quiere cumplir una senténcia de cadena perpétua en prisión, por lo que se convierte en el informante de un policía Dave Foley (Richard Jordan). Es su última oportunidad, pero desconoce por completo que Dillon, su amigo ya es también un confidente de la policía.


Una pandilla liderada por Jimmy Scalise y Artie Van, ha estado organizando una serie de robos a bancos a plena luz del día usando rehenes, y Coyle les ha proporcionado las pistolas. Otro corredor de armas, Jackie Brown (nombre que utilizaría Quentin Tarantino, como homenaje, para su personaje femenino y también corredora de armas en su filme homónimo), es quién está suministrando el material a Coyle, y este le exige más armas cuando la pandilla se deshace de sus pistolas después de cada trabajo, y necesita un suministro nuevo para cada robo.
Mientras Jackie hace todo lo posible para obtener para Coyle lo que necesita, este acepta un pedido de una pareja de "hippies" jóvenes que buscan ametralladoras (en realidad rifles M16), Coyle tampoco está dispuesto a renunciar a su estilo de vida, por lo que continua con sus operaciones ilegales de armas y se entera sobre las ametralladoras cuando levanta el maletero del coche de este, entonces decide ofrecer al suministrador a Foley, para evitar la cárcel, pero en una escena dramática en el estacionamiento de una estación de tren, llegando para entregar las ametralladoras, Jackie es arrestado por Foley y su equipo.
Cuando Coyle se reúne con Foley y argumenta que ha cumplido su parte del trato, Foley afirma que sus superiores no están de acuerdo. Se requiere más información de Eddie, o de lo contrario aún irá a la cárcel. Mientras un empleado de un banco ha sido asesinado durante un atraco por el equipo de Scalise y Van, y ahora son también buscados por asesinato.


Desesperado, Coyle decide entregar a la pareja de ladrones, pero para entonces Foley, gracias a un chivatazo a modo de propina proporcionado por Dillon, ya había atrapado a la pandilla en el acto de ejecutar un atraco. Así que la oferta de Eddie llega demasiado tarde, y por lo tanto, no puede haber un trato por indulgéncia.
La mafia se da cuenta de que Eddie se ha convertido en un delator de la policía, y contratan a su mejor amigo, Dillon, para que termine de inmediato con Eddie al caer la noche, ofreciéndole un contrato de 5.000 dólares que Dillon exige al contado.
Un desanimado Coyle llega al bar de su amigo, sabiendo que la prisión es ahora inevitable. Mientras Eddie se emborracha, él y Dillon discuten sobre el arresto de Scalise y Van. Pasado un rato Dillon, recibe una llamada telefónica de la mafia confirmando el contrato y el pago por adelantado.


Para preparar el golpe que debe llevarse a cabo esa noche, Dillon le dice a Eddie que la llamada era de un amigo que no puede asistir al partido de hockey de los Boston Bruines de esa misma noche, y se ofrece compasivo, invitándolo a cenar en el centro de la ciudad y al partido de hockey para que olvide sus problemas.
Una vez en el Boston Garden, Dillon le cuenta a Eddie que debe unirse a ellos un joven del que dice es el sobrino de su mujer, pero que se retrasa un poco. Eddie, cada vez más borracho decide ir al baño y aprovechar para traer otra ronda. Cuando regresa a los asientos, es ya un borracho descuidado y sentimental. En esa escena toda la conversación es trivial, y gira alrededor de Bobby Orr, el gran jugador de hockey que ayudó a los Bruins a lograr dos victorias en la Copa Stanley, en 1970 y 1972, curiosamente este último año es el mismo en que se hizo la película.
"¿Te imaginas ser un niño así?...¿que edad tiene, 24 o algo así?. ¡El mejor jugador de hockey del mundo. Número cuatro, Bobby Orr!...¿qué futuro tiene, eh?, a cierta a preguntar Eddie de forma premonitoria e inversamente proporcional a su ya inevitable final.

Eddie no tiene futuro; pronto morirá y el futuro pertenece al joven matón, el supuesto sobrino y posible reemplazo de Eddie como criminal asociado de Dillon. Después del partido, Dillon explica que él, ha arreglado una cita con un par de chicas, mientras un ambíguo y ébrio Eddie contesta que ha estacionado su auto en el South End. El falso sobrino se ofrece para acercarlos hasta allí. Una vez en el coche, Dillon pregunta de nuevo a Eddie donde tiene tiene aparcado su auto, pero éste, borracho y adormilado no responde, se ha quedado dormido. Dillon da instrucciones al joven para que éste conduzca hacia las afueras de la ciudad, a Quincy, y utilizando un revolver calibre 22, dispara a Eddie dentro del coche en movimiento. Al llegar a una bolera en Morrisey Boulevard, Dillon y el joven salen del vehículo donde queda el cuerpo del protagonista sin vida y se separan.


En la escena final, el realizador subraya la desolación de la historia, Foley, el policía, se reune con Dillon el la plaza del Ayuntamiento de Boston, y le dá las gracias por haberle entregado a Scalise y Van, los otros dos maleantes. No le preocupa en gran medida que Dillon no pueda o no quiera decirle quién asesinó a Coyle, dejando la impresión de que sabe que el soplón está involucrado, pero sigue siendo demasiado útil como para perseguir el asesinato de un criminal de poca monta como Eddie Coyle.
Toda la filmación se llevó a cabo en el área de Boston, incluyendo Dedham, Cambridge, Milton, Quincy, Sharon, Somerville, Malden y Weymouth en Massachusetts. Lo que da una idea del recorrido por todos los suburbios de la ciudad y que confieren a la urbe un papel importante como un personaje más de la película.


El realizador británico que ya era conocido por otro notabilísimo filme, "Bullit", todo un clásico que interpretaba Steve McQueen, rodado en 1968, y que le supuso una experiéncia de un cine de acción excelente, en esta cinta que nos ocupa hoy, sin embargo, aparte de dos atracos y un arresto en un estacionamiento logísticamente complejo, tiene la emoción cinética provocada por ritmos verbales y gestuales entre los actores mientras abogan por sus vidas en las súcias mesas de Beantown.
El ojo de la cámara de Yates se mantiene tan casualmente atento a su sintaxis cinemática tan escasa, que cuando finalmente se retira a una distáncia lastimosa tras la inevitable tragedia de la película, tiene un impacto más que considerable, y es en ese momento cuando reparamos en la importancia de la partitura de Dave Grusin, durante todo el filme, posándose finalmente en una despedida que planea sobre la escena.
El cineasta nos muestra la miserable economía de poder en ese inframundo gris y arrugado de Boston. Eddie y sus "amigos" son prescindibles, y los que quedan de pie juegan en todos lados contra el miedo, su terror a ver sus nudillos blancos cuidadosamente ocultos bajo varias capas de indiferéncia y resignación. Pero esta cinta aparentemente ingénua, deja una impresión más profunda de la brutalidad de lo que supone comerse unos a otros. No hay peleas ni puñetazos, y sólo se disparandos tiros fatales; no tiene necesidad de muchas de las extravagáncias empapadas en sangre que encontramos en otras películas del mismo género, especialmente hoy en día.
"The friends of Eddie Coyle" es, en cierto modo, un trabajo interno. Lo que significa que no hay un minuto dedicado a orientar al espectador. La historia de un mafioso de bajo nivel que decide entregar a uno de sus contactos en un esfuerzo fallido para negociar su no entrada en prisión, nos es impartida poco a poco, a través de una serie de aparentemente afables pero silenciosos desesperados.
El fatalismo improvisado está incustrado en cada palabra de los diálogos, en los que cada una de las cuales, alterna entre los juegos de escondite y los remarcables giros de guerra verbales. Como en toda buena película basada en el diálogo, hablar en "The friends of Eddie Coyle", es igual a la acción, en unas maniobras de apalancamiento y autoconservación.
La cortesía y la bonhomía, esa cualidad de buena persona al tiempo que ingénua, son estrictamente provisionales, y todo el mundo lo sabe, y es precisamente eso lo que le da a esta película su terrible tristeza.



El realizador Peter Yates, nos brinda esta conseguida intriga que sigue los clichés de la serie negra, sin resultar convencional ni típica. Buenos personajes y actores para una producción sumamente interesante. No hay gángsteres nobles, sólo tipos dispuestos a ganare la vida como sea, y sie es posible, salvar el culo cantando "La Traviata", además de ese mundo sucio y sórdido de Eddie Coyle, lleno de granujas con olor a meados y a cerveza ráncia.

Los jóvenes fanáticos del cine de hoy criados en multi-salas, pueden mirar atrás y lamentar el hecho de que ya nadie está haciendo películas como esta obra de Peter Yates. Un filme que raya la perfección. Una película de cine negro enmarcada en el ideário del mejor cine de género de la historia del séptimo arte y que se hace imprescindible.

Esperando haya sido de vuestro agrado, me despido como siempre. Buen cine...y mucha suerte.






viernes, 7 de junio de 2019

Bad day at Black Rock (Conspiración de siléncio) John Sturges, 1954


BAD DAY AT BLACK ROCK
(CONSPIRACIÓN DE SILÉNCIO) John Sturges, 1954

"Bad day at Black Rock", ("Conspiración de siléncio"), es una cinta dirigida por John Sturges en 1954 y producida por Herman Hoffman y Dore Schary. El excelente guión lo firmó Millard Kaufman, la fotografía corrió a cargo de Williem C. Miller y un magistral André Pevin la dotaba de una sensacional banda sonora.

John Sturges, un gran artesano en su tiempo esta hoy considerado un autor de prestígio. Rodada con el sello personal que imprimía a sus películas, en "Conspiración de siléncio" una de las cosas que destacan sobremanera en este filme, es el magnífico elenco.
Encabezado por un Spencer Tracy que nos deleita con una interpretación absolutamente brutal y poderosa en su rol de protagonista, a pesar de que pasaba una mala época a nivel personal. También encontramos a todo un equipo de lujo. Robert Ryan (en otro de sus cínicos y peligrosos roles) está impecable, Ernest Borgnine y Lee Marvin (de palabras ligeras y puños fáciles) como los secuaces del cacique, Reno Smith, interpretado por Robert Ryan, el siempre magistral Walter Brennan, que aporta una de las pocas voces sensatas al relato y también la muy de moda en aquellos años, Anne Francis, que aportaba la nota femenina con desastrosas e incluso sorprendentes consecuencias para su personaje.

Don Siegel, a quién le llegó el guión en primera instancia, siempre declaró que era el mejor que había leído en su vida, y aunque estuvo apunto de dirigirla, finalmente la elección recayó en Sturges. Algo que indudablemente fue un acierto total por parte de la Metro Goldwing Mayer.
Es un film de unos asombrosos 78 minutos, algo totalmente impensable a día de hoy, en los que afortunadamente no hay tiempo para los siempre innecesarios subrayados, y que desvela al director como un experto en el manejo de los espacios y la planificación. Una historia que se mueve entre el western y el thriller, de asombroso equilibrio tonal, y que emerge también como una poderosa denuncia de carácter político, marcada por la sombra del McCarthysmo y las consecuencias del ataque japonés a Pearl Harbour.
La película fue candidata a tres Oscar: Mejor Director (John Sturges), Mejor actor (Spencer Tracy) y Mejor Guión Adaptado (Millard Kauffman)Tracy sería galardonado en Cannes con el Premio de Interpretación al mejor actor.


Es este pues un thriller dramático vestido de western que firma un Sturges en plena forma, los años 50, época en la que se refleja su mejor filmografía.
Es un tenso relato que da comienzo con la llegada de un forastero. Un tren expreso atraviesa el desierto de Arizona y por primera vez en cuatro años se detiene en Black Rock. Un hombre de mediana edad, llamado MacCreedy (Tracy), manco y vestido con un traje oscuro, desciende de él. Llega para entregar a un hombre de origen japonés, la medalla militar concedida a su hijo muerto en combate durante la segunda guerra mundial por su heroica acción al salvar la vida al mismo MacCreedy.
Los habitantes del pueblo se muestran inexplicablemente hostiles frente a éste, y la tensión va en aumento hasta el extremo de que llega a peligrar su vida. MacCreedy desconoce aún que en el pueblo se esconde un secreto que los habitantes pretenden guardar celosamente: entre varios de ellos asesinaron a Komako, padre del soldado muerto en la guerra, inmediatamente después del ataque a Pearl Harbour; siendo el cacique del pueblo, Reno Smith (Ryan), el instigador del crimen tras haber fracasado en su intento de alistarse para ir a la guerra, así como su resentimiento hacia Komako, quién había logrado encontrar agua en un lugar desértico de las tierras que aquél poseía y que había arrendado al americano-japonés, estando convencido de que era un paraje totalmente seco.



Mientras la potente banda sonora de André Pevin va marcando lo que será la película, MacCreedy decidirá llegar hasta el fondo del asunto.

Por un lado tenemos el thriller, en el que poco a poco se va dando información al espectador, hasta que uno de los personajes secundarios, uno de esos que terminan del lado de lo justo, acaba confesando el horrible crimen que se cometió años atrás y que pesa sobre la conciencia de todos.
Por otro, el tono western, un pueblo de Arizona, con pocas casas, mucho polvo y jeeps en lugar de caballos (especial atención a la espectacular persecución a mitad de metraje entre Tracy y Borgnine) o ese tren simulando lo que bien podría ser una diligéncia. Es también un western característico, cuando llega un forastero a una ciudad, no esconde secreto alguno de por qué lo ha hecho, sin embargo en "Bad day at Black Rock", el público se ve asaltado por toda una serie de preguntas: ¿Por qué para el tren allí por primera vez en cuatro años?, ¿quién es el forastero manco?, ¿a que ha venido?, ¿por qué se muestra todo el mundo tan hostil hacia él?. Todo esto siembra un desconcierto ante las hostilidad de los habitantes de la pequeña población y los intentos de Pete, el encargado del hotel, por convencer a MacCreedy de que todas las habitaciones están ocupadas, cuando resulta evidente que el hotel está vacío. MacCreedy provoca la alarma de todo el mundo expresando su deseo de dirigirse a Adobe Flat, las tierras de Komako y mencionando su nombre. Es evidente que ocultan algo y el forastero no está dispuesto a irse sin averiguar que esconde Black Rock.
Todo este desconcierto también lo comparte el espectador.


Encontramos al tiempo determinados elementos narrativos del western, como por ejemplo, la llegada a una comunidad cerrada de un extraño que ayuda a liberarla de un régimen represivo, así como un recurso temático bastante común en el cine de los 50, por el que la acción se centra o gira alrededor de un tren y sus horarios, tal como vemos en la mencionada "High Noon" ("Solo ante el peligro") de 1952, dirigida Fred Zinneman, "3:10 to Yuma"("El tren de las 3:10 a Yuma") de Delmer Daves, que la dirigió en  1957 o "Last train from Gun Hill" ("El último tren a Gun Hill") del própio John Sturges y rodada 1959.

De fondo la denuncia a un tema poco concurrido en el cine, el maltrato que sufrieron en los Estados Unidos los japoneses durante la segunda contienda.
Lo que no se dice y su puesta en escena, son unos elementos de tensión importantísimos, así como los inteligentes diálogos. En todo momento, basados sobre todo, en decir lo que realmente no se habla claramente.

La clave del innegable éxito de esta película es su desacostumbrada superposición de la estructura del thriller sobre la del western.
Algo a tener en cuenta también, por supuesto, es la puesta en escena del director, quien firma una de sus mejores obras (sino la mejor), llena de hallazgos visuales, como por ejemplo la composición de planos, donde es capaz de encerrar en un mismo encuadre a varios personajes, cada uno con una finalidad distinta.
Contiene también un profundo efecto dramático en una secuencia, al inicio de la película, en la que los principales personajes del pueblo se hallan en medio de un cruce de caminos formado por una vía del tren (el futuro) y un camino de tierra (el pasado). La escena es la muestra de la encrucijada moral ante la que se encuentran dichos personajes por desconocer, pero sí sospechar, el porqué de la llegada del forastero.


Bajo su apariencia de thriller y western, trata con contundencia y sin piedad temas como la xenofobia o el racismo. Apenas realiza concesiones, e incluso en su desenlace invita a la comprensión; a dejar los prejuicios a un lado con la medalla a un japonés muerto en batalla, hijo del que desapareció asesinado en el pueblo y que simboliza lo que el personaje de Walter Brennan sentencia: "...un punto de partida, hacia algo necesariamente mejor".

"Conspiración de siléncio", es una joya para la que no pasa el tiempo y que incluso se vuelve mas actual. Una joya que resucita fresca y contundente.

El prestigio de "Bad day at Black Rock", descansa hasta cierto punto, en factores socio-políticos. En el momento de su realización y al igual que en otras áreas de la vida en Estados Unidos, Hollywood estaba empezando a salir de la sombría época del McCarthysmo. En films como este o el mencionado "High Noon" ("Solo ante el peligro"), los directores estaban intentando hablar valientemente sobre la debilidad de una comunidad sometida a un control represivo. Sin embargo, la forma narrativa de plantear estas cuestiones, permitía contestarlas únicamente en términos de moralidad individual y coraje, o carisma personal. Podemos decir que se trata de una falsa toma de postura política que afirma que sólo la llegada de un hombre excepcional puede movilizar la capacidad de resistencia de una comunidad. Estos títulos y otros demuestran los inconvenientes de como en aquella época y en gran parte hoy en día, resulta muy difícil plantear posiciones políticas alternativas dentro de las formas narrativas en el cine clásico de Hollywood o en el cine en general.


"Bad day at Black Rock", supone definitivamente la graduación de John Sturges, no solo como cineasta sino como un director-autor en mayúsculas, quién nos deleita con un filme de suspense inolvidable y de obligado visionado. Una joya del séptimo arte de un nivel pocas veces alcanzado pr muchas otras películas.

Louis Cypher, y como siempre, que tengáis...buen cine... y mucha suerte



martes, 4 de junio de 2019

The party (El guateque) Blake Edwards, 1968


THE PARTY 
(EL GUATEQUE) Blake Edwards, 1968


Es de una de las comedias mas admiradas de todos los tiempos, y que cuesta definir. ¿Es una genialidad o una simple sucesión de gags?. No creo que sea una comedia brillante pero seguro que podemos afirmar que es una de las mas desternillantes jamás rodada. Un filme planteado como un puro entretenimiento, donde los gags se suceden uno tras otro. Una cinta en que las revisiones incluso la benefician, y todo gracias al excelente trabajo de un maravilloso y superdotado actor para la comedia como es Peter Sellers.


Estamos hablando de "The party", ("El guateque"), película rodada en 1968 por el director Blake Edwards que aquí ejerce también como productor y guionista. La fotografía corre a cargo por el siempre más que excelente Lucien Ballard y la música la escribió el genial y extraordinario compositor Henri Mancini.
No es precisamente Edwards un realizador especialmente de mi agrado, a pesar de que en su filmografía también hay excepciones, y encontramos auténticas joyas que forman parte de la lista de cintas mas admiradas del séptimo arte. Como son la deliciosa "Breakfast at Tiffany's" ("Desayuno con diamantes") de 1961, o una de las tragicomedias mas brillantes jamás rodada como: "Days of wine and roses" ("Días de vino y rosas"), un verdadero tesoro de cinta de 1962, dejando claro que el director se encontraba en su mejor momento. Pero "El Guateque", rodada unos años mas tarde, por arte y magia de un actor como Peter Sellers, protagonista de la misma, se ha convertido en un film de culto del cine de humor. Acompañado en el papel femenino por una cándida y encantadora Claudine Longet y superlativo SteveFranken como el camarero ébrio. Un actor desconocido y que basó toda su carrera en pequeños papeles en series de televisión como "Embrujada", pero que aquí es capaz de robarle escenas al mismísimo Sellers, y solo por ello merece pasar a la historia del cine. Su papel fue el arma secreta de la la película y como casi toda la cinta, fue el propio Franken el que improvisó su progresiva borrachera. A pesar de ser una grave adicción, este tipo de personajes siempre han sido muy recurrentes en el cine y el actor lo bordó como ninguno y sin que nadie se lo esperase. Un actor, Franken, que no era precisamente una estrella del celuloide, pero que perdurará para siempre en la memoria de los espectadores por ese personaje del camarero borracho.


La cinta relata como un patoso actor de origen hindú, Hrundi V. Bakshi, interpretado por Sellers, que trabaja como extra en películas de Hollywood, es escogido como protagonista del remake de una antigua película que se está rodando en el desierto. Debido a sus continuas meteduras de pata y con tal mala suerte, que un día durante un descanso del rodaje vuela por los aires, sin querer, el decorado de un fortín, y es inmediatamente despedido, siendo proscrito por el productor para trabajar nuevamente en la industria cinematográfica. Inesperadamente, recibe por error una invitación para asistir a una sofisticada fiesta de cumpleaños que organiza el productor de su última película, el mismo que le había despedido. Una vez allí, se verá envuelto en diversos sucesos como una invasión de espuma, un elefante bebé, un camarero borracho, un pollo volador, un grupo de músicos rusos, un loro y un sinfín de situaciones disparatadas.


La película de Edwards, desde su estreno, ha sido ese clásico que te recomiendan y recomiendas sin temer a fallar. Su humor resiste a prueba de bombas, y medio siglo después, ni la tez pintada del maravillo Peter Sellers la hace envejecer.

Todo el film, es una sublime tonteria, pero resulta demoledoramente divertida. Nunca deja de sorprender. Hay tantos momentos memorables que incluso cuesta resaltar alguno. El humor contenido en la cinta es capaz de poner el mundo patas arriba, de tal manera, que por obra y gracia de una especie de sortilegio psicodélico, el protagonista deja de ser ese patoso personaje que todos creemos ver y es más bién el universo que le rodea el que parece haberse confabulado contra ese pobre diablo cargado de buenas intenciones. Escenas como cuando decide ir al cuarto de baño cuando necesita aliviarse con urgencia; el papel higiénico, ante su presencia, cobra vida hasta soltar lastre u otra en la que su zapato se le escapa y vive una y mil aventuras acuáticas hasta terminar servido como un entremés en una de las apariciones esporádicas del camarero borracho hacen que el espectador no pueda dejar de reír ininterrumpidamente.


"The Party" es mucho mas que una película, es el optimismo en estado puro. Una alegría de vivir que nace del absurdo, de un universo alocado que se sale de su órbita psicodélica para anclarse en nuestra memoria. En ese olimpo de películas imprescindibles, que alterando nuestra percepción del espacio, del tiempo y del sentido común, está en esa casa automatizada de Hollywood donde se sitúa la acción. Ese es el escenario donde tiene lugar la desenfrenada fiesta en la que algunos se lo pasan en grande y otros no tanto. Camareros borrachos, productores que no soportan a su mujer, bellas italianas de gula insaciable, elefantes coloreados y pollos asados voladores. Y por supuesto, donde se encuentra el protagonista mas divertido de la historia del cina, Hrunda V. Bakshi, el educado, optimista, ceremonioso, pesado, torpe e inocente hindú interpretado por Peter Sellers. Un pobre diablo que intenta hacerse un hueco como estrella de Hollywood con las maneras de un arma de destrucción masiva.


La cinta, es la cima de la improvisación. La idea inicialmente era hacer una película muda, como los clásicos de Chaplin o Keaton, pero la productora no se atrevió, y el resultado fue, podríamos decir, una película muda disfrazada. Partiendo de un guión de únicamente 56 páginas sin apenas diálogos, se filmó en el mismo orden en el que iban a suceder las escenas para dar rienda suelta, precisamente a dicha improvisación. De esa forma el filme iba evolucionando con cada idea y no se cerraba una escena hasta haber acabado la anterior. Tal fue el grado de libertad durante el rodaje, que el director filmaba en paralelo con una cámara de vídeo, atada a la de Panavisión, para que los actores pudieran ver inmediatamente todo lo que había pasado en la escena para seguir con la siguiente, una técnica tan común hoy en día, y de la que Edwards fue de los primeros en utilizar. El resultado fue esa bola de nieve de locura cómica que hizo partícipe a todo el equipo.

La grandeza de esta cinta hubiera sido imposible sin la presencia del actor británico, que rodaba por primera vez en Estados Unidos. Un actor que nos regala un personaje de una indeleble actitud complaciente. Todos sus gestos de disimulo, pausados, exagerados, conscientes, sus miradas aumentadas por la sorpresa y el bochorno o su gesto crispado cuando se ve envuelto en una situación incomoda hacen de la misma una de las mejores interpretaciones cómicas de la historia del séptimo arte.
Peter Sellers, poseía la comicidad de un genio y al tiempo una capacidad inexplorada por otros actores para adentrarse en un sinfín de papeles. Y lo hace principalmente de la mano de su prodigiosa habilidad para imitar acentos, o para perderse al tiempo fisicamente, en la piel de de una multitud de personajes paródicos o inventados. Tenía la capacidad de extraer una interpretación imposible e inesperada de cualquier virtuoso de la torpeza, de cualquier hijo del disparate. Nos invitaba a un territorio donde la risa que te invade es tan irracional, tan pura y absurda, que no sólo nos distingue de los animales, como diría Hrunda V. Bakshi, sino mejor aún, de los tristes mortales.

Hoy en día es muy difícil encontrar comedias de este tipo, dotadas de elegancia en forma y fondo ya que el sentido de la risa cambia con las generaciones, y actualmente es lo irrisorio, lo políticamente incorrecto y lo bestia lo que hacen desternillarse a las grandes masas, entra las que no me incluyo, y por aquello de la exclusividad, solo por el plano de la sofisticación del film, desataca a mi modo de ver, la contribución de esta cinta a la historia del cine.


Queda patente la imposibilidad del éxito de esta película sin la aportación del genial actor, puesto que no es de destacar ningún trabajo especial en el guión, a pesar de ser firmado por tres guionistas, algo que cuesta perdonar en una comedia, y más después de ser entrenado durante años con clásicos de Billy Wilder o Howard Hawks, que ensartaban personajes entre diálogos alocados, agudos y absolutamente perfectos en unos guiones de impecable factura.
Sin embargo en este caso tenemos un guión que no va mas allá de una sucesión de gags. Como pequeños cortometrajes que bien podrían ser independientes y no necesitan de una trama argumental para comprenderlos o justificarlos.

Resulta curioso que los miles de admiradores de la película, vean este argumento como algo positivo, si no fuera por aquello de regresar a la esencia muda de los primeros constructores del "sketch" cinematográfico como Charles Chaplin, Harold Lloyd o Buster Keaton, que cumplieron el papel que les tocaba en su época, y que resultaría anacrónico homenajearles ahora a color o a golpe de las retro-partituras de Henri Mancini.


Siempre que nos detenemos entre las secuencias ya antológicas del filme, quizás no pasemos de una media sonrisa, pero lo perdonamos gracias a la mímica de un Sellers que no podemos dejar de recordar en su multipolaridad de sus personajes en "Dr. Strangelov", dirigida por Stanley Kubrick en 1964, o en esa torpeza mucho mas indómita de su personaje del inspector Clouseau. Lo que de nuevo nos lleva a pensar que sin el trabajo de Peter Sellers esta película no iría mas allá de una mala comedia, pero como cualquier buena película de cine dentro del cine, "The Party" contiene muchos guiños cinéfilos.
Por ejemplo, el desastre cinematográfico del inicio es un guiño a "Gunga Din" de Georges Stevens, rodada en 1939, aunque a muchos también recuerda la voladura del puente de "El maquinista de la General" de Buster Keaton, que se filmó en 1926. Del mismo modo, es imposible pensar sin acordarse de Jacques Tati, y los disparatados problemas de la modernidad tecnológica que sufre Hrunda V. Bakshi, que no podrían existir sin películas como "Mon oncle" ("Mi tío") del propio Tati, realizada en 1958, o también cuando Sellers se encuentra en el cuarto de baño y se escucha a la banda de la fiesta tocar "It had better be tonight", música compuesta originariamente para la primera entrega del detective Cloisseau. De la misma forma, cuando el personaje de Sellers llega al cuarto de los niños se puede ver una Pantera Rosa de peluche sentada en la cómoda.

Ya comentado queda que Lucien Ballard deja impronta de su profesionalidad a cargo de la fototografía y que la gran banda sonora está en manos del excepcional Henri Mancini, que además no dudó en utiizar a reconocidos músicos como el saxofonista Plas Johnson, el pianista Rowles y al batería Shelly Manne para la banda que ameniza la fiesta. También las dos canciones del film también fueron compuestas por Mancini en este caso junto a Don Black, tituladas: "Nothing to lose" y "The Party".


Finalmente resaltar que la filmación fue particularmente tensa debido a una difícil relación entre Peter Sellers y Blake Edwards en esos momentos, que desembocaría en el hecho que hizo que no volvieran a trabajar juntos durante varios años. Fue "El Guateque" la única película que realizaron en equipo que no perteneció a la saga de La Pantera Rosa, y como curiosidad añadir que era la tercera vez que Sellers presentaba al público a su personaje indio, tras "La Millonaria", un filme de Anthony Asquith, que interpretó junto a Sofía Loren en 1960, donde además cantaban un divertido tema titula "Goodness Gracious Me", y "The road to Hong Kong" ("Dos frescos en órbita"), una cinta rodada por Norman Panama en 1962, y que el magnífico doblaje al español del personaje de Sellers, Hrunda V. Bakshi que habla poco, pero que el exótico extra indio interpretado por el actor tiene un acento muy particular, pone de relieve el gran trabajo de Simón Ramírez al doblarlo, para la versión española con un extraño acento susurrado, encantadoramente hipnótico.


En suma una cinta plena de gags imperecederos e inimitables como la pesca del zapato en la piscina, el pollo asado clavado en una diadema, el taburete que choca repetidamente con la puerta de la cocina o la urgencia urinaria del protagonista mientras su amada actúa, y que son ya, parte del recuerdo de la historia del cine, y que con el trabajo de Franken, el camarero, y el del impagable Peter Sellers hacen de esta comedia una de las mejores y mas divertidas jamás filmadas.

Una película que todos deberíamos tener en nuestra videoteca para disfrutarla en cualquier momento, sólos o en compañía. Una comedia inolvidable.