Facilis descensus averno "El descenso al infierno es fácil" Virgilio, La Eneida

sábado, 28 de marzo de 2020

Emperor of the North (Robert Aldrich, 1973)

EMPEROR OF THE NORTH”
(“EL EMPERADOR DEL NORTE”) Robert Aldrich, 1973


El 9 de agosto de 1918, nacía en Cranston (Rhode Island, California), Robert Burgess Aldrich, un realizador con una extensa e interesante filmografía. Entre sus cintas más conocidas encontramos películas como “Apache” de 1954, “Vera Cruz”, del mismo año, “The last sunset” (“El último atardecer”) de 1961, “What ever happened to Baby Jane?” (“¿Que fue de Baby Jane?”) en 1962, “The flight of the Phoenix” (“El vuelo del Fénix”) en 1965, la archiconocida “Dirty Dozen” (“Doce del patíbulo”) en 1967 y su particular visión sobre la guerra de Vietnam adaptada al western con “Ulzana's Raid” (“La venganza de Ulzana”) de 1972. Así llegaría hasta 1973 para rodar un filme de culto, como “Emperor of the north pole” (“El emperador del norte”), un excelente drama ambientado en plena depresión económica que contaba con el aliciente de ofrecer un magnífico duelo interpretativo entre Lee Marvin y Ernest Borgnine. Completando el “cast”, encontramos a un joven Keith Carradine, Charles Tyner, Malcom Atterbury, Simon Okland, Harry Caesar, Matt Clarck, Elisha Cook Jr., Sid Hag y el actor norteamericano de ascendencia noruega Lance Henriksen, a quién podemos encontrar en las sagas de “Alien” y “Millenium”. El guión, repleto de alicientes, está basado en una historia de Jack London y corre a cargo de Christopher Knopf, que aporta unos diálogos de altísimo nivel. La fotografía pertenece a Joseph F. Biroc y la excepcional banda sonora está compuesta por el siempre genial Frank De Vol.

La historia de esta película ambientada en el Oregón de 1933 durante la Gran Depresión, donde los hechos fueron dejando un rio de vagabundos que usaban los trenes de mercancías para desplazarse entre estados de forma ilegal, nos relata como un vagabundo denominado “A nr.1”, al que da vida Lee Marvin apuesta que conseguirá burlar a “Shack”, el sádico maquinista del tren número 19, que ha prometido que ningún trotamundos holgazán montará en su tren. Hasta ese momento ha cumplido siempre su palabra, llegando a deshacerse sin reparos de aquellos que lo han intentado. Pero “A nr.1” está convencido de completar su hazaña y convertirse en una suerte de héroe local, ganándose así el título de “El Emperador del norte”. Su viaje no estará exento de problemas, pues además de conseguir burlar a “Shack” deberá lidiar con otros vagabundos dispuestos a arrebatarle las credenciales.


Emperor of the north pole”, es posiblemente la última gran película de este director, uno de los más personales del cine norteamericano de la segunda mitad del siglo XX. Un realizador de estilo inconfundible y que dota de mucho brío todas sus películas. Robert Aldrich, por alguna razón para mí desconocida, creo no ha sido suficientemente valorado, pero estoy convencido de que junto a John Sturges, son dos realizadores que iniciaron su carrera como grandes facturadores y terminaron, a pesar de desarrollarla en los grandes estudios de Hollywood, por doctorarse como grandes directores-autor.


El cine de Aldrich, enamorado de los espacios abiertos es de enorme fuerza visual, y suele contener una violencia extrema, aunque siempre dentro de lo que supone un canto a la épica y a la derrota a través de la decadencia que exhalan sus protagonistas, que suelen enfrentarse a situaciones adversas y no dudan en jugarse la piel con tal de no perder su dignidad y su honor. Respecto del film que hoy abordamos, esta cinta es un retrato de la miseria en la que están sumidos un ejército de olvidados, que son consecuencia de la situación económica del país debido al crack del 29 que provocaron los excesos financieros que otros patrocinaron. Unos renglones torcidos que son las sempiternas víctimas que tratan de seguir adelante entre sueños y esperanzas, viajando en los trenes de mercancías en busca de otro paraje donde encontrar trabajo. Este hecho queda perfectamente definido en la canción que abre el film y donde se puede escuchar: “Un hombre hará cosas que no puede hacer un tren. Un hombre sin fuerzas, a diferencia del tren puede seguir adelante mientras posea un sueño”.


El sádico, violento y despiadado “Shack”, que no duda en usar el martillo para echar a los que tratan de colarse ilegalmente en su tren, tiene en “A nr.1” a su antagonista, un veterano y solitario personaje que representa la generosidad de los desterrados frente al abuso de poder. Aquí es donde aparece en escena “Cigaret”, interpretado por Keith Carradine y que viene a ser la juventud fanfarrona y codiciosa, capaz de despreciar la experiencia de su posible mentor, tratando con impaciencia, de usurparle el honorífico título para convertirse en el mito de los vagabundos.

Todo parece desarrollarse como “A nr.1” tiene previsto y accede al tren 19 de “Shack”, seguido casi a hurtadillas por “Cigaret”. Una compañía que no place para nada al veterano rodamundos. El acecho del maquinista hará que el protagonista provoque un incendio en uno de los vagones, que le valdrá para escapar de sus garras, pero el joven “Cigaret” será apresado en una refriega con un jefe de estación y sus guardias. Encolerizado “Shack” jurá que ninguno más volverá a colarse en su tren. Sin embargo, “A nr.1”, se reafirmará entre un grupo de vagabundos contando su hazaña, ejerciendo así como “Emperador del norte”. Esta charla provocará algunas dudas entre alguno de los asistentes, que plantea que el verdadero héroe es “Cigarete”, puesto que fue capturado por los guardias. Todo ello llevará al veterano a afirmar que llegará a Portland subido en el tren de “Shack”. Un reto que jamás nadie ha finalizado con vida. Tal desafío es plasmado con una inscripción en el depósito de agua de la estación donde se encuentra el tren repostando. “Cigaret” aprovechará la confusión que se crea cuando ven el rótulo para escabullirse de los guardias y acceder al ferrocarril, convirtiéndose en el tercero en discordia en este personal reto.


A partir de aquí, la segunda parte del filme se mueve dentro del juego del gato y el ratón, entre los dos vagabundos y el maquinista. Un hombre de maneras groseras, tan mezquino, tan cruel y despiadado, que la prioridad de su orgullo y falta de ética le llevará incluso, y sin dudar, a poner en peligro la propia seguridad del tren en el que reina, para evitar que “A nr.1” consiga su propósito. 

Mientras Ernest Borgnine, “Shack”, es la tragedia; un personaje que en ningún momento muestra un atisbo de humanidad, el “A nr.1” de Lee Marvin se tornará en un espectro que aparece y desaparece entre el humo y la niebla tratando de burlar las inspecciones de los guardias. Un personaje que es un rufián que conoce todas las artimañas para la supervivencia, pero está dotado de dignidad y ética, una figura a la que Lee Marvin dota de un vibrante sentido del humor y que con cada una de sus apariciones cambia el tono dramático de la película y lo transforma en comedia. Son dos tipos en bandos diferentes y con filosofías contrapuestas en un decorado donde la Gran Depresión es el núcleo de la trama. Por otra parte el carácter mezquino e individualista de “Cigaret”, impedirá que tome nota de las lecciones aprendidas y le sirvan de provecho ya que carece de los sentimientos necesarios para ejercer de “Rey de los mendigos”. Él quiere ser como el personaje de Marvin, pero esa falta de corazón le pasa factura, a pesar de que “A nr.1” pretende educarlo para que sea un “homeless” de bien y que adopte el papel de hijo-alumno.


La película, a punto de bajar el telón, nos deleita con un violento y brutal duelo con hachas y cadenas de acero, de pinceladas “gore”, entre dos de los actores con más carácter de la historia del cine y que ya habían compartido pantalla en otras maravillas fílmicas como “Bad day at Balck Rock” (“Conspiración de silencio”) de 1955 dirigida por John Sturges, y a la cual ya dedicamos un vídeo-artículo anteriormente en esta sección, “Violent Saturday” (“Sábado trágico”), dirigida por Richard Fleischer en 1962 y la anteriormente mencionada “Dirty Dozen” (”Doce del patíbulo”) de 1967 y también dirigida por Robert Aldrich.


Catalogada como un film de acción y aventuras, posee una fotografía que se beneficia de un continuo movimiento con espléndidos planos ferroviarios. No es una película para mojigatos, pues contiene una explicita violencia física y psíquica carente de concesiones a la galería. No es de extrañar pues, que la presencia femenina quede reducida a la aparición de una joven afeitándose una axila en un tren y a la pequeña presencia de una devota de la iglesia bautista. 


Las escenas de acción desarrolladas en la parte superior e inferior del tren son de ritmo trepidante, especialmente una en la que “Shack”, con la ayuda de una porra de hierro atada a un cabo, trata de golpear a “A nr.1” y “Cigaret” deslizándola por los bajos del ferrocarril. La fisonomía de los actores es parte de cada plano, su descreimiento es el resumen de cada secuencia y su forma de pronunciar los excelentes diálogos de Knopf, convierten al film en un símbolo sobre la supervivencia y la rebeldía.


El tren como personaje ha tenido diferentes interpretaciones. Para Fleischer puede que sea un laberinto de personalidades, para Hitchcock, tal vez, el lugar idóneo para encontrar el mal, para Delvaux, un estado febril entre la ensoñación y la vigilia, mientras que para Woody Allen, pasa a ser el peaje por viajar con demasiados acompañantes a ninguna parte.

Sin embargo para Aldrich, un tren es la toma de una decisión, es la confirmación de las sospechas menos deseadas y el atrevimiento en toda su plenitud. Un mundo dividido por los raíles para siempre y donde cada uno, independientemente de la responsabilidad de estar a un lado u otro, no deja de ser la toma de una decisión definitiva e inamovible. De ahí que “Shack” decida ser un hombre de bien en el infierno, mientras “A nr.1” prefiere ser un diablo en la tierra, a pesar de que ambos provienen del mismo estrato social.


Las películas que transcurren en trenes siempre tienen algo de metafórico e incluso alegórico. Son de construcción interna y están ordenadas en todos sus factores. En cierto modo consiguen ser subversivas en su clasicismo, ya que la unidad de espacio se torna en un desplazamiento que consigue llevar el mismo ritmo y tienen el mismo nivel de importancia que las unidades de tiempo y acción. Aquí el realizador hace gala de un dinamismo absoluto en las formas y rueda con un aire de Steimbeck oxigenado por Georges Arnaud, y maneja un guión que contiene un caldo de cultivo de tal sustancia que hace que Aldrich no caiga en la tentación, algo difícil en su caso, de rodar una obra tibia y populista. Precisamente por ello, por que eran tiempos de cambio en el cine, que redundaban también en su trabajo, pues navegaba en un cine de género en su superficie pero constestatário en su profundidad, creo que finalmente deberíamos considerarlo no como un simple director, sino más bien como un autor cinematográfico en mayúsculas.

Pero la película es mucho más que eso. Es un reflejo de una época que desgraciadamente parece estamos condenados a repetir a lo largo de la historia. Es también una cinta que comparte temática con la inmensa “The grapes of warth” (“Las uvas de la ira”), rodada por John Ford en 1940 o el film realizado por Sidney Pollack en 1969, titulado “They shoot horses, don't they?” (“Danzad, danzad malditos”) en España. Películas donde se exaltaban la dignidad y libertad de los marginados del sistema frente a los deshumanizados poderosos. También mantiene en cierto modo una estructura western ahondando en esa tradición del aprendizaje entre maestro y alumno. De hecho, bajo el disfraz de cine de aventuras subyace una agria crítica al individualismo y a la hipocresía de cierto tipo de hombres, que mantienen hábitos indecentes que impiden las relaciones humanas en su plenitud, un hecho que choca de frente con el humanismo y nobleza de los perdedores. Una actitud, la de estos, que les hará merecedores de la victoria moral frente al sistema, y que el realizador de Cranston pone de relieve en esta joya cinematográfica cargada de una superlativa inteligencia moral.


Robert Aldrich, que fue alumno aventajado como ayudante de dirección con Charles Chaplin, Joseph Losey o Lewis Milestone, entre otros, demuestra su abominación por el camino fácil. Para él, solo tiene sentido que las cosas se consigan como han de conseguirse, es decir, enfrentándose al sistema y burlándote de él, y en este sentido tenía muy claro que su película no iba a dejar contento a nadie. Es un film rodado a contracorriente de Hollywood, ya que no existe pausa, ni concesiones. Los actores no son guapos, no hay personajes femeninos, el amor solo existe si es libre y en libertad. La violencia es premeditada y brutal y no hay respiro ni al final. Aldrich es como ese tren que sigue su camino aunque su vigilante ya no pueda cuidar por su destino.
Y así terminamos esta nueva sesión en El diván de Louis Cypher. Hasta una nueva ocasión, como siempre solo desearos buen cine...y mucha suerte.

viernes, 27 de marzo de 2020

Arsenic and old lace (Frank Capra, 1944)

ARSENIC AND OLD LACE”
(Arsénico por compasión) Frank Capra, 1944


Dirigida en 1941, aunque se estrenó en 1944, por Frank Capra, está interpretada por: Cary Grant, Priscilla Lane, Peter Lorre, Raymond Masey, Josephine Hull, Jean Adair, John Alexander, Jack Carson, James Gleason y Edward Everett Horton.
El guión corre a cargo de: Julius J. Epstein y Phillip G. Epstein y está basado en la pieza de teatro homónima escrita en 1939 por Joseph Kesselring, estrenada en Broadway en 1942. La fotografía pertenece a Sol Polito, el montaje es de Daniel Mandell y la música la aporta Max Steiner.


Tal como se ha dicho, Capra dirigió esta adaptación en 1941, poco antes de ingresar en el servicio militar para ir a la Segunda Guerra Mundial, aunque no se estrenó hasta 1944, después de que la versión teatral hubiera finalizado. Seguramente la prisa se muestre en este trabajo, quizás uno de los mas torpes y descuidados que el realizador y su estrella Cary Grant hicieron alguna vez, ya que el momento es abismal a lo largo de la cinta y eso convierte el ritmo rápido en un frenesí que a veces resulta adormecedor. La película tiene una duración de 118 min. debido a que Frank Capra expande la obra original en un grado suficiente como para mantener un ritmo constante, y teniendo en cuenta lo acumulado en la ejecución, el film no parece tan largo. La mayoría de la acción se limita a un conjunto encuadrado en la casa de las tías del protagonista, dos tías apaciblemente locas que suponen amable envenenar a las personas con las que entran en contacto, y su hermano loco y no violento que cree ser Teddy Roosevelt. Por ello, y a pesar de que Cary Grant y el resto del elenco están en plena forma en esta comedia clásica retorcida y oscura, la comedia negra de Kesselring sobre dos solteronas pintorescas con la capacidad asesina de una “Venus Flycatchers” (Dionascea muscipula), que presenta como un entretenimiento polvoriento pero suave, Capra, lo traslada a la pantalla de manera polvorienta pero feroz, con un exceso de actividad desenfrenada y poco sentido del tiempo cómico, siendo esto, tal vez, un gran acierto. 


Existen discrepáncias respecto a la interpretación de Cary Grant, quien a pesar de reconocer que se lo pasó en grande durante el rodaje, siempre insinuó que no había quedado muy satisfecho de su papel, ya que Capra le obligó a sobreactuar, algo que al actor nunca le satisfizo, ya que él estaba encantado con su imagen elegante y su capacidad por mantener el tipo, “Siempre me interpreto a mí mismo a la perfección”, dijo en una ocasión. Aquí Capra, no le dejó tranquilo hasta convertirlo en un auténtico payaso, ofreciendo cantidad de muecas y expresiones dislocantes de sus globos oculares, y entrando y saliendo vertiginosamente por puertas y ventanas. “Mortimer” fue el papel más loco de su carrera, con una interpretación a galope tendido que en algunos momentos llega a recordar a los actores cómicos del cine mudo. Mientras, Massey y Lorre, si dan el verdadero valor que sus personajes requieren, y no luchan para reírse, simplemente actuan macabros. Exudan amenaza como los invitados no deseados. Josephine Hall y Jean Adair son tan deliciosamente puntiagudas como letales, y John Alexander se arroja a su hilarante descripción del engañado hermano cuya convicción de que es el presidente Theodore Roosevelt le permite racionalizar la misericordia asesina de sus hermanas.

Frank Capra había conseguido el “préstamo” del trio Hull, Adair y Alexander, quienes interpretaban los mismos papeles en la obra de Broadway, e intentó que le “cedieran” también al famoso Boris Karloff, que interpretaba al hermano asesino de “Mortimer” y protagonizaba un “gag” memorable: operarse para parecerse a ¡Boris Karloff!, algo que el realizador utilizó para colocar constantes bromas en el guión sobre el parecido de Massey con Karloff, pero no fue posible y el papel fue para un también estupendo Raymond Massey, aunque probablemente, el mejor secundario de la cinta sea Peter Lorre, bordando en clave humorística, uno de sus clásicos papeles de pelota redomado. A pesar de todo ello, es precisamente Cary Grant quien roba la función, ya que su entrega deliberada y conmociones pantomímicas permiten que solo un susurro de cordura se filtre en este escenario gloriosamente excéntrico. Todo es extraño, aunque quizás, no maravilloso.


A menudo se dice que esta frenética comedia negra, que sigue dividiendo a la crítica, está totalmente fuera de lugar respecto del particular canon de “sentirse bien” de Frank Capra, pero conviene no olvidar que el realizador comenzó en el cine como escritor de chistes para los, por aquél entonces, reyes de la comedia, Hal Roach y Mack Sennet, y que dos de sus tres Óscar a la mejor dirección los consiguió por las comedias “It happened one night” (“Sucedió una noche”) en 1934 y “You can't take It with you” (“Vive cómo quieras”) de 1938.

Arsenic and old lace” es probablemente una de las películas más alocadas de toda la historia del celuloide. Pero hacer una comedia alocada no es una tarea sencilla, de hecho, muchos tratan de reunir una gran cantidad de “gags” presumiblemente graciosos y encadenarlos uno tras otro, sin darse cuenta de que todo debe tener coherencia interna.


El film tiene una historia tan sencilla como complicada al tiempo. “Samuel Brewster”, apodado “Mortimer”, interpretado por Cary Grant, es un conocido crítico teatral que se ha comprometido con “Elaine Harper”, a quién da vida Priscilla Lane, lo cual supone toda una sorpresa ya que siempre ha estado en contra del matrimonio. Antes de partir de viaje de novios, hace una parada en la casa donde creció y que es propiedad de sus encantadoras tías solteras, donde no solo descubrirá que “Abby”, Josephine Hull y “Martha”, Jean Adair, sobrias y refrescantes en un contexto gravemente tenso, han asesinado a trece caballeros con vino de saúco mezclado con arsénico, estricnina y una pizca de cianuro, sino que también tendrá que evitar que su psicótico hermano “Jonathan”, un impresionante Raymond Masey, encuentre los cadáveres en el sótano. A partir de este momento, una cadena de acontecimientos se suceden entre sus cuatro paredes, lo que supone uno de los viajes más delirantes, inteligentes y agudos a través de la risa. Una risa que proviene de transformar en un bestial humor negro unas situaciones en absoluto graciosas, pero que encadenadas una tras otra, se disfrutan como una montaña rusa de carcajadas, aportando como baza principal “el más difícil todavía”. Cuando parece que ya no se puede reír más, “Arsénico por compasión” sube un peldaño más en su humor hasta llegar a un final antológico.


Es muy posible que hoy en día para los espectadores sea mucho más atractiva su parte cómica que la más ideológica. El espíritu de identificación casi visceral de Frank Capra con el llamado “sueño americano”, que conectaba mejor que cualquier otro director con las emociones cotidianas de millones de personas que luchaban con la Gran Depresión y que apreciaban su optimista visión de una felicidad y justicia seguramente lejanas, pero posibles, y el canto al individuo y a la candidez que siempre significó el realizador, a quien se le ha acusado muchas veces de ser un director útil al servicio de un optimismo inútil, de difundir mensajes conformistas y rodar comedias sociales en las que los individuos, uno a uno, eran capaces de triunfar sobre malvadas tramas de corrupción o sobre la indiferencia de los hombres realmente poderosos, puede hacernos pensar que esta película tiene, como en casi toda su obra, un toque sentimental y según quién, algo blando. Pero nada más lejos de la realidad, “Arsenic and old lace” no contiene ni la menor traza moralizante. Las viejecitas son encantadoras, pero su pretendida compasión es dura como el pedernal: hombre solitario al que conocen, hombre solitario al que envenenan. Una idea que no pertenece al realizador sino al autor teatral Joseph Kesselring, quien escribió la obra en tres semanas. Probablemente quien no se ría con esta película es por que realmente se toma la vida demasiado en serio. Es una comedia muy, muy loca, caótica, rodada en un escenario ligeramente polvoriento y oscuro en el que abundan los muertos y los psicópatas, y en el que brillan como viejas luces de neón diálogos de estupenda cepa surrealista: “Creo que estoy cogiendo un resfriado”. “No, querido. Es el reverendo Harper quien ha estornudado”. “La vida de mi familia discurre arriba y abajo con la locura”.


Pensando nostálgicamente, podemos decir que ya no se hacen películas como esta, pues fueron los últimos años en los que aún era posible reírse a mandíbula partida de los asesinos en serie, y contiene, sobre todo en su primera parte, momentos simplemente desternillantes. Es una comedia llena de vida, de ritmo desenfrenado e imposible de olvidar.

Fue gracias a otras comedias que Capra consiguió lo que ningún otro director antes: que su nombre figurara por encima del título de la película, algo reservado, en aquél entonces a las grandes estrellas. Pero también es posible que “Arsenic and old lace” esté mucho más viva que algunas de aquellas otras más amables, y a veces dudosas, historias. Aquí no hay el habitual y típico paso de la risa a las lágrimas más que las que puedan provocar las carcajadas, por lo que esta loca farsa de humor negro, todo un monumento al culto del “gag”, ha dejado verdaderamente su marca en la historia del celuloide. “Arsénico por compasión” se acerca, con el filtro de la comedia, a la muerte y a la locura, con unas maravillosas tías, cuyas manías con el arsénico y su pasión por los hombres solitarios, son mostradas como actos de compasión hacia la gente que no tiene a nadie en el mundo. Choca de frente con la misma manía de “Jonathan Brewster”, la oveja negra de la familia, quien también mata a gente, pero sus instintos son de cariz asesino. Y mientras unas no se han movido de su casa, el otro ha tenido que viajar por medio país teniendo el mismo número de muertes sobre su conciencia. La muerte en manos de las tías, es algo extraordinario, casi deseable; en manos de “Jonathan” nadie querría estar.


La locura navega por toda la historia, desde la propia manía de “Abby” y “Martha”, hasta el personaje loco por antonomasia: “Teddy Roosevelt Brewster”, el tercer hermano, que creyéndose el presidente de Estados Unidos, está ajeno a todo, y a pesar de sus extravagancias, alguna de las cuales provocan los momentos más hilarantes de la película, como sus cargas al ataque subiendo las escaleras, llega a parecer el más cuerdo de todos. El director del manicomio interpretado por Edward Everett Horton, resulta estar más preocupado por que no haya más “Roosevelts” en su centro, que por la locura en sí de un paciente.


Cary Grant es el eje central de la cinta, la estrella absoluta cuya perfecta compenetración con el resto del reparto, le convierten en alma y motor del film, y a pesar de lo ya comentado respecto a la opinión del propio actor sobre su interpretación, hasta el punto de considerarla la peor de su carrera, nada está más lejos de la realidad, pues su vitalidad, su continuo movimiento en escena y sus histriónicas expresiones, nos llevan de vuelta a un camino de inevitable locura. Lo mejor de una película que en ningún momento quiere dar descanso al espectador. Todo ello con una dirección firme de Frank Capra, que con una arriesgada puesta en escena, atención a muchos de los muy osados planos del interior de la casa, mantiene el tono adecuado, controlándolo hasta el final.

En suma, un buen entretenimiento macabro que ofrece un buen número de carcajadas y unas pocas emociones melodramáticas genuinas, junto con algunas tonterías más superficiales. Una “screwball comedy” que Capra aceptó por dinero, y convirtió en obra maestra.


Con todo, es una lástima que el director no consiguiera terminar la película como quería: en lugar de que “Mortimer” explicara a su esposa que no tenía por qué preocuparse por la locura familiar pues él había sido un niño adoptado, intentó, sin conseguirlo, que el protagonista gritara: “Alégrate, soy un bastardo”. Quizás la famosa recomendación de Bernard Shaw, sea lo mejor para disfrutar de “Arsenic and old lace”: “Nadie dijo que la vida fuera fácil, hijo mío, pero ten valor: puede ser deliciosa”.

Aquí terminamos esta nueva visita a El diván de Louis Cypher. Solo desearos como siempre, buen cine ...y mucha suerte.





lunes, 9 de marzo de 2020

Motherless Brooklyn (Edward Norton) 2019

            MOTHERLESS BROOKLYN”             (“Huérfanos de Brooklyn”) EDWARD NORTON, 2019

Dirigida por Edward Norton e interpretada por Edward Norton, Alec Baldwin, Bruce Willis, Willem Dafoe, Gugu Mbatha-Raw, Bobby Cannavale, Cherry Jones y Leslie Mann. La música pertenece a Daniel Pemberton, mientras la fotografía corre a cargo del genial Dick Pope y está producida por Bill Migliore, Gigi Pritzker, Rachel Shane, Michael Bederman y el propio Norton.
Esta película, una adaptación de la exitosa novela de Jonathan Lethem sobre un detective privado de Nueva York con síndrome de “Tourette”, es un trabajo de amor de su escritor, productor, director y estrella Edward Norton, tan cariñoso como laborioso. Han pasado 20 años desde que Jonathan Lethem publicó su galardonada novela negra “Motherless Brooklyn”, y Norton la ha estado desarrollando para la pantalla más o menos desde la publicación del libro en 1999. Llega refundida en un escenario de la década de 1950 y con una trama muy diferente. La cinta captura el espíritu del narrador inusual del libro y su amor por el municipio titular.
Hay dos cosas a tener en cuenta en esta cinta. La primera es que esta es una película al servicio de una gran novela de un director, que sabe lo genial que es dicha novela, y la segunda, este es un film sobre una gran actuación de un actor, que sabe lo que hace que actuar sea genial. Estas dos cosas no siempre van de la mano. No todos los actores conocen buenos libros. No de todos los buenos libros se hacen buenas películas. A veces, la escritura es demasiado grande y pesada, y su gran amplitud detiene el film. Nunca le da vida propia, porque las palabras son tan hermosas que nadie quiere cortar alguna de ellas.
Edward Norton elimina gran parte de la novela y coloca la historia donde, quizás, realmente le pertenece: profundamente arraigada en las ricas tradiciones del cine negro estadounidense. Reinicia la historia en la década de 1950, cómo podemos ver en los coches y sombreros, aunque no es estrictamente negro, lo que normalmente requiere un fracaso al final, la ficción es suficiente para llevar el título del género con orgullo. Norton ha tardado 19 años en dar vida a esta cinta, 19 años de carrera en la evolutiva industria cinematográfica de Hollywood, creando una historia negra a partir de la mencionada novela, y colocándola en una era más amigable para el cine negro, aunque a veces la increíble atención al detalle de “Motherless Brooklyn” puede ser emocionante, estos, por momentos están hinchados y se deleitan en su propio entorno; un municipio de imagen arenosa y violenta, y eso, en gran medida, perjudica a un elenco estelar subutilizado.


Cualesquiera que sean sus defectos, es un drama sustancial y distintivo, diferente a cualquier otro proyecto en el cine de este momento. Centrado en el Nueva York de los 50, una desviación importante del libro de Jonathan Lethem en el que se basa, tiene todas las características de un auténtico “film noir”: el atuendo, el jazz omnipresente, el detective idiosincrásico con una creciente participación emocional en el caso, y naturalmente, “voz en off”. Una configuración que obviamente es como muchas películas de antaño, tipo “The Big Sleep”, “The Maltese Falcon” e incluso “Chinatown”. Visualmente, la cinta, no se presta a muchos trucos emocionantes, pero el veterano director de fotografía, Dick Pope, se las arregla para darle vida a la ciudad de la gran manzana con un tratamiento al estilo de “L. A. Confidential”, con evocadores tonos grises y esquinas sombrías, que profundizan la misteriosa atmósfera a cada paso.
El realizador ha hecho un film que básicamente funciona. Cualquier esfuerzo por retratar a alguien con el síndrome de Tourette”, corre el riesgo de ser descaradamente malo, pero aquí el gambito vale la pena. El Norton que conocemos desaparece por completo, y luego estamos viendo al personaje, para posteriormente encontrarnos inmersos en la historia. La película logra no ser predicadora, cuando fácilmente podría haberlo sido.


A medida que la cinta retrocede en el tiempo para explorar el racismo y la historia de la ciudad de Nueva York, también nos trae urgentemente de vuelta a la actualidad: cómo miramos la política y el liderazgo, qué ofensas estamos dispuestos a aceptar, qué ideales todavía valen la pena. Siempre luchando por una causa perdida.
Edward Norton interpreta a este detective con el, por aquél tiempo, aun desconocido síndrome de “Tourette”, y que responde al nombre de “Lionel Essrog”, que se obsesiona con descubrir lo que su mentor había estado desenterrando antes de su inoportuno asesinato. Debido a su enfermedad, gritará convulsivamente frases inconexas, sacudirá la cabeza y hará una mueca como si de repente reprimiera un enorme bostezo. Norton fabrica estos gestos con sumo cuidado, Pero “Lionel” también está bendecido con una memoria excelente y es bueno en su trabajo. 



Cuando su jefe y mentor “Frank Minna” interpretado por Bruce Willis es asesinado siguiendo a algunas personas aterradoras, sus compañeros en la agencia “Tony”, a quien da vida un excelente Bobby Cannavale, “Gilbert”, un estupendo Ethan Suplee y “Danny”, un muy correcto Dallas Roberts, se sorprenden, pero renuncian. 



“Lionel” sin embargo, está convencido de que “Frank” estaba a punto de reventar una conspiración corrupta del ayuntamiento, que implicaba la limpieza étnica de los negros de las zonas propicias para lucrativa reconstrucción. Obsesivo-compulsivo, “Lionel Essrog”, cree que puede juntar las pistas de este misterio, involucrando a un político despiadado, “Moses Randolph”, un imponente Alec Baldwin.



Así da comienzo la larga odisea a través de la gran ciudad demacrada. Una ciudad representada en sombríos grises oscuros y marrones. Una odisea puntuada por “Lionel” y sus colegas, recibiendo desagradables golpes por parte de los matones y siendo llevados de regreso a la oficina cubiertos de hematomas y sangre. El protagonista visita periódicamente un moderno club de jazz de Harlem, cuya existencia es alertada por el dispositivo de trama de la caja de fósforos descubierta, y donde el músico trompetista, interpretado por Michael Kenneth Williams, cuyo instrumento sufre, nota la complicidad de “Lionel”, que siente su regalo sobrenatural de “Tourette” para tocar junto a la banda tarareando la melodía. 



Un destino muy específico, que puede indicarle quién se supone que es, en esta película que acumula detalles sobre detalles, incidente tras incidente, golpe sobre golpe, y todo gira alrededor de un mundo lleno de humo y hollín. Todo se siente un poco opaco, aunque Alec Baldwin tiene un buen y amargado discurso al final. Es una película que cae como una comida pesada para digerir, pero es al tiempo un film fuerte y vehemente con un sentido real del tiempo y el lugar.
Motherless Brooklyn” se toma su tiempo para llegar a donde va, y a veces vuela sobre los rieles, pero en última instancia mantiene su aterrizaje. Al igual que el protagonista, mientras se desenreda del ritmo imperfecto de su cerebro para encontrar algún tipo de silencio y orden al fin. Es un tipo de película que Hollywood ya rara vez hace. Es una pieza de conjunto hecha por un actor que muestra actores, pero encontramos muchos “ismos” pasados de moda que aparecen aquí y allá para recordarnos cómo eran las cosas en los años 50, en lugar de cómo quisiéramos que fueran. Esta película hiper-estilizada de la ciudad de Nueva York, se siente a la vez antigua y moderna, complementando la forma en la que “Moses Randolph” habla del paisaje como su proyecto de arte personal. Baldwin se las arregla para reinar en sus tendencias más exuberantes y darle a su villano proto-trumpiano del “Saturday Night Live” un verdadero sentido de propósito: “El poder está en hacer lo que deseas sabiendo que nada puede sucederte”, le dice a “Lionel”.



Con ese fin, la película, finalmente se establece en un enfrentamiento que involucra no menos que el alma de la ciudad, con “Lionel” junto a “Paul”, interpretado por Willem Dafoe, luchando contra un sistema amañado que involucra a ricos hombres de negocios y sus víctimas involuntarias, a pesar de que sabe que parte de la batalla ya se ha perdido. Esa noble lucha permite a “Motherless Brooklyn” construir una resolución significativa de sus muchas partes móviles. En el panteón de las cartas de amor a Nueva York, puede que no cambie el juego, pero sigue las reglas correctas.



Justo antes de que los créditos aparezcan, una dama, “Laura Rose”, interpretada por una sensual Gugu Mbatha-Raw, admira a su improbable protector y suspira: “Es curioso cómo resultan las cosas”, refiriéndose al misterio que nos ha preocupado durante las algo más de dos horas de metraje.



Una historia ambiciosa y extensa de asesinatos, chantaje y corrupción en la Nueva York de mediados del siglo pasado que de alguna manera llega para competir con “Chinatown” en su complejidad, sino necesariamente en la elegancia o el atractivo que impone Roman Polansky en su film, pero si le marca un camino claro para que Edward Norton lleve a la pantalla su adaptación, y al igual que muchas epopeyas de investigación de largo aliento, su film no tiene como objetivo descubrir cada pieza del rompecabezas, sino que se deleita en el encanto de unirlas.

El ambicioso cine negro de Edward Norton, hace que te duela el cerebro de maneras no totalmente inoportunas con su interpretación de este excéntrico detective de Nueva York, recorriendo el camino de la corrupción.


Una cinta muy recomendable que no decepciona, e imagino que para la ciudad de la gran manzana, un enigma irregular en constante movimiento, es un saludo apropiado.
Así termina esta nueva sesión en El diván de Louis Cypher. Una vez más, y hasta una próxima visita, solo desearos buen cine … y mucha suerte.