en la sala Louis Cypher un drama sobre el alcoholismo dirigido por Blake Edwards en 1962: "Days of wine and roses" y en la sala Robert Moore, el clásico de Victor Fleming basado en la novela de Rudyard Kipling : "Captains Corageous" de 1937
En
ese supermercado cinematográfico de dudosa calidad llamado Netflix,
de vez en cuando, y una vez al año, sacan pecho y producen un film
que va más allá de lo que sus producciones vienen siendo. Sucedió
en 2018 con "Roma"
de Alfonso
Cuarón
y en 2019 con "The
Irishman"
del siempre genial Martin
Scorsese.
Este pasado 2020 vuelven de nuevo con otra cinta tan por encima de la
media, que yo la consideraría una firme candidata no solo al Óscar
si no ha muchos otros galardones, y esa película es: "Mank",
una cinta dirigida por David
Fincher
e interpretada por un impresionante (lo ha vuelto ha hacer) Gary
Oldman.
Un retrato del proceso de creación del guión de la obra capital del
cine "Citizen
Kane"
rodada en 1941 por el chico de oro del momento, Orson
Welles,
y en la que desarrolla el trabajo de Herman
J. Mankiewicz,
hermano mayor del reconocido director Joseph
L. Mankiewicz.
"Como
el mejor cine de otras épocas. No hay desfallecimiento en esta
historia tan arriesgada de contar, tan fascinante, que borra de la
mente el año sombrío que vivimos",
apuntaba en su crítica el siempre polémico Carlos
Boyero.
No en vano, y sin que sirva de precedente, estoy totalmente de
acuerdo con él.
Fincher
nos presenta una película filmada en un impresionante blanco y
negro, y con una gama de grises que quita el hipo, y lo hace con una
elegancia visual y verbal que penetra por todos los poros, recreando
con deslumbrante detalle la época dorada de Hollywood.
Con un pulso que se mantiene distante e impenetrable, mientras con
inusitada belleza nos cambia el tono inicial de comedia para llevarnos
a un film
noir
en su máxima expresión, consiguiendo que presente y pasado se
vuelvan más oscuros y ambiguos.
"Mank"
es también una inmersión en la historia del séptimo arte, plagada
de referencias al clásico de Welles.
Mientras en "Citizen
Kane"
vemos rodar la bola de nieve desde la mano de un moribundo Charles
Foster Kane,
en la cinta de Fincher
se sustituye la bola de nieve por una botella de whiskey vacía, que
rueda de las manos de un alcoholizado Mankiewicz.
Kane
muere mirando oscuramente esa bola de nieve; Mank
sucumbió a la botella, pero no hasta que se lanzó y bebió
profundamente, transformando la pasión de su vida en arte. El guión,
excelente, puede parecernos a veces disperso, como una mezcla de
episodios parlanchines y fragmentos que saltan en el tiempo como las
setas saltan en una sartén caliente. Incluso parece que vayamos a
necesitar una hoja de ruta para seguirla, pero no es así; te atrapa
y no te suelta, y la edición-montaje nos retrotrae constantemente al
trabajo de Welles,
probablemente en otro de los muchos homenajes que la cinta de Fincher
hace al clásico. Es una película que rezuma cine por todos sus
poros, y con el añadido de que las palabras de "Citizen
Kane"
no se pronuncian ni una sola vez en pantalla, solo nos da un
recordatorio a través del título provisional que el escritor pone a
su guión: "American",
evocando el clásico en sí principalmente gracias a asociaciones
visuales y atmosféricas.
El
guión escrito por el padre del realizador, Jack
Fincher y
que su hijo David
recuperó de un cajón olvidado, es una obra de relojería perfecta,
pues nos muestra la audacia que tuvo Orson
Welles
en 1941, no solo en su técnica deslumbrante, sino también en su
desafío a las limitaciones de la narrativa lineal. "El
enemigo del arte es la ausencia de limitaciones",
diría en una entrevista, años después, el chico de oro.
Fincher
tampoco hace una deconstrucción estándar desde la cuna hasta la
tumba de su héroe epónimo, por lo que de alguna forma no puede ser
considerada un biopic,
tal como algunos apuntan. Desde luego no lo es de ninguna manera. "No
se puede capturar la vida entera de un hombre en dos horas. Todo lo
que puedes esperar es dejar la impresión del mismo",
apunta Fincher
entre irónico y autorreflexivo. Y es precisamente ahí donde "Mank"
forja su éxito. El objetivo es iluminar el alma espinosa, entrañable
y borracha de Herman
J. Mankiewicz,
un veterano crítico de teatro, que al igual que otros brillantes
escritores, acudieron a Hollywood
en la década de 1920, y a este respecto el superlativo Gary
Oldman
nos vuelve a regalar una interpretación formidable.
El
desembarco de estos escritores supuso para el cine la aparición de
agudos diálogos, una hermética construcción de la trama y por
supuesto una productividad asombrosa para un medio de entretenimiento
masivo. Bien es cierto que muchos de estos escritores, incluido el
propio Mankiewicz,
veían a ese medio con un desprecio apenas disimulado, en en eso
Oldmantambién
está sobresaliente, creando un personaje que le confiere una gracia
arrugada, un ingenio embriagador y un sentimiento agridulce.
La
cinta no pretende ser una defensa del alcohólico de alto
rendimiento, aunque el personaje lo fuera, como muchos de los
guionistas de la época, ni siquiera una fiesta lastimera del
esfuerzo literario para un largometraje de un escribano de mente
noble que trabaja duro en un medio comercial e irremediablemente
vulgar. A pesar del tono de pesimismo sobre Hollywood
que imprime el director, este parece negarse a traficar con un
cinismo absoluto. De hecho, la cantidad de detalles que afloran,
reflejan un sincero y palpable afecto por el medio y su historia.
La
primera intuición que nos llevamos es que la forma brillante de Mank
con las palabras, dentro y fuera de las páginas, lo elevó a una
posición privilegiada aunque efímera, siempre dentro de la
condescendencia de William
Randolph Herst,
interpretado aquí por un espléndido y reptiliano Charles
Dance,
ese magnate de los periódicos cuya vida inspiraría la del personaje
Charles
Foster Kane.
Esa posición le brindaría a Mank,
una desalentadora visión desde primera fila, de las despiadadas
operaciones del poder, especialmente el político, en una industria
que a pesar de su cacareado liberalismo, seguía mostrándose
profundamente esclava del conservadurismo de los años 30. Herman
J. Mankiewicz
se nos muestra como un intuitivo anti-establishment,
y sus años en Hollywood
se describen como una época de creciente desilusión debido a la
inquebrantable obediencia a sus colegas del Partido Republicano, pero
siempre atento para una réplica seca o una deliciosa humillación
pública. Siempre enfurecido con las maquinaciones de los poderosos
amigos de Hearts
en
Hollywood,
especialmente Louis
B. Mayer,
interpretado por Arliss
Howard,
e Irving
G. Thalberg,
a quién da vida Ferdinand
Kingsley,
puesto que ambos no pierden oportunidad de consolidar su autoridad y
explotar a sus trabajadores, ya fuere durante las épocas de
apretarse el cinturón debido a la Gran
Depresión
o durante la estrategia de la cuerda floja utilizada por Hearts
durante la campaña a gobernador de California
en 1934. Un episodio dramático donde Mayer,
Thalberg
y Hearts
se propusieron torpedear al candidato demócrata Upton
Sinclair
(Atención al fantástico cameo
de Bill
Nye,
denunciando sus puntos de vista socialistas utilizando falsos
noticiarios. Algo que hoy en día conocemos como Fake
News).
El
azote del realizador no se detiene aquí, y con una sonada bofetada,
nos retrata el antisemitismo de la época a través de la indiferente
actitud de Mayer
y
Thalberg
respecto al surgimiento del fascismo europeo a principios de la
década de 1930, utilizando de forma deliberada, una secuencia que
se sitúa años después en el tiempo y en la que se hace mención a
la propia resistencia anti-nazi de Mankiewicz.
Recordemos que en 1935, Goebbels
prohibió las proyecciones de todas las películas escritas por el
literato en Alemania,
país del que tuvieron que emigrar sus padres judíos. Es así que el
director reformula el clásico de Welles,
no solo como un trabajo personal sino implícitamente político. Todo
un golpe al hígado de Hearts,
aquel poderoso titiritero en el frío corazón capitalista de
Hollywood.
La
cinta cuenta con una, quizás, infrautilizada Amanda
Seyfried,
quién interpreta a Marion
Davies,
el amor de Hearts
durante muchos años y cuya duradera amistad con Mank
le
regala a la pantalla algunos de los momentos más auténticos y
dulces de la cinta. Al tiempo nos retrata a un Mankiewicz
y su compañerismo en general con las mujeres más jóvenes, "Sus
asuntos platónicos",
en palabras de su esposa Sara,
aquí bajo la piel de Tuppence
Middleton,
al igual que surgen en las escenas donde nos muestran la relación
con su enfermera
Freda,
dándole vida con una teutónica interpretación de Monika
Gossman,
y especialmente con su aguda secretaria
Rita Alexander,
a la que vemos en una excelente pátina de la actriz Lily
Collins.
Estamos
ante una investigación compleja de "Citizen
Kane"
y su propia autoría amargamente disputada, y fueron los encendidos
argumentos de Pauline
Kael
en su obra "Raising
Kane",
junto a su apasionada defensa respecto de la longitud del libro, de
que Mankiewicz
fue el creador del guión ganador del Óscar,
lo que derivó en que el escritor y el director compartieran crédito
en pantalla, todo ello a regañadientes de Orson
Welles
(Ninguno de los dos lo recogió personalmente, pero en sus speaches
frente a la prensa no dudaron en mandarse sendas pullas irónicas
cargadas de mala baba, el uno al otro).
Pero
David
Fincher
camina hábilmente de puntillas con un imaginativo tejido de
erudición y especulación a través de ese campo minado y
partidista, celebrando el trabajo de su héroe sin sucumbir al
borrado del asombroso chico de oro de 24 años que conquistó
Hollywood,
dándole cancha para que hable por si mismo. Un chico de oro aquí
brillantemente transfigurado en la persona del actor Tom
Burke
y relegado a una presencia jovial pero dominante al otro lado del
teléfono, y a expensas de una comprensión más profundad de la
relación laboral entre escritores. Así que sería imposible titular
esta película como: "Mank
& Welles",
ya que el verdadero tema no es solo Mank,
sino la industria que tanto amaba y al tiempo detestaba. La cinta se
extiende desde las profundidades palaciegas de Hearts,
hasta la sala de escritores donde Mank
combina ingenio y juega compulsivamente con otros expertos en letras
como George
S. Kaufman o
Ben
Hecht,
aquí bajo la piel de los actores Adam
Shapiro y
Jeff
Harms
en unas burbujeantes escenas: perversas, divertidas, despiadadas e
implacables. Pero a pesar del aviso de su hermano Joseph,
un estupendo Tom
Pelphrey,
que con un lacónico: "No
muerdas la mano que te alimenta",
que ya presagiaba brevemente la diferente ascendencia que a ambos les
esperaba en Hollywood,
finalmente Mank
acabará por pagar un alto precio por su supuesta deslealtad,
retirándose a un exilio prolongado que se convierte en el escenario
para un regreso que hará historia.
Este trabajo de Davis
Fincher
es en gran medida una historia sobre las divisiones de clases y egos
en conflicto, los de afuera y los de adentro, el esfuerzo y la
ambición, la creación y la autoría, y la emoción de ser el tipo
más inteligente de la sala. Parece que el realizador estuviera
tratando de hipnotizarnos y despertarnos con un lustroso homenaje al
viejo Hollywood,
pero esta cinta exige redención y mayor atención, puesto que nos
propone una experiencia placentera y desconcertante, jugando a veces
con la comedia mordaz de salóny
otras veces coqueteando con pesadillas expresionistas, como cuando la
silueta de Welles
se cierne sobre un Mank
postrado en cama con su pierna momificada. Recordemos que la escena
comentada de la botella de whiskey vacía deslizándose desde la mano
del escritor, además de ser una clarísima alusión a "Citizen
Kane",
se convierte en un presagio de muerte y una afirmación de vida.
Resumiendo, podemos decir que estamos ante una película densa y
exuberante de desmayo cinéfilo, o te hundes o nadas. Una cinta que
no se puede dejar pasar sin verla.
Y
hasta aquí esta modesta opinión desde El diván de Louis Cypher
sobre una película de la que puedo afirmar, es lo mejor que he visto
en los últimos seis meses. Ya no me queda más que despedirme, y
como siempre, buen cine...y mucha suerte.