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martes, 26 de enero de 2021

Mank (David Fincher) 2020

                   "MANK" (David Fincher, 2020)

En ese supermercado cinematográfico de dudosa calidad llamado Netflix, de vez en cuando, y una vez al año, sacan pecho y producen un film que va más allá de lo que sus producciones vienen siendo. Sucedió en 2018 con "Roma" de Alfonso Cuarón y en 2019 con "The Irishman" del siempre genial Martin Scorsese. Este pasado 2020 vuelven de nuevo con otra cinta tan por encima de la media, que yo la consideraría una firme candidata no solo al Óscar si no ha muchos otros galardones, y esa película es: "Mank", una cinta dirigida por David Fincher e interpretada por un impresionante (lo ha vuelto ha hacer) Gary Oldman. Un retrato del proceso de creación del guión de la obra capital del cine "Citizen Kane" rodada en 1941 por el chico de oro del momento, Orson Welles, y en la que desarrolla el trabajo de Herman J. Mankiewicz, hermano mayor del reconocido director Joseph L. Mankiewicz.

"Como el mejor cine de otras épocas. No hay desfallecimiento en esta historia tan arriesgada de contar, tan fascinante, que borra de la mente el año sombrío que vivimos", apuntaba en su crítica el siempre polémico Carlos Boyero. No en vano, y sin que sirva de precedente, estoy totalmente de acuerdo con él.

Fincher nos presenta una película filmada en un impresionante blanco y negro, y con una gama de grises que quita el hipo, y lo hace con una elegancia visual y verbal que penetra por todos los poros, recreando con deslumbrante detalle la época dorada de Hollywood. Con un pulso que se mantiene distante e impenetrable, mientras con inusitada belleza nos cambia el tono inicial de comedia para llevarnos a un film noir en su máxima expresión, consiguiendo que presente y pasado se vuelvan más oscuros y ambiguos.

"Mank" es también una inmersión en la historia del séptimo arte, plagada de referencias al clásico de Welles. Mientras en "Citizen Kane" vemos rodar la bola de nieve desde la mano de un moribundo Charles Foster Kane, en la cinta de Fincher se sustituye la bola de nieve por una botella de whiskey vacía, que rueda de las manos de un alcoholizado Mankiewicz. Kane muere mirando oscuramente esa bola de nieve; Mank sucumbió a la botella, pero no hasta que se lanzó y bebió profundamente, transformando la pasión de su vida en arte. El guión, excelente, puede parecernos a veces disperso, como una mezcla de episodios parlanchines y fragmentos que saltan en el tiempo como las setas saltan en una sartén caliente. Incluso parece que vayamos a necesitar una hoja de ruta para seguirla, pero no es así; te atrapa y no te suelta, y la edición-montaje nos retrotrae constantemente al trabajo de Welles, probablemente en otro de los muchos homenajes que la cinta de Fincher hace al clásico. Es una película que rezuma cine por todos sus poros, y con el añadido de que las palabras de "Citizen Kane" no se pronuncian ni una sola vez en pantalla, solo nos da un recordatorio a través del título provisional que el escritor pone a su guión: "American", evocando el clásico en sí principalmente gracias a asociaciones visuales y atmosféricas.

El guión escrito por el padre del realizador, Jack Fincher y que su hijo David recuperó de un cajón olvidado, es una obra de relojería perfecta, pues nos muestra la audacia que tuvo Orson Welles en 1941, no solo en su técnica deslumbrante, sino también en su desafío a las limitaciones de la narrativa lineal. "El enemigo del arte es la ausencia de limitaciones", diría en una entrevista, años después, el chico de oro.

Fincher tampoco hace una deconstrucción estándar desde la cuna hasta la tumba de su héroe epónimo, por lo que de alguna forma no puede ser considerada un biopic, tal como algunos apuntan. Desde luego no lo es de ninguna manera. "No se puede capturar la vida entera de un hombre en dos horas. Todo lo que puedes esperar es dejar la impresión del mismo", apunta Fincher entre irónico y autorreflexivo. Y es precisamente ahí donde "Mank" forja su éxito. El objetivo es iluminar el alma espinosa, entrañable y borracha de Herman J. Mankiewicz, un veterano crítico de teatro, que al igual que otros brillantes escritores, acudieron a Hollywood en la década de 1920, y a este respecto el superlativo Gary Oldman nos vuelve a regalar una interpretación formidable.

El desembarco de estos escritores supuso para el cine la aparición de agudos diálogos, una hermética construcción de la trama y por supuesto una productividad asombrosa para un medio de entretenimiento masivo. Bien es cierto que muchos de estos escritores, incluido el propio Mankiewicz, veían a ese medio con un desprecio apenas disimulado, en en eso Oldman también está sobresaliente, creando un personaje que le confiere una gracia arrugada, un ingenio embriagador y un sentimiento agridulce.

La cinta no pretende ser una defensa del alcohólico de alto rendimiento, aunque el personaje lo fuera, como muchos de los guionistas de la época, ni siquiera una fiesta lastimera del esfuerzo literario para un largometraje de un escribano de mente noble que trabaja duro en un medio comercial e irremediablemente vulgar. A pesar del tono de pesimismo sobre Hollywood que imprime el director, este parece negarse a traficar con un cinismo absoluto. De hecho, la cantidad de detalles que afloran, reflejan un sincero y palpable afecto por el medio y su historia.

La primera intuición que nos llevamos es que la forma brillante de Mank con las palabras, dentro y fuera de las páginas, lo elevó a una posición privilegiada aunque efímera, siempre dentro de la condescendencia de William Randolph Herst, interpretado aquí por un espléndido y reptiliano Charles Dance, ese magnate de los periódicos cuya vida inspiraría la del personaje Charles Foster Kane. Esa posición le brindaría a Mank, una desalentadora visión desde primera fila, de las despiadadas operaciones del poder, especialmente el político, en una industria que a pesar de su cacareado liberalismo, seguía mostrándose profundamente esclava del conservadurismo de los años 30. Herman J. Mankiewicz se nos muestra como un intuitivo anti-establishment, y sus años en Hollywood se describen como una época de creciente desilusión debido a la inquebrantable obediencia a sus colegas del Partido Republicano, pero siempre atento para una réplica seca o una deliciosa humillación pública. Siempre enfurecido con las maquinaciones de los poderosos amigos de Hearts en Hollywood, especialmente Louis B. Mayer, interpretado por Arliss Howard, e Irving G. Thalberg, a quién da vida Ferdinand Kingsley, puesto que ambos no pierden oportunidad de consolidar su autoridad y explotar a sus trabajadores, ya fuere durante las épocas de apretarse el cinturón debido a la Gran Depresión o durante la estrategia de la cuerda floja utilizada por Hearts durante la campaña a gobernador de California en 1934. Un episodio dramático donde Mayer, Thalberg y Hearts se propusieron torpedear al candidato demócrata Upton Sinclair (Atención al fantástico cameo de Bill Nye, denunciando sus puntos de vista socialistas utilizando falsos noticiarios. Algo que hoy en día conocemos como Fake News).

El azote del realizador no se detiene aquí, y con una sonada bofetada, nos retrata el antisemitismo de la época a través de la indiferente actitud de Mayer y Thalberg respecto al surgimiento del fascismo europeo a principios de la década de 1930, utilizando de forma deliberada, una secuencia que se sitúa años después en el tiempo y en la que se hace mención a la propia resistencia anti-nazi de Mankiewicz. Recordemos que en 1935, Goebbels prohibió las proyecciones de todas las películas escritas por el literato en Alemania, país del que tuvieron que emigrar sus padres judíos. Es así que el director reformula el clásico de Welles, no solo como un trabajo personal sino implícitamente político. Todo un golpe al hígado de Hearts, aquel poderoso titiritero en el frío corazón capitalista de Hollywood.

La cinta cuenta con una, quizás, infrautilizada Amanda Seyfried, quién interpreta a Marion Davies, el amor de Hearts durante muchos años y cuya duradera amistad con Mank le regala a la pantalla algunos de los momentos más auténticos y dulces de la cinta. Al tiempo nos retrata a un Mankiewicz y su compañerismo en general con las mujeres más jóvenes, "Sus asuntos platónicos", en palabras de su esposa Sara, aquí bajo la piel de Tuppence Middleton, al igual que surgen en las escenas donde nos muestran la relación con su enfermera Freda, dándole vida con una teutónica interpretación de Monika Gossman, y especialmente con su aguda secretaria Rita Alexander, a la que vemos en una excelente pátina de la actriz Lily Collins.

Estamos ante una investigación compleja de "Citizen Kane" y su propia autoría amargamente disputada, y fueron los encendidos argumentos de Pauline Kael en su obra "Raising Kane", junto a su apasionada defensa respecto de la longitud del libro, de que Mankiewicz fue el creador del guión ganador del Óscar, lo que derivó en que el escritor y el director compartieran crédito en pantalla, todo ello a regañadientes de Orson Welles (Ninguno de los dos lo recogió personalmente, pero en sus speaches frente a la prensa no dudaron en mandarse sendas pullas irónicas cargadas de mala baba, el uno al otro).

Pero David Fincher camina hábilmente de puntillas con un imaginativo tejido de erudición y especulación a través de ese campo minado y partidista, celebrando el trabajo de su héroe sin sucumbir al borrado del asombroso chico de oro de 24 años que conquistó Hollywood, dándole cancha para que hable por si mismo. Un chico de oro aquí brillantemente transfigurado en la persona del actor Tom Burke y relegado a una presencia jovial pero dominante al otro lado del teléfono, y a expensas de una comprensión más profundad de la relación laboral entre escritores. Así que sería imposible titular esta película como: "Mank & Welles", ya que el verdadero tema no es solo Mank, sino la industria que tanto amaba y al tiempo detestaba. La cinta se extiende desde las profundidades palaciegas de Hearts, hasta la sala de escritores donde Mank combina ingenio y juega compulsivamente con otros expertos en letras como George S. Kaufman o Ben Hecht, aquí bajo la piel de los actores Adam Shapiro y Jeff Harms en unas burbujeantes escenas: perversas, divertidas, despiadadas e implacables. Pero a pesar del aviso de su hermano Joseph, un estupendo Tom Pelphrey, que con un lacónico: "No muerdas la mano que te alimenta", que ya presagiaba brevemente la diferente ascendencia que a ambos les esperaba en Hollywood, finalmente Mank acabará por pagar un alto precio por su supuesta deslealtad, retirándose a un exilio prolongado que se convierte en el escenario para un regreso que hará historia.

Este trabajo de Davis Fincher es en gran medida una historia sobre las divisiones de clases y egos en conflicto, los de afuera y los de adentro, el esfuerzo y la ambición, la creación y la autoría, y la emoción de ser el tipo más inteligente de la sala. Parece que el realizador estuviera tratando de hipnotizarnos y despertarnos con un lustroso homenaje al viejo Hollywood, pero esta cinta exige redención y mayor atención, puesto que nos propone una experiencia placentera y desconcertante, jugando a veces con la comedia mordaz de salón y otras veces coqueteando con pesadillas expresionistas, como cuando la silueta de Welles se cierne sobre un Mank postrado en cama con su pierna momificada. Recordemos que la escena comentada de la botella de whiskey vacía deslizándose desde la mano del escritor, además de ser una clarísima alusión a "Citizen Kane", se convierte en un presagio de muerte y una afirmación de vida. Resumiendo, podemos decir que estamos ante una película densa y exuberante de desmayo cinéfilo, o te hundes o nadas. Una cinta que no se puede dejar pasar sin verla.

Y hasta aquí esta modesta opinión desde El diván de Louis Cypher sobre una película de la que puedo afirmar, es lo mejor que he visto en los últimos seis meses. Ya no me queda más que despedirme, y como siempre, buen cine...y mucha suerte.


          

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