Facilis descensus averno "El descenso al infierno es fácil" Virgilio, La Eneida

martes, 17 de septiembre de 2019

The last valley (James Clavell) 1970


THE LAST VALLEY”
(“EL ÚLTIMO VALLE”) JAMES CLAVELL, 1970

James Clavell, profesor, novelista y guionista, quizás sea más conocido por sus novelas “Shogun”, “Tai-pan” y “El Rey de las ratas”, así como co-guionista de la película “The great escape” (La gran evasión) de John Sturges rodada en 1963, pero cuenta también con algunos filmes como realizador, como por ejemplo “To Sir, with love” (Rebelión en las aulas) de 1967, así como la cinta a la que hoy nos referimos “The last valley” (El último valle) de 1970, una película ambientada en la Guerra de los treinta años, donde su historia transcurre desde septiembre de 1637 hasta marzo de 1638, y supone una adaptación para la gran pantalla de la novela homónima de John B. Pick, que nos ilustra un supuesto episodio del conflicto mencionado centrado en dos hombres, un soldado mercenario y un intelectual, que huyen de la destrucción y el hambre causados por la guerra religiosa.

Con gran acierto el realizador, contó con John Barry para la composición de la banda sonora, y para la fotografía con John Wilcox, quién hizo un trabajo excelente.
Interpretada por Michael Caine y Omar Sharif, un elenco de gran nivel completa el reparto con Per Oscarsson, Florinda Bolkan y Niguel Davenport y un ya no tan primerizo Klaus Kinski.


En la cinta podemos encontrar influencias de “Los siete samurais” , estrenada en España en 1967 del maestro japonés Akira Kurosawa. aunque quizás la evidente ambición del proyecto, que incluye la desmitificación histórica y un discurso político-social da unos resultados aparentes que apuntan a muchas direcciones, aunque no todas se alcancen.


El argumento gira en torno a un viejo profesor de universidad, Vogel, interpretado por el actor egipcio Omar Sharif, durante uno de sus viajes. En pleno conflicto bélico el profesor encuentra un valle con un pacífico pueblo que no ha sido afectado por la guerra que asola los alrededores ya que su aislamiento en las altas montañas de los Alpes lo ha mantenido a salvo. Más tarde, un ejercito de mercenarios liderado por “El Capitán”, que interpreta el británico Michael Caine, también lo descubre. 


En ese momento la misión de Vogel será convencer al líder del pueblo, Gruber, el alcalde interpretado por Nigel Davenport, de ofrecer a los soldados alimentos y refugio necesarios para el duro invierno a cambio de la protección del pueblo por parte de los mercenarios, y al jefe de los soldados,“El Capitán”, un superlativo Michael Caine, que en un papel difícil y complejo compone uno de los mejores villanos de la historia del cine, de lo inconveniente que sería arrasar el pueblo en lugar de pertrecharse para un un duro y largo frio invierno. Un lugar donde descansar del agotador estado al que están sometidas a diario sus tropas. El caudillo local acepta a regañadientes la propuesta debido a las circunstancias, pues está claro que de lo contrario las huestes armadas podrían arrasar la localidad. Este hecho trastornará la vida del pueblo hasta que irremediablemente aparecerá la violencia.


Previo a este encuentro, el director nos muestra cómo Vogel, al ver llegar a los mercenarios, trata de huir del poblado pero la perspectiva de muerte y desolación que circunda el valle le obliga a retornar. Es en esta escena donde Clavell nos muestra unas impactantes escenas que recrean los estragos de la peste, y donde John Wilcox aprovecha, con el uso de la luz, para remarcar la espeluznante y aterradora visión, reforzando así el pavor que sufre el viejo profesor. Cuando éste decide volver al pueblo, de nuevo Wilcox utiliza la luz, que va tornándose más cálida y luminosa, y en ese instante podemos sentir lo que verdaderamente el profesor desea. Esa paz al abrigo del valle.


El invierno arrecia, los alimentos escasean y la peste lo arrasa todo, lo que hace que “El Capitán” escuche los consejos del profesor para abastecerse y refugiarse en el pueblo durante el invierno.
Alguno de sus soldados se muestran contrarios al cambio de los planes iniciales, y aquellos que osan medrar, son eliminados implacablemente y sin compasión por él mismo, como podemos ver en la terrorífica escena donde Michael Caine, con sonrisa lasciva y frialdad poderosa, escucha las quejas de uno de ellos, y no duda en clavar el pincho que adorna su casco en el estómago del insurrecto.


En este punto “El Capitán” toma el mando del valle y acuerda una serie de normas con las autoridades del pueblo, su líder y el sacerdote, de modo que vecinos y extraños puedan convivir en armonía. Impone duras reglas a sus soldados: violaciones y saqueos serán duramente castigados, cómo mas tarde tendremos la ocasión de ver cuando ejecuta a alguno de sus hombres por incumplir dichas normas. Sin embargo, también exige un número indeterminado de mujeres que deberán saciar las necesidades sexuales de sus hombres. Es curioso ver aquí como el líder mercenario, prácticamente otorga las indulgencias que son potestad del sacerdote a su persona, cuando le exige a éste que bendiga a las escogidas y les proporcione el perdón que las exonere de sus pecados pasados y futuros. Durante la estancia de los mercenarios en el pueblo, “El Capitán”, establece una relación con la bella amante del alcalde, Florinda Bolkan, una mujer acusada una y otra vez de brujería por el fanático sacerdote del lugar, un personaje que Per Oscarsson, en una magnífica interpretación, pone de relieve un fanatismo que revela el estado de la época.


El realizador dota la película de los claros arquetipos de poder: el intelectual, el militar, el religioso y el político, en un poblado que según va transcurriendo la vida comienzan a surgir los primeros conflictos entre los dos grupos residentes. De nuevo aquí la religión y la lucha por el poder, al igual que sucede en el resto del campo de batalla, son los detonantes de estos enfrentamientos en los que aparece el fanatismo de la religión en la figura del sacerdote. Es en estos momentos cuando Clavell pone de manifiesto los motivos del inicio del conflicto, no solo del valle, sino de la guerra que se sufre. James Clavell logra llevar a cabo un retrato complejo de la identidad de los personajes. Vogel, representa al intelectual de la época, un profesor universitario, inteligente y reflexivo que ha sufrido en sus carnes los horrores de una guerra que le ha arrebatado a su familia, pero sigue defendiendo unos valores humanistas y racionales, “El Capitán”, es un ser escéptico despojado de todo idealismo. Ejecuta sin contemplaciones a quién osa entrometerse en su camino, pero Michael Caine le dota de tal veracidad que hace no solo comprensibles sus actos, sino que incluso no resulta cruel para el espectador, que se siente identificado al ver sus decisiones en torno al caos reinante y la lucha de poder existente. Actúa por puro instinto de supervivencia, aunque el valle hará aflorar la humanidad adormecida que lleva dentro. Gruber, el alcalde, personifica al burgués. Se somete a los soldados mientras estos le son útiles, adaptándose en función de lo ventajoso según le convenga a sus intereses y a su persona. El sacerdote, un brillante Per Oscarsson, quién representa de forma espectacular todo el fanatismo que encerraba el clero y la iglesia. Se considera poseedor de la verdad absoluta y no deja resquicio alguno para el diálogo racional.


Uno de los grandes aciertos de la cinta, es que se basa en el hecho de que no hay buenos ni malos, sino una escrupulosa galería de individuos que luchan, cada uno con sus propios medios en pos de su supervivencia, al tiempo que confiere una óptica a la cinta totalmente exenta de sentimentalismos superfluos, facilitando así al espectador la comprensión de las acciones de unos y otros, más allá de compartir o no las decisiones o posturas de cada uno de los personajes.

Inicialmente en la historia, todo parece desarrollarse en calma, sobre todo gracias al buen hacer de Vogel, y aquí el realizador aprovecha para presentarnos poco a poco a todos los personajes clave del film, y vamos comprendiendo como han llegado a esa terrible situación actual. Las tensiones siguen creciendo paulatinamente. No sólo son los problemas que causa el fanático sacerdote, también está el hecho ya comentado del intento de sublevación por parte de algunos mercenarios que quieren eliminar a su capitán para tomar ellos el mando. De esta forma, y tras varias intervenciones mortales de “El Capitán”, es cuando tras el deshielo que hacía impracticables los pasos, dos ellos escapan para reclutar mas tropas y poder saquear el lugar.
El Capitán” y Vogel organizan la defensa y al campesinado consiguiendo derrotar a los incursores, en una escena del asalto rodado muy eficazmente, en especial la secuencia donde se defiende un pequeño puente de acceso.

Con el deshielo final, llegan noticias de que el ejército Imperial está tomando posiciones y los protestantes deben hacerles frente. A estas alturas el personaje interpretado por Michael Caine, ha visto tantas miserias que ha perdido cualquier atisbo de fe o creencia, sin embargo toma partido por los protestantes y abandona el pueblo. Decide abandonar su habitual postura de neutralidad y se posiciona al lado de Bernardo de Sajonia-Weimar, príncipe alemán que en 1635 pasó a servir a Francia, que aún siendo católica, rivalizaba con el Sacro Imperio Romano Germánico y España.
mientras, el viejo profesor y algunos habitantes ya acostumbrados a la vida en paz, permanecen en el remanso del escondido oasis. De esa forma y en ausencia de la autoridad militar, el alcalde y el sacerdote no tardan en tomar de nuevo el control del poblado.

En esta batalla ocurrida en 1638, el puente de Rheinfelden, debía ser tomado por las fuerzas protestantes para hacerse con el control del Rin. Finalmente Bernardo de Sajonia consigue derrotar al Ejército Imperial tomando posteriormente la población de Breisach, interrumpiendo así las rutas españolas entre el norte de Italia y los Países Bajo abriendo camino hacia el corazón de Alemania.
La película contiene unas impactantes imágenes del ataque a la ciudad de Rheinfelden, donde se muestra a las fuerzas protestantes obligadas a tomar el río de la ciudad para poder cruzar el Rin. Inicialmente sus ataques fueron frenados por las fuerzas imperiales, pero un pequeño contingente consiguió cruzar el río más abajo para contraatacar y tomar por sorpresa al enemigo.


Durante esta batalla “El Capitán” resulta herido y su unidad aniquilada, decidiendo volver al valle con los pocos soldados que le quedan. Pero lo que era un paraíso para él, ha dejado de serlo. Aquí el alcalde, que de nuevo ostenta el poder le prepara una encerrona en el bosque. El profesor, viendo que su estancia comienza a ser peligrosa, trata de huir de la villa, pero al enterarse de los planes de Gruber, va en busca del capitán para advertirle. Aquí, en esta escena final, es donde el personaje de Caine da muestras del sinsentido de la guerra: “-¿La batalla?, ¿el príncipe Bernardo?” le pregunta Vogel al encontrarlo. “-Él ganó Vogel, pero nosotros perdimos”, responde un moribundo capitán.


The last valley” es una magnífica recreación de James Clavell sobre la contienda librada en la Europa central, principalmente en Alemania entre 1618 y 1648, en la que intervinieron la mayoría de las potencias europeas del momento. Reconstruye de forma muy ilustrativa un aspecto generalizado de esta guerra, donde por medio de mercenarios se producían devastaciones de regiones enteras y las poblaciones eran esquilmadas en busca de provisiones y otros suministros.
Ésta contienda que sirve de escenario para la cinta, surgió inicialmente de un conflicto religioso entre los partidarios de la “Reforma” y de la “Contra-reforma” dentro del propio Sacro Imperio Romano Germánico, aunque sin embargo la paulatina intervención de las distintas potencias europeas, entre ellas el Imperio Español, quién representó un papel protagonista, se convirtió gradualmente en la disputa de una guerra general por toda Europa. Los motivos que sostuvieron su curso durante tan largo tiempo, se fueron alejando del inicial pretexto religioso, dando paso a la búsqueda de una situación de equilibrio político y al enfrentamiento entre diferentes potencias rivales, como es el caso de España vs. Francia, o a la pretensión de alcanzar la hegemonía del escenario europeo, siendo éstas al fin, las verdaderas motivaciones del conflicto.

Sorprende que este film lo dirigiera James Clavell, un novelista, pero quizás ello explique la honestidad con la que adaptó la novela de J. B. Pick, al tiempo que esclarece el hecho de que aparezcan escenas tan crudas y al tiempo tan reales, cómo la de los niños soldado, las ejecuciones por fanatismo religioso, la peste, etc...La película funciona como la antítesis de la “Kermesse heroica” de 1935, del director Jacques Feyder, ya que el realizador Janes Clavell, intenta reflejar todas las miserias y desgracias que sucedieron durante estos treinta años de oscuridad sangrienta, y lo hace a través de la historia de un pequeño pueblo escondido en un valle que aún no ha sido violado por la contienda.

Es una película sorprendente, llena de matices que plasman fielmente diferentes aspectos del ambiente tardío-medieval del momento: el amplio y voluble espectro religioso, la influencia y el poder despótico de la iglesia sobre un pueblo analfabeto, la caza de brujas, que supuso un auténtico genocidio contra las mujeres, la utilización de niños soldado, y el caos e involución reinantes que promueven una burguesía y una iglesia que unicamente pretenden mantener su “Status Quo”.

Hay que destacar la banda sonora compuesta por John Barry, cuando la escuchamos junto a unos espeluznantes títulos de crédito que parecen rememorar las imágenes de la espectacular obra del renacimiento nórdico que pintaba Pieter Brueghel, especialmente “El triunfo de la muerte”. Son unos créditos sobrecogedores que intimidan y avanzan el desarrollo de la historia que se nos va a contar.


Filmada con el sistema Todd-Ao, al igual que la conocida “Around the world in 80 days” (La vuelta al mundo en 80 días), rodada en 1956 por Michael Anderson, creo sinceramente que es una obra maestra del cine. Un film que supone una maravilla en todos los sentidos: la música, la fotografía, el guión, las actuaciones y el ritmo y veracidad que imprime el director. Una joya cruel, dura y despiadada, en la que Clavell sabe tocar perfectamente todas las teclas inherentes al drama histórico: amor, celos, guerra, desengaño, violencia y una lucha de poder político-religioso. Todo un portento que debería ser recordado y alabado cómo se merece.

Obviamente no es una película politicamente correcta, todo lo contrario, no es nada complaciente, está exenta de concesiones a la galería y es despiadada. “The last valley”, es quizás un clásico absoluto y pienso que si no ocupa el lugar que merece con justicia en la historia del séptimo arte, se debe a la terrible mala leche que desprende y vierte sobre los temas sacrosantos de siempre: religión, política, economía y poder.

No es una película complaciente, pero es una joya del cine histórico injustamente olvidada, quizás por que su director no tenga el mismo reconocimiento que tiene como novelista. Hoy en día parece que ser irrespetuoso con la religión se limite a rodar cosas cómo “The Da Vinci code” (El código Da Vinci) rodada en 2006 por Ron Howard, un film infinitamente mas laxo con el poder de la institución eclesiástica.

Tengo la certeza de que esta es una cinta que no decepcionará y por supuesto no dejará indiferente. Recomiendo fervientemente su visionado. Juzguen ustedes mismos.

Solo queda agradecer, cómo siempre en este diván, vuestra atención. Buen cine...y mucha suerte.


viernes, 6 de septiembre de 2019

The lost weekend (Billy Wilder) 1945


THE LOST WEEKEND”
(“Días sin huella”) Billy Wilder, 1945


Billy Wilder será recordado como uno de los más grandes directores cinematográficos de la historia. Nacido en Austria, el realizador, de ascendencia judía, comenzó su carrera en la UFA en Alemania, pero se vio obligado a exiliarse a los Estados Unidos tras la llegada al poder de Hitler.
En Hollywood comenzó a trabajar como guionista para la Paramount, pero en poco tiempo ya empezó a dirigir películas, siendo el film de hoy “The lost weekend” (“Días sin huella”) su primer gran éxito.
En esta cinta Billy Wilder nos propone un retrato oscuro sobre el problema del alcoholismo y una radiografía exhaustiva de la cultura estadounidense, y que le llevó a conquistar el Óscar a la Mejor Película, Mejor Director y también al Mejor Guión Adaptado, gracias a la majestuosa labor al trasladar a la pantalla la novela homónima de Charles R. Jackson. También fue merecedora de los Globos de Oro en esas mismas categorías y el Gran Premio del Jurado en Cannes, (Ex-aequo) con Ray Milland como Mejor Actor, y se ganó el favor de un público que en un inicio no acogió bien la cinta ya que mostraba ese lado oscuro del alcohol que muchos no querían ver. Salían molestos de la sala ante lo que calificaban de “obra repugnante, repulsiva y cruda”. No soportaban el juicio que se les imputaba en pantalla, sabedores de que esa lección estaba dirigida a ellos, un pueblo con problemas de alcoholismo. Pero tras unas semanas, sumando ya la buena acogida de críticos cinematográficos, acabaron por sucumbir a la realidad y calidad de “The lost weekend”, convirtiéndose rápidamente en un gran éxito de taquilla.


En aquellos días el papel del alcohólico estaba relegado al papel secundario del borrachín simpático al estilo de Walter Brennan en “To have and have not”, (“Tener y no tener”) de Howard Hawks rodada en 1944. Muy probablemente esta no es la primera cinta que aborda el tema de forma realista, ya que seguramente buscando en el baúl siempre encontraremos algún precedente, pero sí que fue sin lugar a dudas la primera película de importancia basada enteramente en este complejo tema. De hecho existe una anécdota muy conocida sobre ella, y es que previo al estreno, la industria del licor ofreció una importante suma a cambio del negativo del film. Hay que tener en cuenta que en el Hollywood de entonces, no se trataba el tema del alcoholismo de forma seria y realista. Pero la arriesgada apuesta de Wilder, por fortuna, no acabó enterrada por esas presiones, pudiendo así dignificar por fin la figura del alcohólico en el cine. Tal vez el desenlace sea algo abrupto y contradictorio respecto a lo mostrado en el filme, cuando vemos a Don, el protagonista, personaje interpretado por Ray Milland, que ha tocado fondo y va a ser ayudado por su novia, lo que parece presentarse como un “happy end”, y esto hace que de ninguna manera alcance el crudo final de la superlativa “Days of wine and roses” (“Días de vino y rosas”) realizada por Blake Edwards en 1962, ya que tras intentar rehabilitarse continuamente, se nos hace extraño y repentino ese cambio tras tocar fondo. Sin embargo, el director deja para el espectador un final abierto, ya que no nos cuenta claramente cuál es su destino a pesar de abrir una puerta a la esperanza.

La producción contó con John F. Seitz para la fotografía y la música corrió a cargo de Miklós Rózsa, que en un inicio, para el primer pase, propuso una banda sonora de jazz que hizo que los espectadores esperaran un film ligero sobre entrañables alcohólicos, por lo que el contenido tan crudo de la película les pilló desprevenidos, así que finalmente compuso una banda sonora que presentaba como gran novedad el uso del “theremin”, originalmente conocido como “eterófono” o “thereminvox”, uno de los primeros instrumentos musicales electrónicos que se controlaba sin la necesidad del contacto físico del intérprete. Ese mismo año compuso también con gran presencia de dicho instrumento la banda sonora de “Spellbound” (“Recuerda”), del también magnífico Alfred Hitchcock.

Ray Milland, Jane Wyman, Phillip Terry, Howard Da Silva, Doris Dowling, Frank Faylen, Mary Young, Anita Bolster, Lilian Fontaine, Frank Orth y Lewis Russell, conformaron el reparto.


Una de las grandes bazas de la película, fue sin duda la elección de Ray Milland, espléndido y versátil actor que ofrece una interpretación formidable en su recreación de Don Birman, que comprende en si misma todas las facetas de su personaje: el ingenioso escritor de tintes intelectuales venido a menos, el educado y atractivo galán, el alcohólico egoísta que pisotea y utiliza de forma ruin a cualquiera a cambio de un trago, el hombre frágil y sin autoestima incapaz de confiar en si mismo. Todos los matices de un personaje que Milland sabe capturar a la perfección. Mención especial a la gran labor de maquillaje que le da un aspecto demacrado pero sin caer en excesos y que es acentuada con una fuerte iluminación de John F. Seitz.
El personaje femenino cobra mucha más importancia en la película que en la novela, ya que en la obra original uno de los hechos que más atormentan al protagonista, es un incidente del pasado relacionado con la homosexualidad. Obviamente, eso era inviable en un film de Hollywood y por ello no solo se cambiaron los motivos a un bloqueo artístico, sino que se dio más importancia al personaje de la novia, dándole de paso el inevitable toque femenino que todos los productores exigían. Habría sido curioso ver el resultado de haber encarnado ese personaje Katherine Hepburn, que era la primera elección que se tuvo en mente. A cambio tenemos a Jane Wyman, que a pesar de hacer un buen trabajo, carece por completo de la carismática personalidad que la actriz de Connecticut a buen seguro le hubiera otorgado.

Wilder transmite a la perfección esa sensación de irreversabilidad del alcohólico, una espiral de autodestrucción que le lleva a continuar bebiendo y engañando sin remordimientos a sus seres queridos. Este rasgo hace que esta cinta haya resistido sobresalientemente el paso del tiempo, con una implacable visión del alcohólico que se propone dar un paso adelante y acaba dando dos atrás.
El director y su colaborador Charles Brackett escriben un guión repleto de diálogos bien redactados y muy ingeniosos. La forma en que el protagonista describe su adicción a lo largo de la película es tan lúcida como espeluznante, repleta también de toques humorísticos aún siendo un drama y multitud de detalles incisivos como los círculos que van dejando los vasos sobre la barra del bar y que nos reflejan cuánto ha bebido.


Otra de las marcas de la factoría del director austríaco es su inteligente uso de los objetos como puntos clave. La máquina del escritor es el objeto más importante de Don, y su decisión de venderla encierra el entierro definitivo de su faceta como escritor vencida por su otra faceta, el alcoholísmo;


o la confusión de abrigos en la ópera, que permite que Helen, interpretada por Jane Wyman, y Don Birman se conozcan en una de las escenas iniciales. Una premisa ingeniosa que da pie a otra de las marcas típicas de Billy Wilder, la humorística, como el hecho de que el protagonista tenga que esperar hasta el final de la obra para recuperar su abrigo. Cuando al final de la cinta Don decide empeñar el abrigo de Helen y a cambio le da su gabardina, se cierra el círculo ya que se conocieron mediante ese intercambio de prendas y teóricamente se despiden así.


Otra de las astutas decisiones del realizador fue optar por una puesta en escena de cine negro a pesar de tratarse de un drama sin relación alguna con el mundo criminal. Ese estilo oscuro y tenebroso es la forma ideal de transmitir la desesperada situación de Don Birman, algo que Wilder puso de nuevo en práctica en su “Double Indemnity” (“Perdición”) de 1947, dejando claro su dominio de los códigos visuales del género.


Hoy en día las escenas más truculentas siguen impactando, así que es de suponer la impresión profunda que provocaron en el público de la época. La escena en la sala de alcohólicos del hospital parece de hecho una pesadilla, con enfermos delirando o convertidos prácticamente en vegetales.
Un ejemplo de cómo transmitir el malestar pesadillesco del delirio del protagonista sin necesidad de grandes trucos, es una sencilla imagen visual donde éste cree ver un ratón emergiendo de un agujero de la pared que es devorado por un murciélago y que va dejando un reguero de sangre en un plano angustioso e incluso repugnante pero terriblemente simple; esa secuencia representa a la perfección esas alucinaciones surrealistas de un alcohólico.


Los diálogos son un auténtico derroche de ingenio. “Vamos, tómate uno conmigo. Un pequeño vaso de ilusiones, ¿eh?”, le dice el protagonista al camarero de su bar habitual. “No gracias”, responde este: “¿Beber no te parece bien?”, insiste, “No en la forma que bebe usted” le contesta, “Encoge mi higado, ¿verdad?. Encurte mis riñones, si. Pero, ¿que le hace a mi mente?. Lanza los sacos de arena por la borda para que el globo pueda elevarse. De repente estoy por encima de todo. ¡Me siento segurísimo de mí mismo!, concluye este bebedor totalmente atrapado en un camino de autodestrucción. Otro ejemplo es este casi monólogo del personaje de nuevo con el camarero: “¿Te has quedado alguna vez mirando por la ventana?. Entra un poco de luz y empiezas a preguntarte, ¿está amaneciendo o está oscureciendo?, ¿es el amanecer o el atardecer?. Es un problema aterrador. Porque si es al amanecer eres hombre muerto. Los bares están cerrados y las tiendas no abren hasta las nueve. ¡Y no puedes esperar hasta las nueve!. O podría ser domingo. Eso es lo peor. Las tiendas están cerradas y los bares no abrís hasta la una, ¿por qué?, ¿por qué?, a lo que el camarero responde: “Porque tenemos que ir a la iglesia de vez en cuando”, y Don le contesta desesperado, “Sí, cuando más se os necesita” y continua: “Te lo suplico. Sírveme uno. Sí, uno. Uno es demasiado y cien no bastan” concluye. Todos ellos llenan toda una lección magistral de interpretación por parte de Ray Milland.


Asistimos al “Delirium tremens” de un fracasado escritor, destruido física y moralmente. Un hombre sin voluntad que ruega, miente, engaña y roba con tal de seguir bebiendo, pero que gracias a la catártica interpretación de Ray Milland, el personaje consigue ganarse el afecto del público, ya que éste no puede evitar compadecerse de ese anti-héroe despreciable, mentiroso, grosero y cínico, pero con un sentido del humor muy negro y ácido.
Un escritor venido a menos que solo con la bebida encuentra la creatividad necesaria, y que en realidad es solo un espejismo, y él es tan consciente de ello que termina por afirmar: “Por la noche es una bebida, por la mañana es medicina”.


Billy Wilder fue el primero en filmar escenas fuera de los sets, el primero en trasladar la acción a las calles. Además, dichas escenas fueron grabadas con cámaras ocultas con el fin de que el espectador pudiera ser testigo de las reacciones naturales que la gente tenía ante la irrupción de los actores en las aceras de la ciudad.
Decidió rodar una película en la ciudad de los parques y los rascacielos con una estructura circular ya que comienza y termina con una visión panorámica del horizonte neoyorkino, una innovación que supuso filmar escenas en las calles de Nueva York y que nos obsequia con unas tomas soberbias la decadencia de la ciudad a la par que su protagonista, algo que se puede observar en la suciedad de las calles por las que camina el personaje en su búsqueda de alcohol.


Según contaba Wilder en su libro de memorias, el título del guión era en un principio “The last Weekend”, pero se transformó por un error en la impresión del guión, en “The lost weekend”, un título que a la postre resultaría más sombrío y acorde con la historia que se cuenta.

Días sin huella”, es un desabrido relato narrado con un uso formidable de los flashbacks y las elipsis. Una descripción dramática, dura y absorbente de un fantoche en manos de una botella que es vista por él como una liberación, pero también como su amarga condena. Una condena que puede llegar a ser mortal.

En suma, un verdadero drama negro con una historia oscura y cruda capaz de estremecer al espectador. Una radiografía demoledora sobre el alcoholismo y su adicción.

Hasta una nuevo artículo en El diván de Louis Cypher, buen cine...y mucha suerte.