“THE LOST WEEKEND”
(“Días sin huella”) Billy
Wilder, 1945
Billy Wilder
será recordado como uno de los más grandes directores
cinematográficos de la historia. Nacido en Austria,
el realizador, de ascendencia judía, comenzó su carrera en la UFA
en
Alemania,
pero se vio obligado a exiliarse a los Estados
Unidos
tras la llegada al poder de Hitler.
En
Hollywood
comenzó a trabajar como guionista para la Paramount,
pero en poco tiempo ya empezó a dirigir películas, siendo el film
de hoy “The lost weekend”
(“Días sin huella”)
su primer gran éxito.
En
esta cinta Billy Wilder nos
propone un retrato oscuro sobre el problema del alcoholismo y una
radiografía exhaustiva de la cultura estadounidense, y que le llevó
a conquistar el Óscar
a
la Mejor Película,
Mejor Director
y también al Mejor
Guión Adaptado,
gracias a la majestuosa labor al trasladar a la pantalla la novela
homónima de Charles R. Jackson.
También fue merecedora de los Globos
de Oro
en esas mismas categorías y el Gran
Premio del Jurado
en Cannes,
(Ex-aequo)
con Ray Milland
como Mejor Actor,
y se ganó el favor de un público que en un inicio no acogió bien
la cinta ya que mostraba ese lado oscuro del alcohol que muchos no
querían ver. Salían molestos de la sala ante lo que calificaban de
“obra repugnante, repulsiva y cruda”. No soportaban el juicio que
se les imputaba en pantalla, sabedores de que esa lección estaba
dirigida a ellos, un pueblo con problemas de alcoholismo. Pero tras
unas semanas, sumando ya la buena acogida de críticos
cinematográficos, acabaron por sucumbir a la realidad y calidad de
“The lost weekend”,
convirtiéndose rápidamente en un gran éxito de taquilla.
En
aquellos días el papel del alcohólico estaba relegado al papel
secundario del borrachín simpático al estilo de Walter
Brennan
en “To have and have not”,
(“Tener y no tener”)
de Howard Hawks rodada
en 1944.
Muy probablemente esta no es la primera cinta que aborda el tema de
forma realista, ya que seguramente buscando en el baúl siempre
encontraremos algún precedente, pero sí que fue sin lugar a dudas
la primera película de importancia basada enteramente en este
complejo tema. De hecho existe una anécdota muy conocida sobre ella,
y es que previo al estreno, la industria del licor ofreció una
importante suma a cambio del negativo del film. Hay que tener en
cuenta que en el Hollywood
de entonces, no se trataba el tema del alcoholismo de forma seria y
realista. Pero la arriesgada apuesta de Wilder,
por fortuna, no acabó enterrada por esas presiones, pudiendo así
dignificar por fin la figura del alcohólico en el cine. Tal vez el
desenlace sea algo abrupto y contradictorio respecto a lo mostrado en
el filme, cuando vemos a Don,
el protagonista, personaje interpretado por Ray
Milland,
que ha tocado fondo y va a ser ayudado por su novia, lo que parece
presentarse como un “happy end”, y esto hace que de ninguna
manera alcance el crudo final de la superlativa “Days
of wine and roses” (“Días
de vino y rosas”)
realizada por Blake Edwards
en 1962,
ya que tras intentar rehabilitarse continuamente, se nos hace extraño
y repentino ese cambio tras tocar fondo. Sin embargo, el director
deja para el espectador un final abierto, ya que no nos cuenta
claramente cuál es su destino a pesar de abrir una puerta a la
esperanza.
La
producción contó con John F. Seitz
para la fotografía y la música corrió a cargo de Miklós
Rózsa,
que
en un inicio, para el primer pase, propuso una banda sonora de jazz
que hizo que los espectadores esperaran un film ligero sobre
entrañables alcohólicos, por lo que el contenido tan crudo de la
película les pilló desprevenidos, así que finalmente compuso una
banda sonora que presentaba como gran novedad el uso del “theremin”,
originalmente conocido como “eterófono” o “thereminvox”, uno
de los primeros instrumentos musicales electrónicos que se
controlaba sin la necesidad del contacto físico del intérprete. Ese
mismo año compuso también con gran presencia de dicho instrumento
la banda sonora de “Spellbound” (“Recuerda”),
del también magnífico Alfred Hitchcock.
Ray Milland,
Jane Wyman,
Phillip Terry,
Howard Da Silva,
Doris Dowling,
Frank Faylen,
Mary Young,
Anita Bolster,
Lilian Fontaine,
Frank Orth
y Lewis Russell,
conformaron el reparto.
Una
de las grandes bazas de la película, fue sin duda la elección de
Ray Milland,
espléndido y versátil actor que ofrece una interpretación
formidable en su recreación de Don Birman,
que comprende en si misma todas las facetas de su personaje: el
ingenioso escritor de tintes intelectuales venido a menos, el educado
y atractivo galán, el alcohólico egoísta que pisotea y utiliza de
forma ruin a cualquiera a cambio de un trago, el hombre frágil y sin
autoestima incapaz de confiar en si mismo. Todos los matices de un
personaje que Milland
sabe capturar a la perfección. Mención especial a la gran labor de
maquillaje que le da un aspecto demacrado pero sin caer en excesos y
que es acentuada con una fuerte iluminación de John
F. Seitz.
El
personaje femenino cobra mucha más importancia en la película que
en la novela, ya que en la obra original uno de los hechos que más
atormentan al protagonista, es un incidente del pasado relacionado
con la homosexualidad. Obviamente, eso era inviable en un film de
Hollywood
y por ello no solo se cambiaron los motivos a un bloqueo artístico,
sino que se dio más importancia al personaje de la novia, dándole
de paso el inevitable toque femenino que todos los productores
exigían. Habría sido curioso ver el resultado de haber encarnado
ese personaje Katherine Hepburn,
que era la primera elección que se tuvo en mente. A cambio tenemos a
Jane Wyman,
que a pesar de hacer un buen trabajo, carece por completo de la
carismática personalidad que la actriz de Connecticut
a buen seguro le hubiera otorgado.
Wilder
transmite a la perfección esa sensación de irreversabilidad del
alcohólico, una espiral de autodestrucción que le lleva a continuar
bebiendo y engañando sin remordimientos a sus seres queridos. Este
rasgo hace que esta cinta haya resistido sobresalientemente el paso
del tiempo, con una implacable visión del alcohólico que se propone
dar un paso adelante y acaba dando dos atrás.
El
director y su colaborador Charles Brackett
escriben un guión repleto de diálogos bien redactados y muy
ingeniosos. La forma en que el protagonista describe su adicción a
lo largo de la película es tan lúcida como espeluznante, repleta
también de toques humorísticos aún siendo un drama y multitud de
detalles incisivos como los círculos que van dejando los vasos sobre
la barra del bar y que nos reflejan cuánto ha bebido.
Otra
de las marcas de la factoría del director austríaco es su
inteligente uso de los objetos como puntos clave. La máquina del
escritor es el objeto más importante de Don,
y su decisión de venderla encierra el entierro definitivo de su
faceta como escritor vencida por su otra faceta, el alcoholísmo;
o
la confusión de abrigos en la ópera, que permite que Helen,
interpretada por Jane Wyman,
y Don Birman
se conozcan en una de las escenas iniciales. Una premisa ingeniosa
que da pie a otra de las marcas típicas de Billy
Wilder,
la humorística, como el hecho de que el protagonista tenga que
esperar hasta el final de la obra para recuperar su abrigo. Cuando al
final de la cinta Don
decide empeñar el abrigo de Helen
y a cambio le da su gabardina, se cierra el círculo ya que se
conocieron mediante ese intercambio de prendas y teóricamente se
despiden así.
Otra
de las astutas decisiones del realizador fue optar por una puesta en
escena de cine negro a pesar de tratarse de un drama sin relación
alguna con el mundo criminal. Ese estilo oscuro y tenebroso es la
forma ideal de transmitir la desesperada situación de Don
Birman,
algo que Wilder
puso de nuevo en práctica en su “Double
Indemnity” (“Perdición”)
de 1947,
dejando claro su dominio de los códigos visuales del género.
Hoy en día las escenas más truculentas siguen impactando, así que
es de suponer la impresión profunda que provocaron en el público de
la época. La escena en la sala de alcohólicos del hospital parece
de hecho una pesadilla, con enfermos delirando o convertidos
prácticamente en vegetales.
Un ejemplo de cómo transmitir el malestar pesadillesco del delirio
del protagonista sin necesidad de grandes trucos, es una sencilla
imagen visual donde éste cree ver un ratón emergiendo de un agujero
de la pared que es devorado por un murciélago y que va dejando un
reguero de sangre en un plano angustioso e incluso repugnante pero
terriblemente simple; esa secuencia representa a la perfección esas
alucinaciones surrealistas de un alcohólico.
Los
diálogos son un auténtico derroche de ingenio. “Vamos,
tómate uno conmigo. Un pequeño vaso de ilusiones, ¿eh?”,
le dice el protagonista al camarero de su bar habitual. “No
gracias”,
responde este: “¿Beber no te parece bien?”,
insiste, “No en la forma que bebe usted”
le contesta, “Encoge mi higado, ¿verdad?.
Encurte mis riñones, si. Pero, ¿que le hace a mi mente?. Lanza los
sacos de arena por la borda para que el globo pueda elevarse. De
repente estoy por encima de todo. ¡Me siento segurísimo de mí
mismo!,
concluye este bebedor totalmente atrapado en un camino de
autodestrucción. Otro ejemplo es este casi monólogo del personaje
de nuevo con el camarero: “¿Te has quedado
alguna vez mirando por la ventana?. Entra un poco de luz y empiezas a
preguntarte, ¿está amaneciendo o está oscureciendo?, ¿es el
amanecer o el atardecer?. Es un problema aterrador. Porque si es al
amanecer eres hombre muerto. Los bares están cerrados y las tiendas
no abren hasta las nueve. ¡Y no puedes esperar hasta las nueve!. O
podría ser domingo. Eso es lo peor. Las tiendas están cerradas y
los bares no abrís hasta la una, ¿por qué?, ¿por qué?,
a
lo que el camarero responde: “Porque tenemos
que ir a la iglesia de vez en cuando”,
y Don
le contesta desesperado, “Sí, cuando más se
os necesita”
y continua: “Te lo suplico. Sírveme uno. Sí,
uno. Uno es demasiado y cien no bastan”
concluye. Todos ellos llenan toda una lección magistral de
interpretación por parte de Ray Milland.
Asistimos
al “Delirium tremens” de un fracasado escritor, destruido física
y moralmente. Un hombre sin voluntad que ruega, miente, engaña y
roba con tal de seguir bebiendo, pero que gracias a la catártica
interpretación de Ray Milland,
el personaje consigue ganarse el afecto del público, ya que éste no
puede evitar compadecerse de ese anti-héroe despreciable, mentiroso,
grosero y cínico, pero con un sentido del humor muy negro y ácido.
Un
escritor venido a menos que solo con la bebida encuentra la
creatividad necesaria, y que en realidad es solo un espejismo, y él
es tan consciente de ello que termina por afirmar: “Por
la noche es una bebida, por la mañana es medicina”.
Billy Wilder
fue el primero en filmar escenas fuera de los sets, el primero en
trasladar la acción a las calles. Además, dichas escenas fueron
grabadas con cámaras ocultas con el fin de que el espectador pudiera
ser testigo de las reacciones naturales que la gente tenía ante la
irrupción de los actores en las aceras de la ciudad.
Decidió
rodar una película en la ciudad de los parques y los rascacielos con
una estructura circular ya que comienza y termina con una visión
panorámica del horizonte neoyorkino, una innovación que supuso
filmar escenas en las calles de Nueva
York
y que nos obsequia con unas tomas soberbias la decadencia de la
ciudad a la par que su protagonista, algo que se puede observar en la
suciedad de las calles por las que camina el personaje en su búsqueda
de alcohol.
Según
contaba Wilder
en su libro de memorias, el título del guión era en un principio
“The last Weekend”,
pero se transformó por un error en la impresión del guión, en “The
lost weekend”,
un título que a la postre resultaría más sombrío y acorde con la
historia que se cuenta.
“Días sin huella”,
es un desabrido relato narrado con un uso formidable de los
flashbacks y las elipsis. Una descripción dramática, dura y
absorbente de un fantoche en manos de una botella que es vista por él
como una liberación, pero también como su amarga condena. Una
condena que puede llegar a ser mortal.
En suma, un verdadero drama negro con una historia oscura y cruda
capaz de estremecer al espectador. Una radiografía demoledora sobre
el alcoholismo y su adicción.
Hasta una nuevo artículo en El diván de Louis Cypher, buen cine...y
mucha suerte.










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