Facilis descensus averno "El descenso al infierno es fácil" Virgilio, La Eneida

viernes, 6 de septiembre de 2019

The lost weekend (Billy Wilder) 1945


THE LOST WEEKEND”
(“Días sin huella”) Billy Wilder, 1945


Billy Wilder será recordado como uno de los más grandes directores cinematográficos de la historia. Nacido en Austria, el realizador, de ascendencia judía, comenzó su carrera en la UFA en Alemania, pero se vio obligado a exiliarse a los Estados Unidos tras la llegada al poder de Hitler.
En Hollywood comenzó a trabajar como guionista para la Paramount, pero en poco tiempo ya empezó a dirigir películas, siendo el film de hoy “The lost weekend” (“Días sin huella”) su primer gran éxito.
En esta cinta Billy Wilder nos propone un retrato oscuro sobre el problema del alcoholismo y una radiografía exhaustiva de la cultura estadounidense, y que le llevó a conquistar el Óscar a la Mejor Película, Mejor Director y también al Mejor Guión Adaptado, gracias a la majestuosa labor al trasladar a la pantalla la novela homónima de Charles R. Jackson. También fue merecedora de los Globos de Oro en esas mismas categorías y el Gran Premio del Jurado en Cannes, (Ex-aequo) con Ray Milland como Mejor Actor, y se ganó el favor de un público que en un inicio no acogió bien la cinta ya que mostraba ese lado oscuro del alcohol que muchos no querían ver. Salían molestos de la sala ante lo que calificaban de “obra repugnante, repulsiva y cruda”. No soportaban el juicio que se les imputaba en pantalla, sabedores de que esa lección estaba dirigida a ellos, un pueblo con problemas de alcoholismo. Pero tras unas semanas, sumando ya la buena acogida de críticos cinematográficos, acabaron por sucumbir a la realidad y calidad de “The lost weekend”, convirtiéndose rápidamente en un gran éxito de taquilla.


En aquellos días el papel del alcohólico estaba relegado al papel secundario del borrachín simpático al estilo de Walter Brennan en “To have and have not”, (“Tener y no tener”) de Howard Hawks rodada en 1944. Muy probablemente esta no es la primera cinta que aborda el tema de forma realista, ya que seguramente buscando en el baúl siempre encontraremos algún precedente, pero sí que fue sin lugar a dudas la primera película de importancia basada enteramente en este complejo tema. De hecho existe una anécdota muy conocida sobre ella, y es que previo al estreno, la industria del licor ofreció una importante suma a cambio del negativo del film. Hay que tener en cuenta que en el Hollywood de entonces, no se trataba el tema del alcoholismo de forma seria y realista. Pero la arriesgada apuesta de Wilder, por fortuna, no acabó enterrada por esas presiones, pudiendo así dignificar por fin la figura del alcohólico en el cine. Tal vez el desenlace sea algo abrupto y contradictorio respecto a lo mostrado en el filme, cuando vemos a Don, el protagonista, personaje interpretado por Ray Milland, que ha tocado fondo y va a ser ayudado por su novia, lo que parece presentarse como un “happy end”, y esto hace que de ninguna manera alcance el crudo final de la superlativa “Days of wine and roses” (“Días de vino y rosas”) realizada por Blake Edwards en 1962, ya que tras intentar rehabilitarse continuamente, se nos hace extraño y repentino ese cambio tras tocar fondo. Sin embargo, el director deja para el espectador un final abierto, ya que no nos cuenta claramente cuál es su destino a pesar de abrir una puerta a la esperanza.

La producción contó con John F. Seitz para la fotografía y la música corrió a cargo de Miklós Rózsa, que en un inicio, para el primer pase, propuso una banda sonora de jazz que hizo que los espectadores esperaran un film ligero sobre entrañables alcohólicos, por lo que el contenido tan crudo de la película les pilló desprevenidos, así que finalmente compuso una banda sonora que presentaba como gran novedad el uso del “theremin”, originalmente conocido como “eterófono” o “thereminvox”, uno de los primeros instrumentos musicales electrónicos que se controlaba sin la necesidad del contacto físico del intérprete. Ese mismo año compuso también con gran presencia de dicho instrumento la banda sonora de “Spellbound” (“Recuerda”), del también magnífico Alfred Hitchcock.

Ray Milland, Jane Wyman, Phillip Terry, Howard Da Silva, Doris Dowling, Frank Faylen, Mary Young, Anita Bolster, Lilian Fontaine, Frank Orth y Lewis Russell, conformaron el reparto.


Una de las grandes bazas de la película, fue sin duda la elección de Ray Milland, espléndido y versátil actor que ofrece una interpretación formidable en su recreación de Don Birman, que comprende en si misma todas las facetas de su personaje: el ingenioso escritor de tintes intelectuales venido a menos, el educado y atractivo galán, el alcohólico egoísta que pisotea y utiliza de forma ruin a cualquiera a cambio de un trago, el hombre frágil y sin autoestima incapaz de confiar en si mismo. Todos los matices de un personaje que Milland sabe capturar a la perfección. Mención especial a la gran labor de maquillaje que le da un aspecto demacrado pero sin caer en excesos y que es acentuada con una fuerte iluminación de John F. Seitz.
El personaje femenino cobra mucha más importancia en la película que en la novela, ya que en la obra original uno de los hechos que más atormentan al protagonista, es un incidente del pasado relacionado con la homosexualidad. Obviamente, eso era inviable en un film de Hollywood y por ello no solo se cambiaron los motivos a un bloqueo artístico, sino que se dio más importancia al personaje de la novia, dándole de paso el inevitable toque femenino que todos los productores exigían. Habría sido curioso ver el resultado de haber encarnado ese personaje Katherine Hepburn, que era la primera elección que se tuvo en mente. A cambio tenemos a Jane Wyman, que a pesar de hacer un buen trabajo, carece por completo de la carismática personalidad que la actriz de Connecticut a buen seguro le hubiera otorgado.

Wilder transmite a la perfección esa sensación de irreversabilidad del alcohólico, una espiral de autodestrucción que le lleva a continuar bebiendo y engañando sin remordimientos a sus seres queridos. Este rasgo hace que esta cinta haya resistido sobresalientemente el paso del tiempo, con una implacable visión del alcohólico que se propone dar un paso adelante y acaba dando dos atrás.
El director y su colaborador Charles Brackett escriben un guión repleto de diálogos bien redactados y muy ingeniosos. La forma en que el protagonista describe su adicción a lo largo de la película es tan lúcida como espeluznante, repleta también de toques humorísticos aún siendo un drama y multitud de detalles incisivos como los círculos que van dejando los vasos sobre la barra del bar y que nos reflejan cuánto ha bebido.


Otra de las marcas de la factoría del director austríaco es su inteligente uso de los objetos como puntos clave. La máquina del escritor es el objeto más importante de Don, y su decisión de venderla encierra el entierro definitivo de su faceta como escritor vencida por su otra faceta, el alcoholísmo;


o la confusión de abrigos en la ópera, que permite que Helen, interpretada por Jane Wyman, y Don Birman se conozcan en una de las escenas iniciales. Una premisa ingeniosa que da pie a otra de las marcas típicas de Billy Wilder, la humorística, como el hecho de que el protagonista tenga que esperar hasta el final de la obra para recuperar su abrigo. Cuando al final de la cinta Don decide empeñar el abrigo de Helen y a cambio le da su gabardina, se cierra el círculo ya que se conocieron mediante ese intercambio de prendas y teóricamente se despiden así.


Otra de las astutas decisiones del realizador fue optar por una puesta en escena de cine negro a pesar de tratarse de un drama sin relación alguna con el mundo criminal. Ese estilo oscuro y tenebroso es la forma ideal de transmitir la desesperada situación de Don Birman, algo que Wilder puso de nuevo en práctica en su “Double Indemnity” (“Perdición”) de 1947, dejando claro su dominio de los códigos visuales del género.


Hoy en día las escenas más truculentas siguen impactando, así que es de suponer la impresión profunda que provocaron en el público de la época. La escena en la sala de alcohólicos del hospital parece de hecho una pesadilla, con enfermos delirando o convertidos prácticamente en vegetales.
Un ejemplo de cómo transmitir el malestar pesadillesco del delirio del protagonista sin necesidad de grandes trucos, es una sencilla imagen visual donde éste cree ver un ratón emergiendo de un agujero de la pared que es devorado por un murciélago y que va dejando un reguero de sangre en un plano angustioso e incluso repugnante pero terriblemente simple; esa secuencia representa a la perfección esas alucinaciones surrealistas de un alcohólico.


Los diálogos son un auténtico derroche de ingenio. “Vamos, tómate uno conmigo. Un pequeño vaso de ilusiones, ¿eh?”, le dice el protagonista al camarero de su bar habitual. “No gracias”, responde este: “¿Beber no te parece bien?”, insiste, “No en la forma que bebe usted” le contesta, “Encoge mi higado, ¿verdad?. Encurte mis riñones, si. Pero, ¿que le hace a mi mente?. Lanza los sacos de arena por la borda para que el globo pueda elevarse. De repente estoy por encima de todo. ¡Me siento segurísimo de mí mismo!, concluye este bebedor totalmente atrapado en un camino de autodestrucción. Otro ejemplo es este casi monólogo del personaje de nuevo con el camarero: “¿Te has quedado alguna vez mirando por la ventana?. Entra un poco de luz y empiezas a preguntarte, ¿está amaneciendo o está oscureciendo?, ¿es el amanecer o el atardecer?. Es un problema aterrador. Porque si es al amanecer eres hombre muerto. Los bares están cerrados y las tiendas no abren hasta las nueve. ¡Y no puedes esperar hasta las nueve!. O podría ser domingo. Eso es lo peor. Las tiendas están cerradas y los bares no abrís hasta la una, ¿por qué?, ¿por qué?, a lo que el camarero responde: “Porque tenemos que ir a la iglesia de vez en cuando”, y Don le contesta desesperado, “Sí, cuando más se os necesita” y continua: “Te lo suplico. Sírveme uno. Sí, uno. Uno es demasiado y cien no bastan” concluye. Todos ellos llenan toda una lección magistral de interpretación por parte de Ray Milland.


Asistimos al “Delirium tremens” de un fracasado escritor, destruido física y moralmente. Un hombre sin voluntad que ruega, miente, engaña y roba con tal de seguir bebiendo, pero que gracias a la catártica interpretación de Ray Milland, el personaje consigue ganarse el afecto del público, ya que éste no puede evitar compadecerse de ese anti-héroe despreciable, mentiroso, grosero y cínico, pero con un sentido del humor muy negro y ácido.
Un escritor venido a menos que solo con la bebida encuentra la creatividad necesaria, y que en realidad es solo un espejismo, y él es tan consciente de ello que termina por afirmar: “Por la noche es una bebida, por la mañana es medicina”.


Billy Wilder fue el primero en filmar escenas fuera de los sets, el primero en trasladar la acción a las calles. Además, dichas escenas fueron grabadas con cámaras ocultas con el fin de que el espectador pudiera ser testigo de las reacciones naturales que la gente tenía ante la irrupción de los actores en las aceras de la ciudad.
Decidió rodar una película en la ciudad de los parques y los rascacielos con una estructura circular ya que comienza y termina con una visión panorámica del horizonte neoyorkino, una innovación que supuso filmar escenas en las calles de Nueva York y que nos obsequia con unas tomas soberbias la decadencia de la ciudad a la par que su protagonista, algo que se puede observar en la suciedad de las calles por las que camina el personaje en su búsqueda de alcohol.


Según contaba Wilder en su libro de memorias, el título del guión era en un principio “The last Weekend”, pero se transformó por un error en la impresión del guión, en “The lost weekend”, un título que a la postre resultaría más sombrío y acorde con la historia que se cuenta.

Días sin huella”, es un desabrido relato narrado con un uso formidable de los flashbacks y las elipsis. Una descripción dramática, dura y absorbente de un fantoche en manos de una botella que es vista por él como una liberación, pero también como su amarga condena. Una condena que puede llegar a ser mortal.

En suma, un verdadero drama negro con una historia oscura y cruda capaz de estremecer al espectador. Una radiografía demoledora sobre el alcoholismo y su adicción.

Hasta una nuevo artículo en El diván de Louis Cypher, buen cine...y mucha suerte.


No hay comentarios:

Publicar un comentario