Facilis descensus averno "El descenso al infierno es fácil" Virgilio, La Eneida

lunes, 19 de agosto de 2019

Vals Im Bashir (Ari Folman) 2008


VALS IM BASHIR
(VALS CON BASHIR) ARI FOLMAN, 2008


A mediados de los ochenta Ari Folman, tras cumplir el servicio militar en el ejercito israelí, cumplió el sueño de su vida: dar la vuelta al mundo. Al poco tiempo, algo mas de dos semanas y en el segundo país que visitaba, se dio cuenta de que eso no era lo suyo, y se instaló en un modesto alojamiento en el sudeste asiático. Allí comenzó a escribir a sus amigos relatándoles un falso viaje alrededor del planeta. Puede que esa experiencia le llevara a estudiar cinematografía.
Su trabajo de fin de curso, “Comfortably Numb” de 1991, donde de forma cómica, absurda e irónica abordaba las vicisitudes de parientes y familiares durante la Guerra del Golfo, le valió el Premio al Mejor Documental del Año. Desde entonces hasta 1996 escribe y guioniza para la televisión, para posteriormente dedicarse también a la realización. Su primera incursión en el mundo de la animación data del año 2004, con su trabajo “The material that love is made off”. Un corto de animación de tres minutos donde unos científicos exponen sus teorías sobre la evolución del amor y que preceden al documental en sí.

No sería hasta el año 2008 que Ari Folman se presentaría con “Vals con Bashir”, un film de animación con estructura documentalista, sobre la matanza en Sabra y Chatila (Líbano) en 1982, y que él mismo escribe, produce y dirige. Le acompañan Max Richter, autor de la música, Declan Quinn en la dirección fotográfica y Nili Feller en el montaje.


Estrenada en Israel, la cinta toma el nombre de una escena de la misma, en la que Shmuel Frenkel, comandante de la unidad de infantería, coge una ametralladora MAG y baila disparando contra los francotiradores que habían rodeado a su unidad en una calle llena de carteles del político libanés Bashir Gemayel. Ese mismo año el film ganaría el “Globo de Oro” a la mejor película de habla no inglesa y el “César” a la mejor película extranjera, entre otros premios. Al tiempo fue nominada al “Óscar”, también a la mejor película de habla no inglesa y al “BAFTA” como el mejor film de animación.

Hay películas con imágenes tan poderosas que se te quedan grabadas y luego cuesta quitárselas de la cabeza, para bien o para mal. “Vals con Bashir” es una de esas. No solo por lo que cabe esperar, ni por lo que se cuenta, sino por cómo lo hace. A través de una composición de imágenes oníricas y otras realistas de una fuerza y arrebato, que componen un trabajo casi pictórico de extraordinaria belleza y pasión exultante, que realmente convierte la cinta en un trago amargo difícil de digerir. El dramatismo que impregna la obra la dota de un realismo que se nos aparece con la estructura de documental que tiene la película, otorgándole al tiempo carácter y una veracidad desgarradora. Es la historia de la desestructuración de un ser que desea reencontrarse y que investiga la memoria de un suceso terrible.


No es este film un producto comercial al uso, requiere atención y una predisposición especial para poder consumir y asumir la crudeza de la narración y la particular composición de sus imágenes. Algunas de ellas creadas creadas a partir de falsos recuerdos, sueños o pesadillas. “Esta historia es mi historia”, declaró Ari Folman. “La película retrata lo que pasó desde el momento en que me dí cuenta de que había borrado partes de mi memoria”, añadió. El director, además, ha confesado que los cuatro años que estuvo desarrollando la obra, provocaron en él una confusión muy intensa.
Vals con Bashir”, gira en torno a la matanza de refugiados palestinos en las poblaciones de Sabra y Chatila, en el Líbano de 1982.


Como hilo conductor, un sueño recurrente al que el propio cineasta israelí quiere dar sentido. Él es el protagonista de esta película de animación que se nos aparece en forma de docu-drama, porque lo fue también de la historia que cuenta, y son sus recuerdos, o la falta de ellos, los que originaron el film.

Folman vivió en toda su expresión los terribles hechos que se narran. Destinado a esa zona de convulsión cómo soldado, su memoria le traiciona y quiere averiguar hasta que punto ese sueño es real o totalmente inventado. Esa necesidad de recordar la verdad le revelará la estupidez, el horror y todas las consecuencias de un conflicto bélico absolutamente absurdo y despreciable.

Cuenta la cinta con una excelente banda sonora original compuesta por el músico minimalista inglés de origen alemán, Max Richter. Incluye también una lista de canciones antibelicistas como “Enola Gay”, “This is not a love song”, “Good morning Lebanon” y una versión de “I bombed Korea”, reescrita para la película y bautizada como “I bombed Lebanon”. Es preciso remarcar que la música en este film es de una importancia capital, ya que se convierte en un personaje mas, describiendo las escenas como si fuera un comentarista de los eventos sucedidos en la guerra. Recurso que especialmente Francis Ford Coppola, utilizó en su majestuosa “Apocalypse Now” en 1979 y recientemente también Fernando León de Aranoa para su “A perfect day” de 2015, donde nos habla de la situación de unos cooperantes en pleno conflicto de los Balcanes.


El israelí Ari Folman, nos presenta una obra que trata de la memoria del individuo y sobre su experiencia en la guerra y de forma global nos retrata al ser humano y sus límites, su capacidad de supervivencia y adaptación al medio, mientras le envuelve un caos de violencia descerebrada.
En “Vals con Bashir”, podemos reconocer técnicas de animación que Richard Linklater ya llevó a cabo con “Waking Life” de 2001 o “A Scanner Darkly” (“Una mirada a la oscuridad”) de 2006, aunque en realidad Folman no recurrió a la rotoscópia, sino que se grabó en vídeo primero en estudio, y posteriormente se editó y se crearon más de 2.000 “story-boards”. Esa supuso la base para embarcarse en una aventura de producción partiendo desde cero.
El resultado es realmente sorprendente y extraordinario, todo un acierto y animo al espectador a no asustarse ante esta propuesta porqué sea un documental, ni por el tema que trata, y mucho menos por el hecho de que sea una cinta de animación.


El trabajo es extraordinario, con unas escenas que inquietan, conmueven, emocionan y de tal fascinante belleza que logran inducir al espectador a una seria reflexión. Desde la demoledora escena inicial, que nos recuerda a “Apocalypse Now”, Folman conforma una espectacular película, única por novedosa en su forma de conjugar distintos formatos y géneros. Una superlativa capacidad para evocar el drama en toda su crudeza mediante elementos nada realistas, con unos dibujos de portentosos claroscuros que retratan la memoria y lo que de ella falta. Reconstruye memorias, fantasías, alucinaciones y posibilidades, con contundencia y de manera devastadora.

El director, trata de recordar qué ocurrió durante su época como soldado destinado a zona de guerra durante la invasión del Líbano a las órdenes de Sharon, y utiliza el cine como una terapia, y a base de una catarsis de escenas bélicas, recreadas en animación, reconstruye lo que su memoria le oculta. Introduce la amnesia en el personaje, reservándose para el final de la película la información más impactante sobre la ocupación de Beirut. El director hecha mano de todos los instrumentos a su alcance para de alguna manera encauzar un mensaje que no sea tomado como maniqueista.

La obra del realizador no mantiene un tono documental constante ya que desde el inicio, el enfoque aunque está personalizado, adquiere un tono de realidad, una realidad que Folman se encarga de traducir a ficción; desde el amigo que relata su sueño al inicio, hecho que desencadena la necesidad de recordar, como todos los demás amigos que entrevista, que a pesar de que ciertamente son reales, él los plantea como personajes. Algo que remarca acertadamente cuando los retrata con sus detalles y manías. De todas formas los “flashbacks” aparecen en “voz en off”, hecho que argumenta más si cabe el documentalismo que pretende el film.


Nos encontramos ante dos estilos muy diferenciados y probablemente el que mayormente consigue su propósito sea el del documental, ya que se apoya en hechos más que documentados de gran fuerza. Tal vez la otra parte, la que relata lo personal, no consiga ese mismo climax de intensidad, pero que duda cabe que, con un estilo demoledor, Ari Folman, consigue provocar una impactante catarsis de ilusión, imaginación, dolor y vergüenza, que convierten el visionado en algo obligatorio e imprescindible para cualquier aficionado al séptimo arte, además de una ocasión incomparable para comprender el horror que supone una situación de ese calado. El horror de un conflicto permanente, que aunque cambie de fronteras sigue perenne en su camino inexorable.

Debido a una perdida de definición de los personajes, ya que a veces sólo aportan sus recuerdos, estos pueden parecernos indiferentes, y es en estos momentos del film cuando el realizador utiliza las batallas como hilo conductor de la historia. Recurso utilizado por Stanley Kubrick en su magnífica “Full metal jacket” (“La chaqueta metálica”) de 1987, consiguiendo así que la película parezca una acumulación de momentos históricos aislados y no una narración lineal, reforzando y manteniendo el énfasis en el documentalismo y la veracidad.


En ningún momento se presenta a Israel como un país ecuánime o pacífico, al igual que de ninguna manera se justifican las decisiones de Ariel Sharon, entendiendo que se produce una terapia reparadora, ya que no tan sólo sale a la luz lo ocurrido, o hasta que punto el realizador se agarra a un clavo ardiendo en busca de esa redención. Esa cruenta matanza de refugiados palestinos en 1982, conforman los acontecimientos que dan pié al israelí Ari Folman, para reconstruir la memoria borrada o escondida en su mente. Eso le permite lanzar un mensaje claro, duro, seco y antibelicista y que de forma original se atreve a dibujar el horror de una dura historia que hipnotiza y que es capaz de secar la garganta al menos sensible. La cinta derrocha y se perfuma de compromiso y riesgo con una inusitada fuerza visual. Utilizando la estética Cómic consigue una libertad total para poner de manifiesto el escenario del conflicto, logrando transmitir el mensaje con una magnitud especial que no obvia la crítica que existe hacia su país. Juega de forma inquietante con los límites de la realidad en un ejercicio para valientes, lleno de osadía y acierto para construir un escenario bélico difícil de olvidar en una zona donde de manera constante se vive una tensión que palidece la mirada y la subsistencia sigue siendo actualidad.


Un proyecto que llevó cuatro años para completarse. Un trabajo inusual por lo que supone que un documental se lleve a cabo con cine de animación, de ilustración elegante, trazo grueso y un coloreado sobrio que no aleja de la realidad, sino que refuerzan la dureza de las historias que se relatan. Una cinta que se apoya acertadamente en la combinación de música clásica con canciones de los años 80 y que maneja unos códigos espectaculares con gráficos realistas y escenas surrealistas, añadiendo una presencia más como relator, el Cómic, como testigo de sus tiempos, en un guiño al auge que vivían en aquellos años.


Puede que el público llegue a regatear la contundencia de los hechos que se muestran a pesar de que se conozcan. Tal vez sea por el formato animado, en lugar de real, por más que los dibujos busquen el realismo. Cabe recordar que al final del film, el único momento en el que las imágenes son reales, un segmento que muestra el horror verdadero, el director parece recalcar los hechos como dándoles una áurea de veracidad. En cualquier caso Folman, la valoración de ese tramo la dejó al libre albedrío del espectador. Por mi parte considero que esta secuencia no es necesaria y que la armonía, de lo que creo es una obra redonda, parece quedar desprestigiada así cómo el fresco dibujado hasta ese momento. Siempre cabe la posibilidad de que el autor, con el deseo de llamar la atención sobre los hechos, se planteara este final a costa de romper la terrible belleza del conjunto. Una cinta que te sumerge en la odisea de una pesadilla, recorriendo recuerdos olvidados y alucinaciones que ponen en pié un rompecabezas para alcanzar ese hipnotismo visual que el autor persigue. “Vals con Bashir” es una película capaz de remover conciencias, es desgarradora y provocadora.

Hasta un próximo artículo, buen cine...y mucha suerte.

sábado, 10 de agosto de 2019

The Basketball Diaries (Scott Kalvert) 1995


“THE BASKETBALL DIARIES”
(DIARIO DE UN REBELDE) SCOTT KALVERT, 1955


Antes de adentrarnos en la película de la que hablaremos hoy, sería necesario primero revisar brevemente la historia de Jim Carroll, autor del relato en que se basa la película y la cual incluye un cameo del polifacético artista..

Aparte de ser un gran aficionado a la escritura, James Dennis Carroll, conocido cómo Jim Carroll, nacido en Nueva York el 1 de agosto de 1949, murió el 11 de septiembre de 2009. Hijo de una familia de clase obrera, era un joven estudiante de instituto donde jugaba al baloncesto, que le llevó a entrar en la Biddy League” a los trece años, participando en la Escuela Superior Nacional del Juego de Estrellas en 1966.
Durante todo este tiempo Carroll, estaba viviendo una doble vida como un adicto a la heroína que se prostituía para pagar su hábito, pero también escribía poemas y participaba en talleres de poesía. Asistió brevemente al Wagner College y a la Universidad de Columbia. En secundaria publicó su primer poemario “Organic Trains”. Algunos literatos locales se interesaron por su obra y comenzó a publicarse en la revista “Poety Project”, esto hizo que pronto su obra apareciera también publicada en revistas literarias como:“Elite Paris Review”.


En 1970 comenzó a trabajar con Andy Warhol, en la creación de diálogos, pero terminó siendo su particular co-director teatral, y fue en 1978 cuando publicó “The basketball diaries”, un relato autobiográfico sobre sus vivencias como adolescente dentro de una cultura de drogas duras en Nueva York. Resume su vida desde los doce hasta los dieciséis años y relata sus experiencias sexuales, su carrera en el baloncesto y su adicción a la heroína, en la que había caído desde los trece años.
En 1978 decidió trasladarse a California para abandonar la heroína y allí fundó una banda punk-rock muy influenciada por los acordes de Patty Smith, con la que compartió apartamento en Nueva York junto a Robert Mapplethorpe y que bautizó cómo:“Jim Carroll Band”. Colaboró igualmente con músicos como Lou Reed, Blue Öyster Cult, Boz Scaggs, Ray Manzarek, The Doors, Pearl Jam o la Electric Light Orchestra. Después de trabajar cómo músico, Carroll, volvió a escribir durante toda la década de los ochenta. Mientras se encontraba en su mesa de trabajo un repentino ataque al corazón sesgó su vida a la edad de 60 años.

Unos años antes de fallecer, en 1995, Scott Kalvert retoma el libreto del relato de Carroll y decide llevarlo a la pantalla y bajo su dirección tenía toda una selección de actores y actrices más que interesante. El protagonista, Leonardo DiCaprio da vida al polifacético artista Jim Carroll, y le acompañan una, aún no tan veterana en las pantallas, Lorraine Bracco, un joven Mark Wahlberg y completando el reparto aparecen Patrick McGaw, Bruno Kirby, Juliette Lewis, James Madio, Ernie Hudson, Michael Imperioli, al que veríamos mas tarde en la conocida serie “The Sopranos” junto a James Gandolfini y el propio Jim Carroll interpretando un pequeño papel cómo “Frankie Pinewater”.


El guión lo firma Bryan Goluboff a partir del relato de Carroll, la fotografía corre a cargo de David Phillips y Graeme Revell es el autor de la banda sonora a la cual hay que añadirle las canciones que se escuchan en el primer disco del artista neoyorkino titulado:“The Catholic Boy”.

La crónica autobiográfica de Carroll le sirve al realizador para relatar las experiencias de un grupo de adolescentes, a los que sus gamberradas escolares les llevan por los oscuros caminos de la desesperación y sus actos fuera de clase amenazan con destruirlos.
Caminan por el filo de una navaja a un paso del abismo, esnifan productos de limpieza, practican pequeños hurtos, se ríen y aunque no sea visual se masturban con fotografías pornográficas, mientras el espectador asiste a esa autodestrucción que los convertirá en “carne de cañón”.


Es la historia de cinco amigos incapaces de mantener la cabeza a flote cuando pierden el control de si mismos. No se puede decir que se trate de un argumento novedoso: adolescentes de suburbios o clase media que caen en el nefasto mundo de las drogas, pero a diferencia de otras películas donde esta se trata de una forma más conceptual que empírica, “The Basketball Diaries”, establece una forma totalmente inversa: la prosa del poeta. Es física, es táctil. La transpiración, la saliva, los fluidos corporales hacen de ella una experiencia casi escatológica, dejando en posiciones ausentes de toda dignidad personal a los personajes. Denigrándolos tanto o más que los propios personajes se denigran a si mismos. Sin llegar a ser tan excesivo como Danny Boyle en su popular y escabrosa “Trainspotting” de 1996, Scott Kalvert firma una película que resultando algo más suave, probablemente debido al público a quien va dirigida, es de alguna manera precursora de la película de Boyle.

Sin ser una gran obra, si podemos decir que es una película muy honesta con un acurado sentido de la mesura y que contiene escenas realmente duras pero ciertamente son las justas y necesarias, al tiempo que todo el elenco raya a gran altura con unas excelentes interpretaciones a pesar de su juventud.

La película comienza con un joven Carroll, interpretado por Leonardo DiCaprio, que había visto como a pesar de su gran talento se derrumbaba su sueño de pasar de gran promesa del baloncesto, a estrella, y jugar en la liga profesional.
Ahora, en su lugar, él y sus amigos se veían inmersos en una espiral de drogas, prostitución y delincuencia, conociendo el lado más oscuro de la vida. Al tiempo, Jim, contaba sus vivencias en su diario, donde confesaba todos sus actos.


El film está impregnado, a través de sus textos, de toda la contracultura que había vivido el autor del relato, y su música, da pie a un acelerado “Facilis descensus averno” que citaba Virgilio en “La Eneida”, ese fácil descenso al infierno por el que transitan los personajes de la obra, pero que hacen de la cinta una película algo irregular.


El primer nombre que se barajaba para el papel protagonista era el de River Phoenix, pero falleció antes de que comenzara la producción y finalmente se contó con un extraordinario DiCaprio que nos deleita con una actuación portentosa. Hay que recordar que en aquellos años Mark Wahlberg era modelo de ropa interior para Calvin Klein, y DiCaprio aún no era un polizón ni tampoco se había hundido con el “Titanic”, ni le había vacilado a todo un FBI y ni mucho menos se había tomado un Martini con Scorsese que aparece junto al actor en un “cameo” del director en esta dura película para los adolescentes de aquella época, con un contenido totalmente pensado para un público del mismo rango de edad.
Esta autobiografía del músico, escritor y poeta neoyorkino protagonizada por el actor californiano, resulta un duro drama de adolescentes, drogas y desengaños en la que DiCaprio, demostrando ya en su juventud el talento interpretativo que se avecinaba, compone un personaje superlativo, atención especial a la escena en que le suplica ayuda a su madre desde el otro lado de la puerta. 


Una escena brutal y angustiosa compartida con una excelente Lorraine Bracco que interpreta a su progenitora. Junto a ellos dos, además de todo el reparto en general, merecen atención especial los trabajos de Mark Wahlberg y Juliette Lewis, esta última venía de concluir el rodaje de “Cape Fear” (“El Cabo del miedo”) dirigida por Martin Scorsesse en 1991, quienes también ya avecinan su futuro en la industria.

Hay en el film dos partes radicalmente diferenciadas; la primera parte se centra en la belleza de la juventud, mientras la segunda va directa al pozo de heroína. “Diario de un rebelde” es una película que no tiene la fama que se merece. Una historia contada perfectamente y que en ningún momento se hace pesada a pesar de algún altibajo. Esta cinta debería considerarse de culto. Pocas películas cuentan la realidad de las drogas mejor que esta.

Puede parecer extraño que en medio de esos turbios ambientes, celosamente sucios y olvidados, se escuchen frases cómo:Caen las lluvias del mes sobre mi animo”, pero el hecho de que el protagonista sea un adolescente con educación y de aspiraciones poéticas, complementa una obra que de no ser así podría haber quedado en la superficie de las adicciones. Algo que si sucede en el morbo alucinado de “Trainspotting” o en películas cómo: “Christiane F.” dirigida por Uli Edel en 1981 o “Requiem por un sueño” de Darren Aronofsky estrenada en 2001, mientras Kalvert opta por hacernos fluctuar entre la imagen babosamente auto-explícita y la fluidez narrativa de un poeta.


Entiendo que la postura del director no es gratuita ya que en el film hay dos puntos claramente enfrentados. Por un lado el de los jóvenes, por otro el de las instituciones sociales básicas. Liberación y conservadurismo. Leonardo DiCaprio, brillante y al límite de la excelencia, en la piel del protagonista Jim, es rechazado por la Iglesia más de una vez. Es esta una imagen castradora, que muestra lo establecido al igual que la escuela, y también la familia, llevada en última instancia a una posición de contención inquietante y falta de piedad.

Scott Kalvert, mediante la película, casi de soslayo y con disimulo, lanza sobre la mesa una reflexión muy incómoda de contestar: ¿Será la destrucción de los antiguos estatutos sociales, hoy ya decadentes y represivos, una de las causas que lleva a esta juventud a una situación cada vez más descarriada y delictiva?.
Para cuando el espectador se hace la pregunta y la película utiliza esta arma secreta, el punto de vista se adueña pura y exclusivamente del protagonista, convirtiendo la trama en una cuestión totalmente personal.


Algunas de las razones por las que merece la pena el visionado de esta cinta son la grandiosa interpretación de Leonardo DiCaprio y una gran y desgarradora historia contada a ritmo de fotogramas, y por esgrimir alguna razón para no verla, quizás aducir que haya algunas imágenes que puedan herir sensibilidades. En definitiva es una película lúcida, honesta y muy personal, un film maldito que pocos recuerdan y que merece ser revisado.


Hasta aquí la sesión de hoy, como siempre, buen cine...y mucha suerte.