John Ford,
hijo de padres irlandeses de primera generación, nace en 1894
en el norteamericano estado de Maine. Fue bautizado como Sean
Aloysius O'Feeney, y se le ha asimilado completamente en el
mito cinematográfico estadounidense, de forma que su herencia
irlandesa a veces no se reconoce. El hombre que pronto se convertiría
en sinónimo del público por su marcado apellido norteamericano,
Ford, pasó la mayor parte de su temprana carrera en
Hollywood acumulando buena voluntad al convertir el producto
de estudio en un esfuerzo por realizar proyectos más personales,
nominalmente biográficos, con perspectivas comerciales menos
inmediatas.
Tras despegar
rápidamente con dos obras estrechamente sostenidas a mediados de los
años 30, “The Informer” (“El delator”)
de 1935 y “The plough and the stars” (“El
arado y las estrellas”) en 1936, pasaría bastante
tiempo hasta que el director pudiera realizar su siguiente proyecto
de verdadera pasión, una adaptación de una corta historia de
Maurice Walsh titulada “The Quiet Man”
(“El hombre tranquilo”) de 1951. Tardaría
16 años en llegar finalmente a buen término. Sin embargo, la espera
resultaría beneficiosa para el cineasta, quién tras salir de
algunos de sus westerns más queridos como “The Wagon Master”
y los tres que conforman su trilogía sobre la Caballería, “Fort
Apache”, “She wore a yellow Ribbon” y
“Rio Grande”, había madurado, en medio del
tiroteo, un cineasta poco común, de gracia y profundidad romántica.
John Ford, admitía que
había estudiado asiduamente a los irlandeses durante cuarenta años,
que no sabía nada sobre ellos y que nunca había conocido a un
irlandés con el que pudiera estar de acuerdo. Todo ello,
aparentemente, no tiene ningún sentido. Porque es obvio que para
rodar el film “The Quiet Man” tuvo que viajar a la
“Isla Esmeralda” con alguno de sus veteranos
colaboradores. Posteriormente reclutó a algunos incondicionales del
Abbey Theatre antes de encender las cámaras
Technicolor para rodar una historia emocionante y de paisaje
verde y húmedo para presentar esa imagen tan cariñosa del lugar.
Es indudable que el director y su
escenógrafo habitual, Frank S. Nugent, utilizaron la
historia de Maurice Walsh para llegar a un diálogo que
es tan melodioso como la canción de una alondra y se divierten mucho
con ello.
John Ford esperaba
adaptar la historia del “Saturday Evening Post” del
mencionado Maurice Walsh como una producción
independiente en 1937, antes de que los problemas de
financiación frustraran sus planes. Eso le decidió a hacer del
rodaje en 1951 una ocasión especial, después de firmar el
desalentador documental de guerra “This is Korea”.
Al volver a la comunidad que había
visitado con frecuencia cuando era niño, Ford se
permitió su nostálgico sentido del regreso al hogar, encontrando
trabajo para los hijos de John Wayne, los hermanos de
Maureen O'Hara y al hijo de Victor McLaglen
como asistente de dirección, así como su propia descendencia y
hermano Francis, quien estaba haciendo la penúltima
aparición en las películas de John Ford. Incluso los
hermanos Barry Fitzgerald y Arthur Shields
se reunieron con viejos amigos del Abbey Theatre.
Pero aunque muchos críticos la
elogiaron como una encantadora porción de fantasía caprichosa
irlandesa, “The Quiet Man”, representó una
inversión del claro mensaje social de “How green was my
Valley”. Ciertamente había un montón de bravura varonil
familiar desde las secuencias de la trilogía sobre la Caballería de
Ford, y así la secuencia de de la pelea entre Wayne
y McLaglen atronando a través de la aldea, permaneció
entre sus escenas mas recordadas.
Sin embargo, había una sensación real
de la salvaje simplicidad de la vida en el condado impecunioso, y
aunque los problemas de la década de 1920 fueron minimizados,
las tensiones entre las diferentes agrupaciones sociales y
religiosas, aún se mantenían bajo la superficie en las portentosas
imágenes en technicolor de los oscarizados Winton Hoch
y Archie Stout.
Ford también expuso la
represión hipócrita impuesta por la Iglesia Católica, pero
guardó su ira especial por la brutalidad a penas reprimida de “Sean
Thornton”, que no solo le hizo matar a un hombre en el
ring, sino que también inspiró su actitud chovinista hacia “Mary
Kate”. No en vano, tal grosería también tenia la
intención de simbolizar la insensibilidad estadounidense a las
costumbres y prácticas locales, ya que se animó a su autodenominada
tarea de vigilar el mundo.
Frente a tener que interpretar a un
títere para un elenco de ladrones de escenas nacidos de manera
natural, Wayne siempre contó con esa muestra de
incivilidad emocional y cultural entre sus tareas más difíciles.
Sin embargo, fue ignorado por la Academia, mientras el
realizador de Maine recibía su cuarto y último premio al
Mejor Director.
No es una historia complicada lo que se
cuenta. Es meramente la historia de “Sean Thornton”,
que nació en Inis-free, fue a Pittsburgh, donde se
convirtió en una mano de molino de acero y un luchador premiado y
donde mató a un hombre en un combate de boxeo, una casualidad que lo
llevó de regreso a su lugar de nacimiento buscando paz mental y
tranquilidad. Así, con la esperanza de comprar la cabaña donde
nació, también pretendida por su futuro cuñado, llega en el tren,
que siempre llega dos o tres horas tarde una suave mañana de
primavera.
A partir de aquí deberá enfrentarse a
la más linda muchacha del condado y a “Will Danaher”,su
hermano terrateniente, un escudero frustrado en su cortejo de la rica
viuda “Tillane”. Es obvio que nuestro héroe se
enamorará de “Mary Kate” y que el susodicho
“Danaher” se interpondrá en el camino. Pero a
través de los buenos oficios de un astuto agente matrimonial, el
sacerdote, el vicario y la gente del pueblo, ansiosos de ver caer a
“Will”, el protagonista acabará por llevarse a la
novia.
Sin embargo este no es un buen romance,
no es el punto que Ford y compañía están tratando de
hacer. “Sean” no esta familiarizado con las
costumbres irlandesas que requieren que una joven llegue hasta un
hombre con una dote. Y, obviamente, un hombre que no luchará por la
dote de su esposa, no es un hombre en absoluto. Ese uso acentuado y
cómico del maestro Ford de esas costumbres en su
película, son las que otorgan su verdadera esencia al film. El
cortejo de la pareja, bajo la atenta mirada del casamentero, es una
comedia baja pero encantadora. La escena en la que “Mary
Kate” intenta verter sus problemas en el oído del padre
“Lonergan”, que acaba de enganchar el salmón que
ha estado tratando de pescar durante años, es explosivamente
divertida, y la lucha culminante entre “Sean” y su
musculoso cuñado es cursi pero tan larga y completamente
satisfactoria como cualquier “Donniebrook” que se
haya proyectado. Toda una feria. El hecho de que todo el pueblo esté
apostando sobre quién será el vencedor, con tiempo para un par de
pintas en el pub de “Pat Cohan”, le da un encanto
nativo, al igual que la amistad familiar que sigue a la batalla.
Esta extravagante comedia irlandesa
esconde algunas ironías duras en su recreación brumosa y nostálgica
del sueño de un exiliado. Pero el tema de la ilusión/realidad que
subyace en el regreso del boxeador inmigrante, interpretado por John
Wayne, llegado de Estados Unidos al condado de Galway
y que se involucra en un cortejo de domesticación de una Maureen
O'Hara de pelo en llamas, y un maratón de feria con su
truculento y reprimido hermano, McLaglen, prontamente
le lleva a una inmersión escénica dentro de una comunidad vibrante
de carismáticos irlandeses. Ford lo describiría
gnoticamente como “la imagen más sexy jamás hecha”.
Con excelentes efectos visuales de
verdes prados, campos labrados y arroyos de la aldea de Cong
del condado de May, así como otras áreas de Eire, y
dado el sentimentalismo del realizador, adorna la escena y la
historia con suficientes aires para hacer que incluso un tenor lleno
de poder alcance el “Do mayor”. El tema “The wild
colonial boy” debería hacer que los ojos de los hombres
más duros se empañen, y “Galway Bay” y “The
young may moon” también deberían alegrar el corazón.
El director había creado un grupo
estable de actores con raíces tan lejanas que resultaría esencial
para preservar el matiz cultural de la historia, salvo John
Wayne, quién en ese momento era un icono y formaba un
paquete con Ford. Por supuesto, John Ford
no filmó “The Quiet Man” en Irlanda en su
totalidad, pero su elenco actúa como si nunca hubieran estado en
ningún otro lugar. John Wayne es un hombre tranquilo
que se convierte en un ciudadano iracundo que arrastra a su esposa a
través de los verdes y húmedos campos para demostrar su amor.
Maureen O'Hara, es hermosa como su amor de cabello
rojizo y con un temperamento ardiente que combina con sus trenzas. Un
sublime Barry Fitzgerald, está excelente como el
corredor de apuestas y bromista constante, que tiene la garganta
siempre seca . Victor McLaglen, estupendo y efectivo,
como el fuerte hermano mayor de cabeza porcina, mientras Arthur
Shields, como el vicario; Ward Bond, como el
padre “Lonergan”; Mildred Natwick,
como la viuda “Tillane”, y todos los actores del
Abbey Theatre encajan perfectamente en la historia como una
mano agarrando un vaso. Desde Ford hasta el último de los
participantes en el elenco están enamorados de Irlanda, eso
se nota, y nos regalan una pieza inolvidable del séptimo arte.
En un acontecimiento poco común para
la época, la acción exterior de la cinta se filmaría en
exteriores, en Irlanda, siendo la primera producción de
Hollywood en viajar a la verde isla. En “The Quiet
Man” encontramos a un Ford refinando muchas de las
preocupaciones temáticas que le habían interesado durante la última
década, incluido el intento de un hombre por reconciliarse con un
pasado violento y la consecuente búsqueda del amor frente a la
oposición social y personal. Un hombre que regresa a su Inis-free
natal con la esperanza de recuperar la granja familiar de su
juventud, pero que pronto se enfrentará a unas luchas individuales,
ligadas en parte a su comportamiento estadounidense asimilado, que
debe enfrentarse de cara a su ascendencia, ahora transformadas en
grandes dramas domésticos de naturaleza romántica y masculina.
Esta comedia fanática y sentimental de
Ford, ambientada en el campo irlandés, y tras las
vistas panorámicas y áridas que el realizador había convertido en
una firma visual durante las décadas anteriores, se trasladan aquí
a la exuberante extensión rural de la tierra natal de sus
antepasados, a todas las colinas ondulantes y a los majestuosos
horizontes, y es tanto una aventura antropológica como una rapsodia
romántica. Profundamente enredada, más allá de lo esperado, en las
costumbres locales, incluidos los ritos formalizados del cortejo. De
hecho, el protagonista, descubre que la tradición llega hasta el
lecho conyugal, ya que la segunda mitad de la película gira en torno
a la consumación del matrimonio y la violenta batalla por el honor
familiar del que depende.
Ford dispara en su escala
típicamente épica pero íntima, alternando entre la acción
panorámica, filmada en exteriores “in situ” y los
encuentros en primer plano, mayoritariamente rodados en el set de
Hollywood, enfrentando a sus actores entre si en cuadros
estrechos, provocando una física proximidad, tan a menudo, como
bailan casualmente uno alrededor del otro entre enfrentamientos
verbales de combate. Cuando “Mary Kate” comienza a
entretener los avances románticos de “Thornton”, y
finalmente se enamora de sus encantos en conflicto, John Ford
afloja su control sobre el drama, permitiendo que la corriente cómica
que había surgido esporádicamente, finalmente subvierta los
impulsos apasionados de los personajes. El clímax de la película
con esa larga pelea a puñetazos, hilarantemente exagerada, entre
Wayne y McLaglen, suavizan la gravedad
del drama mientras aviva el espíritu romántico de la búsqueda
personal de “Thornton”.
Diseñada como una reminiscencia por el
casamentero y conductor de la calesa del pueblo, un brillante Barry
Fitzgerald, es una balada lírica larga en verdor espléndido
y caras teatrales caprichosas, así como la conciencia y la voluntad
de hierro que ocultan. El director de Maine, un narrador de
historias casi sin esfuerzo, factura simplemente un triunfo de la
estrategia de composición coordinada por el color y la lente.
Dejando una de las destilaciones más puras de la diversa naturaleza
artística de este carismático cineasta.
El ganador del Óscar en 1952
realiza un homenaje a Irlanda que existe solo en la imaginación de
compositores y poetas como Ford, un lugar de hadas donde la
gente realmente “da fe y mendiga”. Un film maravilloso,
con un maravilloso reparto encabezado por el impagable Barry
Fitzgerald como el ayudante “pixieish” o
duendecillo, de un Wayne que responde a todas las
demandas del carácter vigoroso y físico, bajo la dirección de John
Ford.
Esta película conforma un robusto
drama romántico, para convertirse en el milagro del cine eterno,
inabarcable, gracias a un cineasta que acaricia sus imágenes, que
ama a sus personajes y que convierte la magia del cine en la vida
misma.
Y así finaliza la sesión de hoy en El
diván de Louis Cypher, a la espera de próximas visitas, como
siempre, os deseo buen cine … y mucha suerte.
Después del gran éxito que obtuvo con
“Cabaret”,
que incluyen 8 premios Óscar,
el siguiente proyecto que abordaría Bob Fosse en1974,
iba a retratar a uno de los cómicos más famosos de la historia,
Lenny Bruce.
Una arriesgada biografía sobre uno de los pioneros de la comedia de
monólogos en Estados
Unidos,
conocido por su talante combativo, contracultural y políticamente
incorrecto. Un film, rodado de principio a fin en blanco y negro que
provocó reacciones divididas entre los admiradores del cómico, ya
que incide especialmente en su drogadicción y otros aspectos poco
agradables de su vida privada.
La
película, que relata los principios de Lenny
Bruce
como cómico, y su posterior ascensión, además de su vida personal
y las polémicas en las que se vio envuelto, nos sitúa en el
Baltimore
de 1951.
Hot Honey Harlow,
una bailarina de “striptise”, conoce a Lenny
Bruce,
un cómico de la misma ciudad, en una cafetería y ambos se enamoran.
Desde ese momento se convierten en inseparables y sus relaciones
continúan en Miami,
donde Honey
empieza a trabajar. Un día, y pese a las advertencias de su agente,
Artie Silver,
y su madre, Sally,
Lenny
se casa con Honey.
A requerimiento de su marido, Honey
deja su trabajo y ambos deciden montar un número cómico que
presentan en el Club Catskills.
Al tiempo, Sherman Hart,
el showman más destacado del país, avisa a Lenny
de que su repertorio puede que sea demasiado corrosivo para la clase
media habitual que suele asistir a estos espectáculos.
En un
principio Lenny
escucha su consejo, pero, en el último minuto de su show, cambia de
idea y comienza a insultar al público, que se arranca a carcajadas.
Esa misma noche y tras el éxito del cómico, el matrimonio sufre un
accidente y Hot Honey
resulta herida de gravedad. Al salir del hospital, descubrirá que su
esposo se ha estado viendo con una enfermera. Desde su primer show el
cómico, deja claro que es una figura a tener en cuenta. Armado con
un poderoso y escandaloso discurso y con una bailarina de
“striptease” como musa, Lenny
revoluciona la comedia y a todo el país con su áspero y ofensivo
humor, pero la vida de los bares del circuito de la comedia comienza
a hacer mella en él.
Las drogas y arrestos policiales por el
contenido de sus actuaciones pesan demasiado a este paladín nada
convencional, pero no le impiden llegar a unos extremos que le
conducen a su trágico final, convirtiéndose en todo un mito, que
tras trabajar en clubes nocturnos y locales de dudosa reputación,
termina alcanzando la fama por su verborrea ácida, crítica e
incisiva, que tal como se ha comentado, en más de una ocasión le
causará problemas con la justicia. Una vez fuera del escenario, las
risas se apagan, la relación tumultuosa de drogas y sexo poco
convencional con su esposa, que terminaran por separarse y su cada
vez mayor dependencia de las drogas convierten poco a poco su vida en
un infierno, y termina muriendo de una sobredosis.
En
esta biografía sobre el famoso humorista norteamericano creador de
una fórmula de éxito basada en monólogos en directo frente al
público con la única ayuda de un micrófono, el realizador no se
rodea de números musicales ni de vestuario glamuroso. Narrada de
manera sobria y sin efectismos, retrata una de las figuras más
controvertidas del mundo del espectáculo, debido a su mordacidad en
los chistes y a las críticas sistemáticas a toda la sociedad. Hecho
que le valió ser el blanco de todas las críticas de los grupos
religiosos, políticos y moralistas en los años cincuenta. Es este
también, un retrato mordaz sobre la lucha contra la censura y la
hipocresía del conservadurismo de mente pueril que tenía un
terrible afán por controlar las masas, ya que tal como decía,
“parece que cada vez nos gusta más hacernos
los ofendidos”,
y por lo políticamente correcto y por el avance de la ultraderecha.
Para el cómico eran malos tiempos para el humor y la libertad de
expresión, algo que terminaría por acabar con su vida. Aunque no
siempre se repite la historia, ni en su entusiasmo ni en su
desconcierto, hay que reconocer que como seres limitados y efímeros,
hay circunstancias en el tiempo que se asemejan mucho a las
disquisiciones de la actualidad, y no está de más reconocerlas o
sacarlas a la luz de nuevo.
La subversión es quizás el objeto principal de la historia, una
subversión que proviene del lenguaje.
Un
arma que puede sea la más poderosa que se conoce hasta ahora. Tal
cómo el propio Lenny
explicaba: “La clave está en la omisión. Si
hablas de ello, eres el peor miembro de la comunidad, pero para que
una palabra no haga daño hay que decirla y decirla, escucharla y
escucharla hasta que su diabólica intención desaparezca”
Al
igual que la Historia, la literatura o el periodismo, el cine nos
ayuda con estas curiosidades y a través de la cámara de Bob
Fosse,
disfrutamos de un enorme Dustin Hoffman
en su interpretación de Lenny Bruce.
Con un guión impactante de Julian Barry,
que adapta su propio libreto teatral, el realizador nos introduce en la
vida de este genuino símbolo del “stand up”, quizás el más
famoso y polémico cómico norteamericano de los años 60. Tras la
muerte del cómico, una serie de entrevistas recogen los testimonios
de su ex-esposa, Honey
a quien da vida la actriz Valerie Perrine,
su madre, Sally Marr,
interpretada por Jan Miner
y su agente Artie Silver,
rol que recae en Stanley Beck,
con el fin de conocer su vida. Una vida que discurre entre cabarets,
locales de “strippers”, antros nocturnos y droga, donde Bruce
ejerce su humor cada vez más corrosivo provocador, hiriente y
políticamente incorrecto. Un humor que acaba convirtiéndose en
protesta contra la simple y boba sociedad norteamericana y su falsa
bonhomía, y que terminará por costarle demasiado caro.
Es este un “biopic” lúcido y contundente sobre un comediante con
una carrera deslumbrante y controvertida. Un individuo que sacudió a
la sociedad con la crudeza de su lenguaje y la virulencia de su
discurso. Una victima de la libertad de expresión, victima de la
interpretación errónea de un público y una sociedad que, a pesar
de reírle u odiarle, no logra comprender su exposición, su discurso
anti segregacionista, anti credos, ante beatería sexual y anti
hipocresía.
Sin
ningún tipo de concesiones, el director deconstruye la historia en
dos argumentaciones lineales: las entrevistas y la acción, tomando
prestadas las técnicas del documental y valiéndose de la excelente
fotografía en blanco y negro de Bruce Surtees,
quién ofrece una imagen sin florituras, puesta al servicio
únicamente de la historia, sin doble intención y que permite a Bob
Fosse
jugar y perfeccionar su estilo, tanto en la planificación de las
imágenes así como el sonido. Completa el apartado técnico una
banda sonora excepcional de Ralph Burns,
que Fosse
apoya con su particular homenaje al jazz genuino con unas
maravillosas interpretaciones de Miles Davis.
Por
supuesto, esta es, además de por la dirección de Bob
Fosse,
la película de Dustin Hoffman,
que nos deja una inmensa interpretación, contenida, transparente,
alejada de histrionismos, muecas y gestos. Sobrio, sincero inusual e
imaginativo, Hoffman,
desarrolla un trabajo brutal y conmovedor sobre el personaje de
Bruce,
un genio de altos vuelos con una personalidad a veces contradictoria
y que por tanto tampoco se salva, especialmente por su extraordinaria
facilidad para manipular más allá de las palabras, también a los
que le rodean. No se puede tener todo y en el trabajo de Hoffman
quedan claras las debilidades e imperfecciones del protagonista. Esta
actuación, totalmente convincente incluso en las escenas donde tiene
que ser cómico y contar monólogos, fue merecedora de la nominación
al Óscar,
que terminaría obteniendo.
También fue nominada por la academia al
galardón, su compañera de reparto Valerie
Perrine,
quién está muy convincente como su esposa, un trabajo que la
llevaría a obtener el premio como Mejor
Actriz
en el Festival de
Cannes.
Estamos
ante una película perfecta si se desea reflexionar sobre los
límites, del humor en este caso, sobre las trabas a la expresión,
sobre los progresos o deterioros de la libertad o más concretamente
sobre si está también superada hoy en día una de las frases que
podemos escuchar en la cinta: “¿Podrían creer que
las palabras que llevaron a Lenny a tantos juicios hoy sean parte de
cualquier repertorio cómico sin ningún problema?”.
Estamos
ante una más que notable película, que muestra un retrato mordaz
sobre una obsesión, la de la lucha contra la censura y la hipocresía
del conservadurismo de mente estrecha. Una cinta que de alguna manera
transita por los mismos territorios que films como “Network”
de 1977,
dirigida por Sidney Lumet
y “Talk Radio”
rodada por Oliver Stone en
1988.
Una
fantástica película, que el coreógrafo y director nacido en Chicago en
1927
y fallecido en la ciudad de Washington
en 1987,
firmaba para dejar una trío monumental para la historia del
celuloide, junto a la ya mencionada “Cabaret”
de 1972
y su otro gran musical, “All that jazz”,
de 1979,
en la que el actor Roy Scheider interpretaba
al propio coreógrafo, e inspirada en el intenso periodo de edición
de “Lenny”
y mientras simultaneamente preparaba el musical “Chicago”,
para Broadway en
1975.
“Hasta los diecisiete años
sufrí un trauma, siempre creí que mi nombre era Cállate”.
(Lenny Bruce)
Aquí termina la sesión de hoy en El diván de Louis Cypher, hasta una próxima ocasión, como siempre, buen cine...y mucha suerte.