Facilis descensus averno "El descenso al infierno es fácil" Virgilio, La Eneida

viernes, 27 de marzo de 2020

Arsenic and old lace (Frank Capra, 1944)

ARSENIC AND OLD LACE”
(Arsénico por compasión) Frank Capra, 1944


Dirigida en 1941, aunque se estrenó en 1944, por Frank Capra, está interpretada por: Cary Grant, Priscilla Lane, Peter Lorre, Raymond Masey, Josephine Hull, Jean Adair, John Alexander, Jack Carson, James Gleason y Edward Everett Horton.
El guión corre a cargo de: Julius J. Epstein y Phillip G. Epstein y está basado en la pieza de teatro homónima escrita en 1939 por Joseph Kesselring, estrenada en Broadway en 1942. La fotografía pertenece a Sol Polito, el montaje es de Daniel Mandell y la música la aporta Max Steiner.


Tal como se ha dicho, Capra dirigió esta adaptación en 1941, poco antes de ingresar en el servicio militar para ir a la Segunda Guerra Mundial, aunque no se estrenó hasta 1944, después de que la versión teatral hubiera finalizado. Seguramente la prisa se muestre en este trabajo, quizás uno de los mas torpes y descuidados que el realizador y su estrella Cary Grant hicieron alguna vez, ya que el momento es abismal a lo largo de la cinta y eso convierte el ritmo rápido en un frenesí que a veces resulta adormecedor. La película tiene una duración de 118 min. debido a que Frank Capra expande la obra original en un grado suficiente como para mantener un ritmo constante, y teniendo en cuenta lo acumulado en la ejecución, el film no parece tan largo. La mayoría de la acción se limita a un conjunto encuadrado en la casa de las tías del protagonista, dos tías apaciblemente locas que suponen amable envenenar a las personas con las que entran en contacto, y su hermano loco y no violento que cree ser Teddy Roosevelt. Por ello, y a pesar de que Cary Grant y el resto del elenco están en plena forma en esta comedia clásica retorcida y oscura, la comedia negra de Kesselring sobre dos solteronas pintorescas con la capacidad asesina de una “Venus Flycatchers” (Dionascea muscipula), que presenta como un entretenimiento polvoriento pero suave, Capra, lo traslada a la pantalla de manera polvorienta pero feroz, con un exceso de actividad desenfrenada y poco sentido del tiempo cómico, siendo esto, tal vez, un gran acierto. 


Existen discrepáncias respecto a la interpretación de Cary Grant, quien a pesar de reconocer que se lo pasó en grande durante el rodaje, siempre insinuó que no había quedado muy satisfecho de su papel, ya que Capra le obligó a sobreactuar, algo que al actor nunca le satisfizo, ya que él estaba encantado con su imagen elegante y su capacidad por mantener el tipo, “Siempre me interpreto a mí mismo a la perfección”, dijo en una ocasión. Aquí Capra, no le dejó tranquilo hasta convertirlo en un auténtico payaso, ofreciendo cantidad de muecas y expresiones dislocantes de sus globos oculares, y entrando y saliendo vertiginosamente por puertas y ventanas. “Mortimer” fue el papel más loco de su carrera, con una interpretación a galope tendido que en algunos momentos llega a recordar a los actores cómicos del cine mudo. Mientras, Massey y Lorre, si dan el verdadero valor que sus personajes requieren, y no luchan para reírse, simplemente actuan macabros. Exudan amenaza como los invitados no deseados. Josephine Hall y Jean Adair son tan deliciosamente puntiagudas como letales, y John Alexander se arroja a su hilarante descripción del engañado hermano cuya convicción de que es el presidente Theodore Roosevelt le permite racionalizar la misericordia asesina de sus hermanas.

Frank Capra había conseguido el “préstamo” del trio Hull, Adair y Alexander, quienes interpretaban los mismos papeles en la obra de Broadway, e intentó que le “cedieran” también al famoso Boris Karloff, que interpretaba al hermano asesino de “Mortimer” y protagonizaba un “gag” memorable: operarse para parecerse a ¡Boris Karloff!, algo que el realizador utilizó para colocar constantes bromas en el guión sobre el parecido de Massey con Karloff, pero no fue posible y el papel fue para un también estupendo Raymond Massey, aunque probablemente, el mejor secundario de la cinta sea Peter Lorre, bordando en clave humorística, uno de sus clásicos papeles de pelota redomado. A pesar de todo ello, es precisamente Cary Grant quien roba la función, ya que su entrega deliberada y conmociones pantomímicas permiten que solo un susurro de cordura se filtre en este escenario gloriosamente excéntrico. Todo es extraño, aunque quizás, no maravilloso.


A menudo se dice que esta frenética comedia negra, que sigue dividiendo a la crítica, está totalmente fuera de lugar respecto del particular canon de “sentirse bien” de Frank Capra, pero conviene no olvidar que el realizador comenzó en el cine como escritor de chistes para los, por aquél entonces, reyes de la comedia, Hal Roach y Mack Sennet, y que dos de sus tres Óscar a la mejor dirección los consiguió por las comedias “It happened one night” (“Sucedió una noche”) en 1934 y “You can't take It with you” (“Vive cómo quieras”) de 1938.

Arsenic and old lace” es probablemente una de las películas más alocadas de toda la historia del celuloide. Pero hacer una comedia alocada no es una tarea sencilla, de hecho, muchos tratan de reunir una gran cantidad de “gags” presumiblemente graciosos y encadenarlos uno tras otro, sin darse cuenta de que todo debe tener coherencia interna.


El film tiene una historia tan sencilla como complicada al tiempo. “Samuel Brewster”, apodado “Mortimer”, interpretado por Cary Grant, es un conocido crítico teatral que se ha comprometido con “Elaine Harper”, a quién da vida Priscilla Lane, lo cual supone toda una sorpresa ya que siempre ha estado en contra del matrimonio. Antes de partir de viaje de novios, hace una parada en la casa donde creció y que es propiedad de sus encantadoras tías solteras, donde no solo descubrirá que “Abby”, Josephine Hull y “Martha”, Jean Adair, sobrias y refrescantes en un contexto gravemente tenso, han asesinado a trece caballeros con vino de saúco mezclado con arsénico, estricnina y una pizca de cianuro, sino que también tendrá que evitar que su psicótico hermano “Jonathan”, un impresionante Raymond Masey, encuentre los cadáveres en el sótano. A partir de este momento, una cadena de acontecimientos se suceden entre sus cuatro paredes, lo que supone uno de los viajes más delirantes, inteligentes y agudos a través de la risa. Una risa que proviene de transformar en un bestial humor negro unas situaciones en absoluto graciosas, pero que encadenadas una tras otra, se disfrutan como una montaña rusa de carcajadas, aportando como baza principal “el más difícil todavía”. Cuando parece que ya no se puede reír más, “Arsénico por compasión” sube un peldaño más en su humor hasta llegar a un final antológico.


Es muy posible que hoy en día para los espectadores sea mucho más atractiva su parte cómica que la más ideológica. El espíritu de identificación casi visceral de Frank Capra con el llamado “sueño americano”, que conectaba mejor que cualquier otro director con las emociones cotidianas de millones de personas que luchaban con la Gran Depresión y que apreciaban su optimista visión de una felicidad y justicia seguramente lejanas, pero posibles, y el canto al individuo y a la candidez que siempre significó el realizador, a quien se le ha acusado muchas veces de ser un director útil al servicio de un optimismo inútil, de difundir mensajes conformistas y rodar comedias sociales en las que los individuos, uno a uno, eran capaces de triunfar sobre malvadas tramas de corrupción o sobre la indiferencia de los hombres realmente poderosos, puede hacernos pensar que esta película tiene, como en casi toda su obra, un toque sentimental y según quién, algo blando. Pero nada más lejos de la realidad, “Arsenic and old lace” no contiene ni la menor traza moralizante. Las viejecitas son encantadoras, pero su pretendida compasión es dura como el pedernal: hombre solitario al que conocen, hombre solitario al que envenenan. Una idea que no pertenece al realizador sino al autor teatral Joseph Kesselring, quien escribió la obra en tres semanas. Probablemente quien no se ría con esta película es por que realmente se toma la vida demasiado en serio. Es una comedia muy, muy loca, caótica, rodada en un escenario ligeramente polvoriento y oscuro en el que abundan los muertos y los psicópatas, y en el que brillan como viejas luces de neón diálogos de estupenda cepa surrealista: “Creo que estoy cogiendo un resfriado”. “No, querido. Es el reverendo Harper quien ha estornudado”. “La vida de mi familia discurre arriba y abajo con la locura”.


Pensando nostálgicamente, podemos decir que ya no se hacen películas como esta, pues fueron los últimos años en los que aún era posible reírse a mandíbula partida de los asesinos en serie, y contiene, sobre todo en su primera parte, momentos simplemente desternillantes. Es una comedia llena de vida, de ritmo desenfrenado e imposible de olvidar.

Fue gracias a otras comedias que Capra consiguió lo que ningún otro director antes: que su nombre figurara por encima del título de la película, algo reservado, en aquél entonces a las grandes estrellas. Pero también es posible que “Arsenic and old lace” esté mucho más viva que algunas de aquellas otras más amables, y a veces dudosas, historias. Aquí no hay el habitual y típico paso de la risa a las lágrimas más que las que puedan provocar las carcajadas, por lo que esta loca farsa de humor negro, todo un monumento al culto del “gag”, ha dejado verdaderamente su marca en la historia del celuloide. “Arsénico por compasión” se acerca, con el filtro de la comedia, a la muerte y a la locura, con unas maravillosas tías, cuyas manías con el arsénico y su pasión por los hombres solitarios, son mostradas como actos de compasión hacia la gente que no tiene a nadie en el mundo. Choca de frente con la misma manía de “Jonathan Brewster”, la oveja negra de la familia, quien también mata a gente, pero sus instintos son de cariz asesino. Y mientras unas no se han movido de su casa, el otro ha tenido que viajar por medio país teniendo el mismo número de muertes sobre su conciencia. La muerte en manos de las tías, es algo extraordinario, casi deseable; en manos de “Jonathan” nadie querría estar.


La locura navega por toda la historia, desde la propia manía de “Abby” y “Martha”, hasta el personaje loco por antonomasia: “Teddy Roosevelt Brewster”, el tercer hermano, que creyéndose el presidente de Estados Unidos, está ajeno a todo, y a pesar de sus extravagancias, alguna de las cuales provocan los momentos más hilarantes de la película, como sus cargas al ataque subiendo las escaleras, llega a parecer el más cuerdo de todos. El director del manicomio interpretado por Edward Everett Horton, resulta estar más preocupado por que no haya más “Roosevelts” en su centro, que por la locura en sí de un paciente.


Cary Grant es el eje central de la cinta, la estrella absoluta cuya perfecta compenetración con el resto del reparto, le convierten en alma y motor del film, y a pesar de lo ya comentado respecto a la opinión del propio actor sobre su interpretación, hasta el punto de considerarla la peor de su carrera, nada está más lejos de la realidad, pues su vitalidad, su continuo movimiento en escena y sus histriónicas expresiones, nos llevan de vuelta a un camino de inevitable locura. Lo mejor de una película que en ningún momento quiere dar descanso al espectador. Todo ello con una dirección firme de Frank Capra, que con una arriesgada puesta en escena, atención a muchos de los muy osados planos del interior de la casa, mantiene el tono adecuado, controlándolo hasta el final.

En suma, un buen entretenimiento macabro que ofrece un buen número de carcajadas y unas pocas emociones melodramáticas genuinas, junto con algunas tonterías más superficiales. Una “screwball comedy” que Capra aceptó por dinero, y convirtió en obra maestra.


Con todo, es una lástima que el director no consiguiera terminar la película como quería: en lugar de que “Mortimer” explicara a su esposa que no tenía por qué preocuparse por la locura familiar pues él había sido un niño adoptado, intentó, sin conseguirlo, que el protagonista gritara: “Alégrate, soy un bastardo”. Quizás la famosa recomendación de Bernard Shaw, sea lo mejor para disfrutar de “Arsenic and old lace”: “Nadie dijo que la vida fuera fácil, hijo mío, pero ten valor: puede ser deliciosa”.

Aquí terminamos esta nueva visita a El diván de Louis Cypher. Solo desearos como siempre, buen cine ...y mucha suerte.





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