“ARSENIC
AND OLD LACE”
(Arsénico
por compasión) Frank Capra, 1944
Dirigida
en 1941, aunque se estrenó en 1944, por Frank
Capra, está interpretada por: Cary
Grant, Priscilla
Lane, Peter
Lorre, Raymond
Masey, Josephine
Hull, Jean
Adair, John
Alexander, Jack
Carson, James
Gleason y Edward
Everett Horton.
El
guión corre a cargo de: Julius J.
Epstein y Phillip
G. Epstein y está basado en la pieza
de teatro homónima escrita en 1939
por Joseph Kesselring,
estrenada en Broadway
en 1942.
La fotografía pertenece a Sol
Polito, el montaje es de Daniel
Mandell y la música la aporta Max
Steiner.
Tal
como se ha dicho, Capra
dirigió esta adaptación en 1941,
poco antes de ingresar en el servicio militar para ir a la Segunda
Guerra Mundial, aunque no se estrenó
hasta 1944,
después de que la versión teatral hubiera finalizado. Seguramente
la prisa se muestre en este trabajo, quizás uno de los mas torpes y
descuidados que el realizador y su estrella Cary
Grant hicieron alguna vez, ya que el
momento es abismal a lo largo de la cinta y eso convierte el ritmo
rápido en un frenesí que a veces resulta adormecedor. La película
tiene una duración de 118 min.
debido a que Frank Capra
expande la obra original en un grado suficiente como para mantener un
ritmo constante, y teniendo en cuenta lo acumulado en la ejecución,
el film no parece tan largo. La mayoría de la acción se limita a un
conjunto encuadrado en la casa de las tías del protagonista, dos tías apaciblemente locas
que suponen amable envenenar a las personas con las que entran en
contacto, y su hermano loco y no violento que cree ser Teddy
Roosevelt. Por ello, y a pesar de que
Cary Grant
y el resto del elenco están en plena forma en esta comedia clásica
retorcida y oscura, la comedia negra de Kesselring
sobre dos solteronas pintorescas con la capacidad asesina de una
“Venus Flycatchers”
(Dionascea muscipula),
que presenta como un entretenimiento polvoriento pero suave, Capra,
lo traslada a la pantalla de manera polvorienta pero feroz, con un
exceso de actividad desenfrenada y poco sentido del tiempo cómico,
siendo esto, tal vez, un gran acierto.
Existen discrepáncias
respecto a la interpretación de Cary
Grant, quien a pesar de reconocer que
se lo pasó en grande durante el rodaje, siempre insinuó que no
había quedado muy satisfecho de su papel, ya que Capra
le obligó a sobreactuar, algo que al actor nunca le satisfizo, ya
que él estaba encantado con su imagen elegante y su capacidad por
mantener el tipo, “Siempre me
interpreto a mí mismo a la perfección”,
dijo en una ocasión. Aquí Capra,
no le dejó tranquilo hasta convertirlo en un auténtico payaso,
ofreciendo cantidad de muecas y expresiones dislocantes de sus globos
oculares, y entrando y saliendo vertiginosamente por puertas y
ventanas. “Mortimer”
fue el papel más loco de su carrera, con una interpretación a
galope tendido que en algunos momentos llega a recordar a los actores
cómicos del cine mudo. Mientras, Massey
y Lorre,
si dan el verdadero valor que sus personajes requieren, y no luchan
para reírse, simplemente actuan macabros. Exudan amenaza como los
invitados no deseados. Josephine Hall
y Jean Adair
son tan deliciosamente puntiagudas como letales, y John
Alexander se arroja a su hilarante
descripción del engañado hermano cuya convicción de que es el
presidente Theodore Roosevelt
le permite racionalizar la misericordia asesina de sus hermanas.
Frank
Capra había conseguido el “préstamo”
del trio Hull,
Adair y
Alexander,
quienes interpretaban los mismos papeles en la obra de Broadway,
e intentó que le “cedieran” también al famoso Boris
Karloff, que interpretaba al hermano
asesino de “Mortimer”
y protagonizaba un “gag” memorable: operarse para parecerse a
¡Boris Karloff!,
algo que el realizador utilizó para colocar constantes bromas en el
guión sobre el parecido de Massey
con Karloff,
pero no fue posible y el papel fue para un también estupendo Raymond
Massey, aunque probablemente, el
mejor secundario de la cinta sea Peter
Lorre, bordando en clave humorística,
uno de sus clásicos papeles de pelota redomado. A pesar de todo
ello, es precisamente Cary Grant
quien roba la función, ya que su entrega deliberada y conmociones
pantomímicas permiten que solo un susurro de cordura se filtre en
este escenario gloriosamente excéntrico. Todo es extraño, aunque
quizás, no maravilloso.
A
menudo se dice que esta frenética comedia negra, que sigue
dividiendo a la crítica, está totalmente fuera de lugar respecto
del particular canon de “sentirse bien” de Frank
Capra, pero conviene no olvidar que
el realizador comenzó en el cine como escritor de chistes para los,
por aquél entonces, reyes de la comedia, Hal
Roach y Mack
Sennet, y que dos de sus tres Óscar
a la mejor dirección los consiguió por las comedias “It
happened one night” (“Sucedió
una noche”) en 1934
y “You can't take It with you”
(“Vive cómo quieras”)
de 1938.
“Arsenic
and old lace” es probablemente una de las películas más
alocadas de toda la historia del celuloide. Pero hacer una comedia
alocada no es una tarea sencilla, de hecho, muchos tratan de reunir
una gran cantidad de “gags” presumiblemente graciosos y
encadenarlos uno tras otro, sin darse cuenta de que todo debe tener
coherencia interna.
El
film tiene una historia tan sencilla como complicada al tiempo.
“Samuel Brewster”, apodado “Mortimer”,
interpretado por Cary Grant, es un conocido crítico
teatral que se ha comprometido con “Elaine Harper”,
a quién da vida Priscilla Lane, lo cual supone toda
una sorpresa ya que siempre ha estado en contra del matrimonio. Antes
de partir de viaje de novios, hace una parada en la casa donde creció
y que es propiedad de sus encantadoras tías solteras, donde no solo
descubrirá que “Abby”, Josephine Hull
y “Martha”, Jean Adair, sobrias y
refrescantes en un contexto gravemente tenso, han asesinado a trece
caballeros con vino de saúco mezclado con arsénico, estricnina y
una pizca de cianuro, sino que también tendrá que evitar que su
psicótico hermano “Jonathan”, un impresionante
Raymond Masey, encuentre los cadáveres en el sótano.
A partir de este momento, una cadena de acontecimientos se suceden
entre sus cuatro paredes, lo que supone uno de los viajes más
delirantes, inteligentes y agudos a través de la risa. Una risa que
proviene de transformar en un bestial humor negro unas situaciones en
absoluto graciosas, pero que encadenadas una tras otra, se disfrutan
como una montaña rusa de carcajadas, aportando como baza principal
“el más difícil todavía”. Cuando parece que ya no se puede
reír más, “Arsénico por compasión” sube un
peldaño más en su humor hasta llegar a un final antológico.
Es
muy posible que hoy en día para los espectadores sea mucho más
atractiva su parte cómica que la más ideológica. El espíritu de
identificación casi visceral de Frank Capra con el
llamado “sueño americano”, que conectaba mejor que cualquier
otro director con las emociones cotidianas de millones de personas
que luchaban con la Gran Depresión y que apreciaban su
optimista visión de una felicidad y justicia seguramente lejanas,
pero posibles, y el canto al individuo y a la candidez que siempre
significó el realizador, a quien se le ha acusado muchas veces de
ser un director útil al servicio de un optimismo inútil, de
difundir mensajes conformistas y rodar comedias sociales en las que
los individuos, uno a uno, eran capaces de triunfar sobre malvadas
tramas de corrupción o sobre la indiferencia de los hombres
realmente poderosos, puede hacernos pensar que esta película tiene,
como en casi toda su obra, un toque sentimental y según quién, algo
blando. Pero nada más lejos de la realidad, “Arsenic and old
lace” no contiene ni la menor traza moralizante. Las
viejecitas son encantadoras, pero su pretendida compasión es dura
como el pedernal: hombre solitario al que conocen, hombre solitario
al que envenenan. Una idea que no pertenece al realizador sino al
autor teatral Joseph Kesselring, quien escribió la
obra en tres semanas. Probablemente quien no se ría con esta
película es por que realmente se toma la vida demasiado en serio. Es
una comedia muy, muy loca, caótica, rodada en un escenario
ligeramente polvoriento y oscuro en el que abundan los muertos y los
psicópatas, y en el que brillan como viejas luces de neón diálogos
de estupenda cepa surrealista: “Creo que estoy cogiendo un
resfriado”. “No, querido. Es el reverendo Harper quien ha
estornudado”. “La vida de mi familia discurre arriba y abajo con
la locura”.
Pensando
nostálgicamente, podemos decir que ya no se hacen películas como
esta, pues fueron los últimos años en los que aún era posible
reírse a mandíbula partida de los asesinos en serie, y contiene,
sobre todo en su primera parte, momentos simplemente desternillantes.
Es una comedia llena de vida, de ritmo desenfrenado e imposible de
olvidar.
Fue
gracias a otras comedias que Capra consiguió lo que
ningún otro director antes: que su nombre figurara por encima del
título de la película, algo reservado, en aquél entonces a las
grandes estrellas. Pero también es posible que “Arsenic and
old lace” esté mucho más viva que algunas de aquellas
otras más amables, y a veces dudosas, historias. Aquí no hay el
habitual y típico paso de la risa a las lágrimas más que las que
puedan provocar las carcajadas, por lo que esta loca farsa de humor
negro, todo un monumento al culto del “gag”, ha dejado
verdaderamente su marca en la historia del celuloide. “Arsénico
por compasión” se acerca, con el filtro de la comedia, a la
muerte y a la locura, con unas maravillosas tías, cuyas manías con
el arsénico y su pasión por los hombres solitarios, son mostradas
como actos de compasión hacia la gente que no tiene a nadie en el
mundo. Choca de frente con la misma manía de “Jonathan
Brewster”, la oveja negra de la familia, quien también
mata a gente, pero sus instintos son de cariz asesino. Y mientras
unas no se han movido de su casa, el otro ha tenido que viajar por
medio país teniendo el mismo número de muertes sobre su conciencia.
La muerte en manos de las tías, es algo extraordinario, casi
deseable; en manos de “Jonathan” nadie querría
estar.
La
locura navega por toda la historia, desde la propia manía de “Abby”
y “Martha”, hasta el personaje loco por
antonomasia: “Teddy Roosevelt Brewster”, el tercer
hermano, que creyéndose el presidente de Estados Unidos, está
ajeno a todo, y a pesar de sus extravagancias, alguna de las cuales
provocan los momentos más hilarantes de la película, como sus
cargas al ataque subiendo las escaleras, llega a parecer el más
cuerdo de todos. El director del manicomio interpretado por Edward
Everett Horton, resulta estar más preocupado por que no haya
más “Roosevelts” en su centro, que por la locura
en sí de un paciente.
Cary
Grant es el eje central de la cinta, la estrella absoluta
cuya perfecta compenetración con el resto del reparto, le convierten
en alma y motor del film, y a pesar de lo ya comentado respecto a la
opinión del propio actor sobre su interpretación, hasta el
punto de considerarla la peor de su carrera, nada está más lejos de
la realidad, pues su vitalidad, su continuo movimiento en escena y
sus histriónicas expresiones, nos llevan de vuelta a un camino de
inevitable locura. Lo mejor de una película que en ningún momento
quiere dar descanso al espectador. Todo ello con una dirección firme
de Frank Capra, que con una arriesgada puesta en
escena, atención a muchos de los muy osados planos del interior de
la casa, mantiene el tono adecuado, controlándolo hasta el final.
En
suma, un buen entretenimiento macabro que ofrece un buen número de
carcajadas y unas pocas emociones melodramáticas genuinas, junto con
algunas tonterías más superficiales. Una “screwball comedy”
que Capra aceptó por dinero, y convirtió en obra
maestra.
Con
todo, es una lástima que el director no consiguiera terminar la
película como quería: en lugar de que “Mortimer”
explicara a su esposa que no tenía por qué preocuparse por la
locura familiar pues él había sido un niño adoptado, intentó, sin
conseguirlo, que el protagonista gritara: “Alégrate, soy un
bastardo”. Quizás la famosa recomendación de Bernard
Shaw, sea lo mejor para disfrutar de “Arsenic and old
lace”: “Nadie dijo que la vida fuera fácil, hijo
mío, pero ten valor: puede ser deliciosa”.
Aquí
terminamos esta nueva visita a El diván de Louis Cypher. Solo
desearos como siempre, buen cine ...y mucha suerte.









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