“EMPEROR
OF THE NORTH”
(“EL EMPERADOR DEL
NORTE”) Robert Aldrich, 1973
El 9
de agosto de 1918, nacía en Cranston (Rhode Island,
California), Robert Burgess Aldrich, un realizador
con una extensa e interesante filmografía. Entre sus cintas más
conocidas encontramos películas como “Apache” de
1954, “Vera Cruz”, del mismo año, “The
last sunset” (“El último atardecer”) de
1961, “What ever happened to Baby Jane?”
(“¿Que fue de Baby Jane?”) en 1962, “The
flight of the Phoenix” (“El vuelo del Fénix”)
en 1965, la archiconocida “Dirty Dozen”
(“Doce del patíbulo”) en 1967 y su
particular visión sobre la guerra de Vietnam adaptada al
western con “Ulzana's Raid” (“La venganza
de Ulzana”) de 1972. Así llegaría hasta 1973
para rodar un filme de culto, como “Emperor of the north
pole” (“El emperador del norte”), un
excelente drama ambientado en plena depresión económica que contaba
con el aliciente de ofrecer un magnífico duelo interpretativo entre
Lee Marvin y Ernest Borgnine. Completando
el “cast”, encontramos a un joven Keith Carradine,
Charles Tyner, Malcom Atterbury, Simon
Okland, Harry Caesar, Matt Clarck,
Elisha Cook Jr., Sid Hag y el actor
norteamericano de ascendencia noruega Lance Henriksen,
a quién podemos encontrar en las sagas de “Alien”
y “Millenium”. El guión, repleto de alicientes,
está basado en una historia de Jack London y corre a
cargo de Christopher Knopf, que aporta unos diálogos
de altísimo nivel. La fotografía pertenece a Joseph F. Biroc
y la excepcional banda sonora está compuesta por el siempre genial
Frank De Vol.
La
historia de esta película ambientada en el Oregón de 1933
durante la Gran Depresión, donde los hechos fueron dejando un
rio de vagabundos que usaban los trenes de mercancías para
desplazarse entre estados de forma ilegal, nos relata como un
vagabundo denominado “A nr.1”, al que da vida Lee
Marvin apuesta que conseguirá burlar a “Shack”,
el sádico maquinista del tren número 19, que ha prometido que
ningún trotamundos holgazán montará en su tren. Hasta ese momento
ha cumplido siempre su palabra, llegando a deshacerse sin reparos de
aquellos que lo han intentado. Pero “A nr.1” está
convencido de completar su hazaña y convertirse en una suerte de
héroe local, ganándose así el título de “El Emperador del
norte”. Su viaje no estará exento de problemas, pues
además de conseguir burlar a “Shack” deberá
lidiar con otros vagabundos dispuestos a arrebatarle las
credenciales.
“Emperor
of the north pole”, es posiblemente la última gran
película de este director, uno de los más personales del cine
norteamericano de la segunda mitad del siglo XX. Un realizador de
estilo inconfundible y que dota de mucho brío todas sus películas.
Robert Aldrich, por alguna razón para mí desconocida,
creo no ha sido suficientemente valorado, pero estoy convencido de
que junto a John Sturges, son dos realizadores que
iniciaron su carrera como grandes facturadores y terminaron, a pesar
de desarrollarla en los grandes estudios de Hollywood, por
doctorarse como grandes directores-autor.
El
cine de Aldrich, enamorado de los espacios abiertos es
de enorme fuerza visual, y suele contener una violencia extrema,
aunque siempre dentro de lo que supone un canto a la épica y a la
derrota a través de la decadencia que exhalan sus protagonistas, que
suelen enfrentarse a situaciones adversas y no dudan en jugarse la
piel con tal de no perder su dignidad y su honor. Respecto del film
que hoy abordamos, esta cinta es un retrato de la miseria en la que
están sumidos un ejército de olvidados, que son consecuencia de la
situación económica del país debido al crack del 29 que provocaron
los excesos financieros que otros patrocinaron. Unos renglones
torcidos que son las sempiternas víctimas que tratan de seguir
adelante entre sueños y esperanzas, viajando en los trenes de
mercancías en busca de otro paraje donde encontrar trabajo. Este
hecho queda perfectamente definido en la canción que abre el film y
donde se puede escuchar: “Un hombre hará cosas que no puede
hacer un tren. Un hombre sin fuerzas, a diferencia del tren puede
seguir adelante mientras posea un sueño”.
El
sádico, violento y despiadado “Shack”, que no duda
en usar el martillo para echar a los que tratan de colarse
ilegalmente en su tren, tiene en “A nr.1” a su
antagonista, un veterano y solitario personaje que representa la
generosidad de los desterrados frente al abuso de poder. Aquí es
donde aparece en escena “Cigaret”, interpretado por
Keith Carradine y que viene a ser la juventud
fanfarrona y codiciosa, capaz de despreciar la experiencia de su
posible mentor, tratando con impaciencia, de usurparle el honorífico
título para convertirse en el mito de los vagabundos.
Todo
parece desarrollarse como “A nr.1” tiene previsto y
accede al tren 19 de “Shack”, seguido casi a
hurtadillas por “Cigaret”. Una compañía que no
place para nada al veterano rodamundos. El acecho del maquinista hará
que el protagonista provoque un incendio en uno de los vagones, que
le valdrá para escapar de sus garras, pero el joven “Cigaret”
será apresado en una refriega con un jefe de estación y sus
guardias. Encolerizado “Shack” jurá que ninguno
más volverá a colarse en su tren. Sin embargo, “A nr.1”,
se reafirmará entre un grupo de vagabundos contando su hazaña,
ejerciendo así como “Emperador del norte”. Esta
charla provocará algunas dudas entre alguno de los asistentes, que
plantea que el verdadero héroe es “Cigarete”,
puesto que fue capturado por los guardias. Todo ello llevará al
veterano a afirmar que llegará a Portland subido en el tren
de “Shack”. Un reto que jamás nadie ha finalizado
con vida. Tal desafío es plasmado con una inscripción en el
depósito de agua de la estación donde se encuentra el tren
repostando. “Cigaret” aprovechará la confusión
que se crea cuando ven el rótulo para escabullirse de los guardias y
acceder al ferrocarril, convirtiéndose en el tercero en discordia en
este personal reto.
A
partir de aquí, la segunda parte del filme se mueve dentro del juego
del gato y el ratón, entre los dos vagabundos y el maquinista. Un
hombre de maneras groseras, tan mezquino, tan cruel y despiadado, que
la prioridad de su orgullo y falta de ética le llevará incluso, y
sin dudar, a poner en peligro la propia seguridad del tren en el que
reina, para evitar que “A nr.1” consiga su
propósito.
Mientras Ernest Borgnine, “Shack”,
es la tragedia; un personaje que en ningún momento muestra un atisbo
de humanidad, el “A nr.1” de Lee Marvin
se tornará en un espectro que aparece y desaparece entre el humo y
la niebla tratando de burlar las inspecciones de los guardias. Un
personaje que es un rufián que conoce todas las artimañas para la
supervivencia, pero está dotado de dignidad y ética, una figura a
la que Lee Marvin dota de un vibrante sentido del humor
y que con cada una de sus apariciones cambia el tono dramático de la
película y lo transforma en comedia. Son dos tipos en bandos
diferentes y con filosofías contrapuestas en un decorado donde la
Gran Depresión es el núcleo de la trama. Por otra parte el
carácter mezquino e individualista de “Cigaret”,
impedirá que tome nota de las lecciones aprendidas y le sirvan de
provecho ya que carece de los sentimientos necesarios para ejercer de
“Rey de los mendigos”. Él quiere ser como el
personaje de Marvin, pero esa falta de corazón le pasa
factura, a pesar de que “A nr.1” pretende educarlo
para que sea un “homeless” de bien y que adopte el papel de
hijo-alumno.
La
película, a punto de bajar el telón, nos deleita con un violento y
brutal duelo con hachas y cadenas de acero, de pinceladas “gore”,
entre dos de los actores con más carácter de la historia del cine y
que ya habían compartido pantalla en otras maravillas fílmicas como
“Bad day at Balck Rock” (“Conspiración de
silencio”) de 1955 dirigida por John Sturges,
y a la cual ya dedicamos un vídeo-artículo anteriormente en esta
sección, “Violent Saturday” (“Sábado
trágico”), dirigida por Richard Fleischer en
1962 y la anteriormente mencionada “Dirty Dozen”
(”Doce del patíbulo”) de 1967 y también
dirigida por Robert Aldrich.
Catalogada
como un film de acción y aventuras, posee una fotografía que se
beneficia de un continuo movimiento con espléndidos planos
ferroviarios. No es una película para mojigatos, pues contiene una
explicita violencia física y psíquica carente de concesiones a la
galería. No es de extrañar pues, que la presencia femenina quede
reducida a la aparición de una joven afeitándose una axila en un
tren y a la pequeña presencia de una devota de la iglesia bautista.
Las escenas de acción desarrolladas en la parte superior e inferior
del tren son de ritmo trepidante, especialmente una en la que
“Shack”, con la ayuda de una porra de hierro atada
a un cabo, trata de golpear a “A nr.1” y “Cigaret”
deslizándola por los bajos del ferrocarril. La fisonomía de los
actores es parte de cada plano, su descreimiento es el resumen de
cada secuencia y su forma de pronunciar los excelentes diálogos de
Knopf, convierten al film en un símbolo sobre la
supervivencia y la rebeldía.
El
tren como personaje ha tenido diferentes interpretaciones. Para
Fleischer puede que sea un laberinto de personalidades,
para Hitchcock, tal vez, el lugar idóneo para
encontrar el mal, para Delvaux,
un estado febril entre la ensoñación y la vigilia, mientras que
para Woody Allen, pasa a ser el peaje por viajar con
demasiados acompañantes a ninguna parte.
Sin embargo para Aldrich,
un tren es la toma de una decisión, es la confirmación de las
sospechas menos deseadas y el atrevimiento en toda su plenitud. Un
mundo dividido por los raíles para siempre y donde cada uno,
independientemente de la responsabilidad de estar a un lado u otro,
no deja de ser la toma de una decisión definitiva e inamovible. De
ahí que “Shack” decida ser un hombre de bien en el
infierno, mientras “A nr.1” prefiere ser un diablo
en la tierra, a pesar de que ambos provienen del mismo estrato
social.
Las
películas que transcurren en trenes siempre tienen algo de
metafórico e incluso alegórico. Son de construcción interna y
están ordenadas en todos sus factores. En cierto modo consiguen ser
subversivas en su clasicismo, ya que la unidad de espacio se torna en
un desplazamiento que consigue llevar el mismo ritmo y tienen el
mismo nivel de importancia que las unidades de tiempo y acción. Aquí
el realizador hace gala de un dinamismo absoluto en las formas y
rueda con un aire de Steimbeck oxigenado por Georges
Arnaud, y maneja un guión que contiene un caldo de cultivo
de tal sustancia que hace que Aldrich no caiga en la
tentación, algo difícil en su caso, de rodar una obra tibia y
populista. Precisamente por ello, por que eran tiempos de cambio en
el cine, que redundaban también en su trabajo, pues navegaba en un
cine de género en su superficie pero constestatário en su
profundidad, creo que finalmente deberíamos considerarlo no como un
simple director, sino más bien como un autor cinematográfico en
mayúsculas.
Pero
la película es mucho más que eso. Es un reflejo de una época que
desgraciadamente parece estamos condenados a repetir a lo largo de la
historia. Es también una cinta que comparte temática con la inmensa
“The grapes of warth” (“Las uvas de la
ira”), rodada por John Ford en 1940 o
el film realizado por Sidney Pollack en 1969,
titulado “They shoot horses, don't they?” (“Danzad,
danzad malditos”) en España. Películas donde se
exaltaban la dignidad y libertad de los marginados del sistema frente
a los deshumanizados poderosos. También mantiene en cierto modo una
estructura western ahondando en esa tradición del aprendizaje entre
maestro y alumno. De hecho, bajo el disfraz de cine de aventuras
subyace una agria crítica al individualismo y a la hipocresía de
cierto tipo de hombres, que mantienen hábitos indecentes que impiden
las relaciones humanas en su plenitud, un hecho que choca de frente
con el humanismo y nobleza de los perdedores. Una actitud, la de
estos, que les hará merecedores de la victoria moral frente al
sistema, y que el realizador de Cranston pone de relieve en
esta joya cinematográfica cargada de una superlativa inteligencia
moral.
Robert
Aldrich, que fue alumno aventajado como ayudante de dirección
con Charles Chaplin, Joseph Losey o Lewis
Milestone, entre otros, demuestra su abominación por el
camino fácil. Para él, solo tiene sentido que las cosas se consigan
como han de conseguirse, es decir, enfrentándose al sistema y
burlándote de él, y en este sentido tenía muy claro que su
película no iba a dejar contento a nadie. Es un film rodado a
contracorriente de Hollywood, ya que no existe pausa, ni
concesiones. Los actores no son guapos, no hay personajes femeninos,
el amor solo existe si es libre y en libertad. La violencia es
premeditada y brutal y no hay respiro ni al final. Aldrich
es como ese tren que sigue su camino aunque su vigilante ya no pueda
cuidar por su destino.
Y así
terminamos esta nueva sesión en El diván de Louis Cypher. Hasta una
nueva ocasión, como siempre solo desearos buen cine...y mucha
suerte.










No sé qué pasa con las imágenes que Google las quita. Mira cuando las pongas que no sean enlaces
ResponderEliminar