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jueves, 13 de febrero de 2020

The Hustler (Robert Rossen) 1961

THE HUSTLER”
(“El buscavidas”) Robert Rossen, 1961


The Hustler”, cuenta con un guión escrito para la pantalla por Robert Rossen y Sidney Carroll, basado en una novela de Walter Tevis, y está dirigida y producida por el propio Rossen para la Twentieth Century Fox.

El reparto, de auténtico lujo, lo encabezan: Paul Newman como “Eddie Felson”, Jackie Gleason como “Minnesota Fats”, Piper Laurie como “Sarah Parker” y George C. Scott como el despreciable manager “Bert Gordon”. Completando el “cast” encontramos a Murray Hamilton, a quién veríamos más tarde en “The Graduate” (“El graduado”) de Mike Nichols en 1967, como el millonario “Findlay”, Michael Constantine es “Big John”, Stefan Gierasch es el “Predicador”, el “Bartender” lo interpreta un ya retirado Jake LaMotta, y cierran el elenco Gordon B. Clarke como “Cashier”, Alexander Rose es “Scorekeeper” y Carl York como “Young Hustler”.


Robert Rossen (1908-1966), era hijo de inmigrantes judíos pobres, y trabajó brevemente como boxeador profesional antes de ingresar en el teatro neoyorkino y de allí a Hollywood para escribir imágenes de conciencia social para la Warner Brothers. Era ya un director establecido cuando con su “All the King´s Men” (“El político”) de 1949 ganaría el Óscar a la Mejor Película. Un film que cosecharía dos premios más: Mejor Actor para Broderick Crawford y a la Mejor Actriz de reparto, Mercedes McCambridge. Más tarde fue llamado ante el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara para responder por sus filiaciones comunistas, aunque ya había abandonado el partido en 1945, y fue brevemente incluido en la lista negra antes que aceptar nombrar a otros compañeros, para más adelante cambiar de opinión, confesar que había sido comunista y nombrar a otros 57. Ese fue el precio que tuvo que pagar para poder trabajar, y debe haber una sombra de ese precio en los compromisos que se le piden al personaje de “Fast Eddie”. A partir de entonces, siempre trabajó fuera de Hollywood, y esta experiencia coloreó su trabajo posterior, en el que los problemáticos héroes eran consumidos por la duda, el odio a si mismos, el miedo a la cobardía y la necesidad de justificarse.

Su penúltima película, “The Hustler, donde acertadamente decidió repartir el peso total y el tiempo de pantalla entre todos los personajes, es seguramente su mejor cinta. Una fábula estilizada sobre lealtad y traición, carácter y autoestima, ganar y perder, ambientada en un mundo subterráneo donde los hombres beben, apuestan al póker y juegan al billar en habitaciones llenas de humo. Un film en el que Paul Newman, que creció bajo la sombra conjunta de Marlon Brando y James Dean, deja una interpretación de peso que le catapultaría al primer rango como estrella de Hollywood. Él es “Fats Eddie Nelson”, un tiburón de la piscina verde que quiere convertirse en un jugador estrella para terminar haciendo un trato fáustico con un jugador mefistófeo, el odioso manager Bert Gordon” al que da vida George C. Scott, y conquistar la cima con el título de campeón gobernante que ostenta “Minnesota Fats”, un excelente Jackie Gleason.


Los tres excelentes actores fueron nominados al Óscar, al igual que Piper Laurie por su papel como Sarah Packard”, una chica lisiada que ayuda a salvar a “Fast Eddie”. Aunque a la postre, y de manera injusta, ninguno lo consiguiera, la película de Rossen si cosecharía dos estatuillas, una para Eugene Schüfftan por su magnífica fotografía atmosférica en blanco y negro, y otra para Harry Horner en el apartado de dirección artística, dos trabajos que contribuyeron a hacer de la obra del realizador nacido en Nueva York, una obra maestra, una cinta que pertenece a esa escuela de realismo de pantalla que permite actuaciones impresionantes pero derrota al objetivo básico del entretenimiento puro. Una cinta quizás algo lastrada por un final demasiado abrupto y dispositivo irritante, por manido, de los relojes acelerados. Pero eso son defectos menores en un film que ha crecido, si cabe, en estatura a lo largo de los años.
La historia de “Fats Eddie Felson”, es la de un jugador súper seguro que desafía a los grandes a una partida de alto riesgo. Es un joven arrogante y amoral que frecuenta, con éxito, las salas de billar decidido a ser proclamado cómo “el mejor”. Para ello va en busca de “Minnesota Fats” (El gordo de Minnesota), un legendario campeón de billar. Cuando por fin consigue enfrentarse a él, su miedo a perder le hace fracasar. El amor de una solitaria mujer podría ayudarle a cambiar ese modo de vida, pero “Eddie” no descansará hasta vencer al campeón sin importarle el precio que para ello deba pagar.


Con un “sin bar, sin máquinas de pinball y sin bolos”, e incluso algunas prohibiciones publicadas contra el juego, el billar de Ames en Nueva York, una ubicación real, no parece inicialmente el tipo de lugar donde vender un alma. Pero sus altos techos y su aire de concentración silenciosa hacen que sea obvio por qué en “The Hustler”, Paul Newman compara Ames con una iglesia cuando entra por primera vez. Ames adquiere un aspecto más siniestro al final de la película de Rossen, en la que “Fats Eddie” entra como un estafador inocente y se va con una muestra de lo que el mundo puede hacer. El joven aspirante, tras viajar a Nueva York con el sueño de enfrentarse a la leyenda del tapete, “Minnesota Fats”, se entera de que sólo con el talento no podá llegar tan lejos debido a la falta de “caracter”, como dice “Bert Gordon” el personaje de Scott, un manipulador observador casi silencioso y bebedor de leche, cuando arranca la partida que se extiende desde tempranas horas de la tarde hasta el amanecer del día siguiente. Cuando “Eddie” pierde, se ve obligado a salir de gira con el peligroso manager, aunque pronto se da cuenta de que deberá perder su moral para ganar en este juego. Algo manifiesto cuando con unas cortas líneas de guión el manager le dice a “Eddie”: “Tienes talento”, a lo que el joven le contesta: “¿Entonces tengo talento”...Entonces, ¿que me ganó?”, mientras el manager sentencia: “El personaje”.


Sin nada, en blanca, “Eddie” comienza a planear su regreso mientras encuentra consuelo en “Sarah Packard”, Piper Laurie, la solitaria estudiante a tiempo parcial con problemas con la bebida, una cojera y una tendencia a reinventar su pasado. Su necesidad de “Eddie” casi coincide con la necesidad de éste de volver al juego. 


Un conflicto que se vuelve peligroso cuando “Gordon”, un hombre que no está dispuesto a compartir el control, hace planes para administrar el regreso del jugador. Cómo en las mejores películas deportivas, “The Hustler” hace que el juego parezca emocionante incluso para los neófitos, pero la película de Robert Rossen trata, en última instancia, de un tema más universal que los descansos imposibles y el giro pesado y reiterativo de los golpeos de apertura de partida.


Adaptando la novela de Walter Tevis, Rossen factura una historia de moralidad sin la moralización, mientras la figura central, el personaje de Newman, es forzado a cambiar su talento por una vida de compromiso, dinero fácil y servidumbre. Scott actúa como parte del demonio encarnado, pero la película le da al diablo lo que le corresponde, incluso sugiriendo que su curso podría ser más pragmático que diabólico. Todo envuelto en un mundo que no le es ajeno al director y muy cercano al de otro de sus grandes films: “Body and Soul” (“Cuerpo y Alma”) de 1947, ambientada en el boxeo, pero en esta otra cinta, los negros y los blancos se han desvanecido para dar paso a los grises, y la crítica política se ha convertido en desilusión. Seguramente las razones que aclararían algo de la amargura de la película estarían por un lado en la intervención de El Comité de Actividades Estadounidense (HUAC) y por otro la decisión de Rossen de testificar para salvar su carrera, así como su edad. De hecho Newman parece ponerse décadas a medida que avanza la historia mientras toma la postura de alguien cuya insensibilidad ha comenzado a osificarse. Newman volvería a visitar al personaje años después quitando parte de la dureza, en la digna secuela dirigida por Martin Scosese en 1986, “The Color of Money” (“El color del dinero”). En la película de Rossen el actor ofrece una gran actuación cómo un hombre que aprende lecciones difíciles demasiado rápido. Al final del film, Gleason y Newman comparten un momento de admiración mutua. Un brillante plano que dura poco más que una mirada. “Fat Man, juegas un gran billar”...”Tú también Fast Eddie”. Un breve intercambio, al tiempo que sugiere que el mundo puramente sobre el juego que ambos aman, podría haber durado mucho más. Cuando llegue, Newman sabe, como lo ha hecho Gleason durante todo el tiempo, que ninguno de ellos lo verá.


El mundo de los salones de billar, los flophouses, los bares y las estaciones de autobuses no ofrecen escondite. Eventualmente revelarás de qué estás hecho, y el “Pool” es un juego donde la habilidad puede llevarte sólo hasta cierto punto. El reto de “Eddie” no se da tanto en una mesa de billar cómo en su relación con “Sarah Packard”, cuya historia se cuenta tan completamente como la de “Felson”. Esta no es una de las películas de los años noventa en la que los cineastas parecen no poder ver a una mujer excepto en los términos más simples, la verdadera competencia en “The Hustler” no es entre “Fast Eddie” y “Minnesota Fats”, sino entre el amor de “Eddie” por “Sarah” y sus impulsos autodestructivos. Tras apartarle la cara en el primer beso, ella  le dice a él:”Mira tengo problemas y creo que tal vez tú tienes problemas. Quizás sería mejor si nos dejáramos solos”.


Es necesario recordar el trabajo de los secundarios. La labor de Scott, cómo el manager frio y vicioso, es pletórica. Tiene la autoridad absoluta, el aire de un hombre sereno. La forma en que juega con “Sarah”, con una palabra cruel aquí y una sugerencia susurrada allá, cómo en la casa del millonario cuando ella está ebria apoyada en una pared y le cae el vaso, abriéndole así la puerta del abismo, es tan dura y dolorosa cómo su orden de romper los pulgares a “Eddie”. “Bert Gordon” es calculador y llama perdedor al protagonista para incitarlo a ganar o empujarlo a perder. Nunca da sólo su opinión.


 De otra parte la composición de Jackie Gleason es para enmarcar, a pesar de no contar con tatas líneas de guión cómo el anterior, da la justa medida del legendario campeón. El hombre al que “Eddie” debe vencer para demostrar que es el mejor. Todo es presencia, lenguaje corporal. La cara triste, la forma concisa e intencionada en su forma de jugar al billar, incluso la falta de movimientos desperdiciados. Da la impresión de un hombre purificado por el tapete. Un hombre que se ha movido a través de todos los compromisos tristes, apuestas torcidas y movimientos apresurados, para resurgir como un hombre que simple y elegantemente interpreta el juego. Hace tiempo que dejó de apresurarse y a diferencia del aspirante, él se gana la vida siendo el mejor, confiadamente, una y otra vez, para que otros puedan probarse contra él. 


Que la película atienda a estos dos personajes secundarios, refuerza la rivalidad, agrega profundidad y sabor a la historia. Al verla, vemos cómo muchas películas modernas son unidimensionales y lineales, preocupadas sólo por contar una historia sobre un personaje con prisa y de manera superficial.

The Hustler” es una de esas películas donde las escenas tienen tal peso psíquico que crecen en nuestro recuerdos. Es probablemente una de las más geniales películas de todos los tiempos, pero pensar en la obra maestra de Rober Rossen en estos términos es en realidad una subestimación.


 Ciertamente el “Fast Eddie” de Paul Newman es una creación icónica, el diálogo es poesía dura, mientras, George C. Scott, usa unas excelentes gafas de sol en todo momento. No solo eso, las confrontaciones en el salones de billar ahumados se escenifican y filman con tanto o más dramatismo como Martin Scorsese ofreció en el ring de boxeo con su aclamada “Raging Bull” (“Toro Salvaje”) de 1980. Pero hay una gran cantidad de sustancia que sustenta todo este estilo. Rossen toma el entorno cutre y de poca monta y lo usa para explorar el machismo masculino y la filosofía existencial antes de presentar al personaje de Piper Laurie, esa chica alcohólica de ligera cojera, que revela las principales deficiencias de ambos. El romance condenado de Laurie y Newman le da a la película un corazón tierno para contrarrestar su mente cínica y su boca inteligente, para finalmente elevarlo de lo simplemente genial a lo clásico.


The Hustler” no trata de la victoria en el juego final, sino de la derrota por el billar y por la vida. Esta es una de las pocas películas estadounidenses en la que el héroe gana al rendirse. Al aceptar la realidad en lugar de sus sueños. Unos sueños que se hacen realidad en nuestras mentes cómo un himno maravilloso durante la última partida, cuando dos hombres de sustancia juegan al billar con venganza.


En suma, una película que desde su estreno dejó señalado su camino hacia la obra maestra y de culto que es hoy en día. Una película que permanece para siempre en la memoria del espectador. Un film imprescindible.

Aquí termina la sesión de hoy. Cómo siempre y hasta una nueva visita, buen cine … y mucha suerte

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