“THE HUSTLER”
(“El buscavidas”) Robert Rossen,
1961
“The Hustler”,
cuenta con un guión escrito para la pantalla por Robert
Rossen
y Sidney Carroll,
basado en una novela de Walter Tevis,
y está dirigida y producida por el propio Rossen
para la Twentieth
Century Fox.
El
reparto, de auténtico lujo, lo encabezan: Paul Newman
como “Eddie Felson”,
Jackie Gleason como
“Minnesota Fats”,
Piper Laurie
como “Sarah Parker”
y George C. Scott
como el despreciable manager “Bert
Gordon”. Completando el
“cast” encontramos a Murray Hamilton,
a quién veríamos más tarde en “The Graduate” (“El
graduado”) de Mike
Nichols en 1967,
como el millonario “Findlay”,
Michael Constantine es
“Big John”,
Stefan Gierasch es
el “Predicador”,
el “Bartender”
lo interpreta un ya retirado Jake LaMotta,
y cierran el elenco Gordon B. Clarke como
“Cashier”,
Alexander Rose
es “Scorekeeper”
y Carl York
como “Young Hustler”.
Robert
Rossen (1908-1966),
era hijo de inmigrantes judíos pobres, y trabajó brevemente como
boxeador profesional antes de ingresar en el teatro neoyorkino y de
allí a Hollywood
para escribir imágenes de conciencia social para la Warner
Brothers. Era ya un
director establecido cuando con su “All the King´s
Men” (“El
político”) de 1949
ganaría el Óscar
a la Mejor Película.
Un film que cosecharía dos premios más: Mejor
Actor para Broderick
Crawford y a la Mejor
Actriz de reparto,
Mercedes McCambridge.
Más tarde fue llamado ante el Comité
de Actividades Antiamericanas de la Cámara
para responder por sus filiaciones comunistas, aunque ya había
abandonado el partido en 1945,
y fue brevemente incluido en la lista negra antes que aceptar nombrar
a otros compañeros, para más adelante cambiar de opinión, confesar
que había sido comunista y nombrar a otros 57. Ese fue el precio que
tuvo que pagar para poder trabajar, y debe haber una sombra de ese
precio en los compromisos que se le piden al personaje de “Fast
Eddie”. A partir de
entonces, siempre trabajó fuera de Hollywood,
y esta experiencia coloreó su trabajo posterior, en el que los
problemáticos héroes eran consumidos por la duda, el odio a si
mismos, el miedo a la cobardía y la necesidad de justificarse.
Su
penúltima película, “The Hustler”,
donde acertadamente decidió repartir el peso total y el tiempo de
pantalla entre todos los personajes, es seguramente su mejor cinta.
Una fábula estilizada sobre lealtad y traición, carácter y
autoestima, ganar y perder, ambientada en un mundo subterráneo donde
los hombres beben, apuestan al póker y juegan al billar en
habitaciones llenas de humo. Un film en el que Paul
Newman, que creció bajo la
sombra conjunta de Marlon Brando y
James Dean, deja una
interpretación de peso que le catapultaría al primer rango como
estrella de Hollywood.
Él es “Fats Eddie Nelson”,
un tiburón de la piscina verde que quiere convertirse en un jugador
estrella para terminar haciendo un trato fáustico con un jugador
mefistófeo, el odioso manager “Bert Gordon” al
que da vida George C. Scott,
y conquistar la cima con el título de campeón gobernante que
ostenta “Minnesota Fats”,
un excelente Jackie Gleason.
Los
tres excelentes actores fueron nominados al Óscar,
al igual que Piper Laurie
por su papel como “Sarah Packard”,
una chica lisiada que ayuda a salvar a “Fast Eddie”.
Aunque a la postre, y de manera injusta, ninguno lo consiguiera, la
película de Rossen
si cosecharía dos estatuillas, una para Eugene
Schüfftan por su magnífica
fotografía atmosférica en blanco y negro, y otra para Harry
Horner en el apartado de
dirección artística, dos trabajos que contribuyeron a hacer de la
obra del realizador nacido en Nueva
York, una obra maestra,
una cinta que pertenece a esa escuela de realismo de pantalla que
permite actuaciones impresionantes pero derrota al objetivo básico
del entretenimiento puro. Una cinta quizás algo lastrada por un
final demasiado abrupto y dispositivo irritante, por manido, de los
relojes acelerados. Pero eso son defectos menores en un film que ha
crecido, si cabe, en estatura a lo largo de los años.
La
historia de “Fats Eddie Felson”,
es la de un jugador súper seguro que desafía a los grandes a una
partida de alto riesgo. Es un joven arrogante y amoral que frecuenta,
con éxito, las salas de billar decidido a ser proclamado cómo “el
mejor”. Para ello va en busca de “Minnesota Fats”
(El gordo de Minnesota), un legendario campeón de billar. Cuando por
fin consigue enfrentarse a él, su miedo a perder le hace fracasar.
El amor de una solitaria mujer podría ayudarle a cambiar ese modo de
vida, pero “Eddie”
no descansará hasta vencer al campeón sin importarle el precio que
para ello deba pagar.
Con
un “sin bar, sin máquinas de pinball y sin bolos”,
e incluso algunas prohibiciones publicadas contra el juego, el billar
de Ames
en Nueva York,
una ubicación real, no parece inicialmente el tipo de lugar donde
vender un alma. Pero sus altos techos y su aire de concentración
silenciosa hacen que sea obvio por qué en “The
Hustler”, Paul
Newman compara Ames
con una iglesia cuando entra por primera vez. Ames
adquiere un aspecto más siniestro al final de la película de
Rossen, en la
que “Fats Eddie”
entra como un estafador inocente
y se va con una muestra de lo que el mundo puede hacer. El joven
aspirante, tras viajar a Nueva
York con el sueño de
enfrentarse a la leyenda del tapete, “Minnesota Fats”,
se entera de que sólo con el talento no podá llegar tan lejos
debido a la falta de “caracter”, como dice “Bert
Gordon” el personaje de
Scott, un manipulador observador casi silencioso y bebedor de leche,
cuando arranca la partida que se extiende desde tempranas horas de la
tarde hasta el amanecer del día siguiente. Cuando “Eddie”
pierde, se ve obligado a salir de gira con el peligroso manager,
aunque pronto se da cuenta de que deberá perder su moral para ganar
en este juego. Algo manifiesto cuando con unas cortas líneas de
guión el manager le dice a “Eddie”:
“Tienes talento”,
a lo que el joven le contesta: “¿Entonces tengo
talento”...Entonces, ¿que me ganó?”,
mientras el manager sentencia: “El personaje”.
Sin
nada, en blanca, “Eddie”
comienza a planear su regreso mientras encuentra consuelo en “Sarah
Packard”, Piper
Laurie, la solitaria
estudiante a tiempo parcial con problemas con la bebida, una cojera y
una tendencia a reinventar su pasado. Su necesidad de
“Eddie” casi coincide
con la necesidad de éste de volver al juego.
Un conflicto que se
vuelve peligroso cuando “Gordon”,
un hombre que no está dispuesto a compartir el control, hace planes
para administrar el regreso del jugador. Cómo en las mejores
películas deportivas, “The Hustler”
hace que el juego parezca emocionante incluso para los neófitos,
pero la película de Robert Rossen
trata, en última instancia, de un tema más universal que los
descansos imposibles y el giro pesado y reiterativo de los golpeos de
apertura de partida.
Adaptando
la novela de Walter Tevis,
Rossen factura
una historia de moralidad sin la moralización, mientras la figura
central, el personaje de Newman,
es forzado a cambiar su talento por una vida de compromiso, dinero
fácil y servidumbre. Scott
actúa como parte del demonio encarnado, pero la película le da al
diablo lo que le corresponde, incluso sugiriendo que su curso podría
ser más pragmático que diabólico. Todo envuelto en un mundo que no
le es ajeno al director y muy cercano al de otro de sus grandes
films: “Body and Soul” (“Cuerpo
y Alma”) de 1947,
ambientada en el boxeo, pero en
esta otra cinta, los negros y los blancos se han desvanecido para dar
paso a los grises, y la crítica política se ha convertido en
desilusión. Seguramente las razones que aclararían algo de la
amargura de la película estarían por un lado en la intervención de El
Comité de Actividades Estadounidense (HUAC)
y por otro la decisión de Rossen
de testificar para salvar su carrera, así como su edad. De hecho
Newman parece
ponerse décadas a medida que avanza la historia mientras toma la
postura de alguien cuya insensibilidad ha comenzado a osificarse.
Newman volvería
a visitar al personaje años después quitando parte de la dureza, en
la digna secuela dirigida por Martin Scosese
en 1986,
“The Color of Money” (“El
color del dinero”). En la
película de Rossen el
actor ofrece una gran actuación cómo un hombre que aprende
lecciones difíciles demasiado rápido. Al final del film, Gleason
y Newman
comparten un momento de admiración mutua. Un brillante plano que
dura poco más que una mirada. “Fat Man, juegas un
gran billar”...”Tú también Fast Eddie”.
Un breve intercambio, al tiempo que sugiere que el mundo puramente
sobre el juego que ambos aman, podría haber durado mucho más.
Cuando llegue, Newman
sabe, como lo ha hecho Gleason
durante todo el tiempo, que ninguno de ellos lo verá.
El
mundo de los salones de billar, los flophouses, los bares y las
estaciones de autobuses no ofrecen escondite. Eventualmente revelarás
de qué estás hecho, y el “Pool”
es un juego donde la habilidad puede llevarte sólo hasta cierto
punto. El reto de “Eddie”
no se da tanto en una mesa de billar cómo en su relación con “Sarah
Packard”, cuya historia se
cuenta tan completamente como la de “Felson”.
Esta no es una de las películas de los años noventa en la que los
cineastas parecen no poder ver a una mujer excepto en los términos
más simples, la verdadera competencia en “The
Hustler” no es entre “Fast
Eddie” y “Minnesota
Fats”, sino entre el amor
de “Eddie” por
“Sarah” y
sus impulsos autodestructivos. Tras apartarle la cara en el primer
beso, ella le dice a él:”Mira tengo problemas y
creo que tal vez tú tienes problemas. Quizás sería mejor si nos
dejáramos solos”.
Es
necesario recordar el trabajo de los secundarios. La labor de Scott,
cómo el manager frio y vicioso, es pletórica. Tiene la autoridad
absoluta, el aire de un hombre sereno. La forma en que juega con
“Sarah”,
con una palabra cruel aquí y una sugerencia susurrada allá, cómo
en la casa del millonario cuando ella está ebria apoyada en una
pared y le cae el vaso, abriéndole así la puerta del abismo, es tan
dura y dolorosa cómo su orden de romper los pulgares a “Eddie”.
“Bert Gordon”
es calculador y llama perdedor al protagonista para incitarlo a ganar
o empujarlo a perder. Nunca da sólo su opinión.
De otra parte la composición de Jackie Gleason
es para enmarcar, a pesar de no contar con tatas líneas de guión
cómo el anterior, da la justa medida del legendario campeón. El
hombre al que “Eddie”
debe vencer para demostrar que es el mejor. Todo es presencia,
lenguaje corporal. La cara triste, la forma concisa e intencionada en
su forma de jugar al billar, incluso la falta de movimientos
desperdiciados. Da la impresión de un hombre purificado por el
tapete. Un hombre que se ha movido a través de todos los compromisos
tristes, apuestas torcidas y movimientos apresurados, para resurgir
como un hombre que simple y elegantemente interpreta el juego. Hace
tiempo que dejó de apresurarse y a diferencia del aspirante, él se
gana la vida siendo el mejor, confiadamente, una y otra vez, para que
otros puedan probarse contra él.
Que la película atienda a estos dos personajes secundarios, refuerza
la rivalidad, agrega profundidad y sabor a la historia. Al verla,
vemos cómo muchas películas modernas son unidimensionales y
lineales, preocupadas sólo por contar una historia sobre un
personaje con prisa y de manera superficial.
“The Hustler”
es una de esas películas donde las escenas tienen tal peso psíquico
que crecen en nuestro recuerdos. Es probablemente una de las más
geniales películas de todos los tiempos, pero pensar en la obra
maestra de Rober Rossen
en estos términos es en realidad una subestimación.
Ciertamente el
“Fast Eddie”
de Paul Newman
es una creación icónica, el diálogo es poesía dura, mientras,
George C. Scott,
usa unas excelentes gafas de sol en todo momento. No solo eso, las
confrontaciones en el salones de billar ahumados se escenifican y
filman con tanto o más dramatismo como Martin
Scorsese
ofreció en el ring de boxeo con su aclamada “Raging
Bull” (“Toro
Salvaje”)
de 1980.
Pero hay una gran cantidad de sustancia que sustenta todo este
estilo. Rossen
toma el entorno cutre y de poca monta y lo usa para explorar el
machismo masculino y la filosofía existencial antes de presentar al
personaje de Piper Laurie,
esa chica alcohólica de ligera cojera, que revela las principales
deficiencias de ambos. El romance condenado de Laurie
y
Newman
le da a la película un corazón tierno para contrarrestar su mente
cínica y su boca inteligente, para finalmente elevarlo de lo
simplemente genial a lo clásico.
“The Hustler”
no trata de la victoria en el juego final, sino de la derrota por el
billar y por la vida. Esta es una de las pocas películas
estadounidenses en la que el héroe gana al rendirse. Al aceptar la
realidad en lugar de sus sueños. Unos sueños que se hacen realidad
en nuestras mentes cómo un himno maravilloso durante la última
partida, cuando dos hombres de sustancia juegan al billar con
venganza.
En suma, una película que desde su estreno dejó señalado
su camino hacia la obra maestra y de culto que es hoy en día. Una
película que permanece para siempre en la memoria del espectador.
Un film imprescindible.
Aquí termina la sesión de hoy. Cómo siempre y hasta una nueva
visita, buen cine … y mucha suerte













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