THE DEER HUNTER
(El cazador) Michael Cimino, 1978
Antes de que casi
arruinara, en 1980, a Transamerica Corporation propietaria
de United Artist con la que hoy ya es una película de culto:
“Heaven'a gate” (“La
puerta del cielo”),
Michael Cimino había
puesto ya su nombre en el firmamento del celuloide con “The
deer hunter” (“El
cazador”) en 1978,
su obra maestra de crueldad y horror donde el sacrificio colorea todo
en este clásico sobre tres reclutas del ejército de Estados
Unidos, antes, durante y después de la guerra de Vietnam.
Interpretada por
Robert De Niro,
Christopher Walken,
Meryl Streep,
John Cazale,
John Savage,
George Dzundza
y Chuck Aspegren,
contaba con un guión de Deric Washburn
a partir de una historia del propio Cimino
junto al nombrado Washburn,
Louis Garfinkle
y Quinn K. Redeker.
La
excelente fotografía corre a cargo de Vilmos Zsigmond,
la edición es de Peter Zinner
y la música pertenece a Stanley Mayers.
La cinta del realizador norteamericano no es exactamente un film
bélico, sino que trata sobre la amistad. Sobre como la vida puede
llegar a joder las cosas más hermosas que se han tenido. Algo así
como la imposibilidad de recobrar el esplendor en la hierba, pero al
mismo tiempo es un canto a la supervivencia.
Audaz y de brillante épica, nos relata como un grupo de amigos
trabajadores de la siderurgia se preparan para ir a la guerra
haciendo un viaje a las montañas a la caza de un ciervo, algo que
para Mikey y Nick supone una vaga
creencia de la vocación del cazador, austera y varonil, y que la
muerte del venado es noble y ennoblecedora, a diferencia del horrible
caos de la guerra en el sudeste asiático, donde son capturados y
obligados a participar en una horrible ruleta rusa como culto a la
muerte. Una secuencia que proclama asombrosamente que la guerra es
deshumanizante y arbitraria. Tras la cacería, tres de ellos, Mikey
(Robert De Niro), Nick
(Christopher Walken) y Steven (John
Savage), obedecen a la llamada del Tío Sam
para luchar en Vietnam, dejando atrás esposas y novios,
incluida la trabajadora Linda (Meryl Streep)
que parece enamorada de al menos dos de ellos. Antes de irse asisten
a la boda de Steven, una ceremonia en la que sin darse
cuenta, se están despidiendo de sus viejas vidas. Unas vidas de
ritmo lento que se ven envueltas en la cruda realidad de la guerra y
los efectos psicológicos de un contraste tan impactante que les
impide regresar a la sociedad.
El
film se toma su tiempo con las escenas de abertura, la fábrica de
acero y el salón donde tras el trabajo, van a tomar una cerveza,
jugar al billar y cantar “I love you Bay-bee”
junto al “juke-box” aún de día, el último día de sus vidas
que les pertenecerá antes de Vietnam
y especialmente con la boda y la fiesta. Todo esto hace que lleguemos
a conocer a los personajes, que nos sintamos inmersos en sus vidas y
que sus rituales y los de la boda se sientan como algo más que
detalles étnicos.
De
contrastes sorprendentes y sorpresivos, el film abre entre el calor
infernal y los vapores sulforosos de las acerías de Pensilvania,
donde amigos y compañeros de trabajo, Michael,
Nick,
Stan,
Steven
y Axel,
soportan por poco dinero condiciones inhumanas noche tras noche. Son
hombres duros y su recompensa semanal son las escapadas a las frías
montañas, donde el billete al cielo tiene un precio fijo. Mikey
rastrea y mata a un hermoso ciervo, como si la naturaleza misma
tuviera que pagar su diezmo. Mikey cree
que para abatir un ciervo solo hace falta un disparo, más de uno no
es justo. Son los códigos, tal vez este no sea genial pero es el
suyo.
Aparentemente estamos en un punto en el que se supone que disparar a
algo significa algo.
Tras
la boda, una secuencia de esponsales de 40 minutos que no nos reenvía
a la trama, porque ya sabemos que pronto se desatará el infierno,
los amigos, entre entusiasmados y exhaustos, descansan alrededor de
un piano que toca el amado dueño del bar, George
Dzundza.
Débilmente, el ritmo de lo que suena como palas de rotor subraya la
bonita melodía. Sin previo aviso estamos en otro mundo. Los
helicópteros llueven “Napalm” en un bosque verde.
Si
Dante
sostuvo que el infierno se compone de siete niveles, aquí ya nos
hemos deslizado varias etapas a la vez.
“The deer hunter”
puede y debe leerse como un tratado épico sobre la resistencia y, en
particular, como una muestra del espíritu indomable del hombre en un
conflicto bélico. La narración, de casi tres horas se muestra como
la clásica parábola humana, desde la felicidad de la boda hasta el
blues del funeral. Cimino
no toma partido a favor o en contra de la guerra y realiza uno de los
ejercicios más impactantes emocionalmente jamás filmado.
La
famosa secuencia de la ruleta rusa, donde los prisioneros de guerra
Michael,
Nick
y Steven
deben enfrentarse entre sí para divertir a sus captores del
Viet-Cong,
supone una de las escenas mas terroríficas y escalofriantes del
séptimo arte. Esta sola secuencia ya auguraba que “El
cazador”
se convertiría quizás en el éxito de taquilla más improbable de
todos los tiempos.
El
juego de la ruleta rusa se convierte en el símbolo organizador de la
película: Todo lo que puedas creer sobre el juego, sobre su
violencia deliberadamente aleatoria, sobre cómo toca la cordura de
los hombres obligados a jugarlo, se aplicará a la guerra en su
conjunto. Es un símbolo brillante porque en el contexto de esta
historia, hace que cualquier declaración ideológica sobre la guerra
sea superflua. La brutalidad de la guerra y sus efectos dan sentido a
la cinta incluso cuando se desliza al melodrama más salvaje, algo
que el realizador interpreta en el contexto con el colapso de Saigón
y la posterior retirada del ejercito del sudeste asiático. Así la
ruleta resurge en la ciudad vietnamita, donde, según esta película,
se jugó en arenas callejeras en lugar de pozos de peleas de gallos
por grandes apuestas. Escenas explicitamente sangrientas, que nos
plantea la cuestión de si tales representaciones vividas no se
deshumanizan a si mismas.
La
película de Michael Cimino
es una película grande, incómoda, locamente ambiciosa y a veces
impresionante, acercándonos a una epopeya popular como cualquier
película estadounidense desde “The Goodfather”
(“El
padrino”)
de 1972 dirigida
por Francis Ford Coppola.
Es
una actualización del sueño nacional después de la Segunda
Guerra Mundial,
cuando Estados
Unidos
alcanzó su punto más álgido de autoestima, y tras el Plan
Marxhall
y la posterior Guerra
de Corea,
tratando con personas que han crecido en la era de la televisión y
madurado en la década de los asesinatos y la incredulidad.
Durante la primera hora el director expone con gran detalle lo que
sucede en los estadounidenses cuando sus rituales se han convertido
en recordatorios pintorescos del pasado, en lugar de las reglas del
presente que ordenan la vida.
Más aterradora que la violencia, ciertamente más provocativa y
conmovedora, es la forma en que cada uno de los soldados reacciona a
sus experiencias en la guerra. La pasividad del director en cuanto a
no tomar partido puede que muestre el verdadero horror en el centro
de la vida estadounidense, siendo así más importante que cualquier
cantidad de historias llenas de esperanza sobre la conciencia
política elevada. ¿Qué les queda a estos veteranos? Sentimientos
de confusión contenida, un deseo de hacer las cosas y, quizás, una
apreciación más profunda por el amor, la amistad y la comunidad.
Las grandes respuestas los eluden, al igual que las grandes
preguntas.
El
personaje de De Niro
es el que de alguna manera encuentra la fuerza para seguir adelante y
mantener a los personajes de Savage
y Walken.
Sobrevive al campo de prisioneros y ayuda a los demás. Finalmente a
la vuelta, ya en su casa, lo vemos rodeado de un silencio que nunca
podemos penetrar. Conmovido vagamente por el deseo del niño que más
de uno dejó atrás, pero no actúa con decisión. Él es un héroe,
saludado tímida y torpemente por la gente de la ciudad. Demora mucho
tiempo para visitar a Savage
en el hospital de veteranos, tras perder las dos piernas. Es allí
cuando se entera que Walken
sigue en Vietnam.
Le había prometido, en una noche de borrachera a la luz de la luna
bajo un aro de baloncesto, la noche de la boda, que nunca lo dejaría
en Vietnam. Ambos están pensando romántica e ingenuamente, en la
muerte de los héroes, pero ahora De Niro
regresa en un contexto completamente diferente para recuperar a su
amigo vivo. La promesa era algo adolescente, pero no queda
adolescencia cuando éste encuentra a su amigo todavía en Saigón,
jugando a la ruleta rusa profesionalmente.
Es
una película devorada por sus grandes actuaciones. Una luminosa
Meryl Streep
en uno de sus mejores trabajos y siendo ya una referencia por sus
excelentes actuaciones en los escenarios de Broadway,
y que aceptó su papel de reparto para poder rodar junto al amor de
su vida John Cazale
en su última pero excelente y memorable aparición cómo el clásico
neurótico del bar que en cualquier momento puede salirse cual
rockero. Un avance del ganador del Óscar,
Christopher Walken,
el buen trabajo de John Savage
y un De Niro
siempre central, sin la expansividad de sus personajes con Scorsese,
mostrando un héroe enigmático, estoico y completamente
“Nietzscheniano”
Hubo
huelgas cuando el impactante drama de guerra de Michael
Cimino
se estrenó en el Festival
Internacional de Berlín
de 1979.
En un momento en que el grupo liberal de escritores Pinko
Hollyweird producía
películas explícitamente anti-bélicas como, “El
regreso”
o “Hair”,
la cinta “The deer hunter” era
firmemente conservadora. La marca de la película estadounidense que
ondeaba la bandera y la representación del Viet-Cong
como
brutos “numbskull”
(cráneos entumecidos) resultaron incómodos para los delegados del
festival provenientes del bloque soviético, aunque eso no significa
que el realizador rehuya representar durante las tres horas épicas
de duración, los horrores del combate o el horrible destino de Nick.
Hay
muchos momentos inolvidables e imborrables gracias a la fotografía
de Vilmos Zsigmond.
La actuación ganadora del Óscar
de
Walken
es de una belleza que emociona. ¿Y quién podría pasar por alto esa
ominosa gota de vino en el vestido de la novia, o la versión
agridulce final, aunque no del todo satírica, de God
bless America?
“The deer hunter”
es una película agotadora, una experiencia perturbadora, tanto una
prueba de resistencia para el público como para el elenco y el
equipo que libraba una guerra privada durante el rodaje en
Thailandia,
y sin embargo, desde el tema musical justamente omnipresente hasta la
rica y lírica cinematográfica, acaba siendo una cinta enorme,
aunque mayormente melancólica de gran belleza. Como tal, contiene un
poder bruto para moverse, y en algunos casos, cebo, audiencias a
extremos de emoción casi incomparables. Un intento asombrosamente
ambicioso de cubrir una herida en la psique estadounidense, aún
fresca y llorosa todavía, 25 años después.
A
pesar de su influencia dramática, “El
cazador”,
es un film ferozmente reaccionario definido por hombres varoniles y
actividades al aire libre. A pesar del escenario de fines de la
década de 1960,
la película se remonta al militarismo de Eisenhower
al tiempo que anuncia los entrantes años de Reagan.
“The deer hunter” Merece ser reclamada como uno de los tratados humanistas más poderosos jamás filmados.
“The deer hunter” Merece ser reclamada como uno de los tratados humanistas más poderosos jamás filmados.
Hasta aquí la sesión de hoy. Hasta la próxima ocasión os deseo
buen cine...y mucha suerte.












Me ha encantado tu análisis. Un film que marcó. En su estreno se habló mucho pero tuve que verla de mayor ya que era chico. La puerta del cielo me gustaría verla. Muchos la consideran otra obra maestra del cine.
ResponderEliminarMuchas gracias por tus palabras. En breve sacaré el mismo análisis en video.
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