“FORT APACHE”
(JOHN FORD) , 1948
La primera vez que
vi “Fort Apache”,
a principios de los 70, caí rendido ante aquella catarata y noria a
la vez, en la que el director, actores y técnicos llevaban a cabo un
espectáculo narrativo que hizo que, rendido definitivamente,
entregara mi alma y mi corazón a aquellos sueños del celuloide.
No
hace falta contar quién era ese magnético director, todo el mundo
sabe quién era John Ford.
Envidiado y amado al tiempo todavía por los mejores. Desde Welles,
Fuller, Willer,
Hathaway, Wilder,
Hawks o Wise
hasta Scorsese,
Spilberg o
Eastwood e incluso Kurosawa.
És por ello y teniendo en cuenta su magna obra, que seguramente no
nos pondríamos de acuerdo sobre cuál es la mejor, si esta o
aquella. Así que he optado por esta, puesto que para mi supuso uno
de los primeros descubrimientos del cine. Eran tiempos de Super
8mm. De descubrimiento,
de pasión desbordante por el celuloide.
Pienso
pues, que conocer un poco más al autor y sus razones para llevar a
cabo esta película, que hicieron que permaneciera para siempre en mi
memoria, nunca está de más.
“Fort Apache”,
supone la primera colaboración de Frank Nugent
como guionista en las obras de Ford.
Un periplo que duraría hasta “Donovan's Reff”
(“La
taberna del irlandés”)
en 1963.
Nugent
conoció a Ford
siendo crítico de cine en el New
York Times.
Sus caminos se iban cruzando hasta que en 1947,
y tras un artículo que escribió sobre el realizador, éste comenzó
a hablarle sobre una idea para una próxima película: “La
Caballería”.
“En todos los westerns, la caballería acude al
rescate de la caravana acosada, el tren o lo que sea, y luego se
vuelven a marchar. He estado pensando en eso...¿Cómo era la vida en
un remoto puesto de caballería?, gente con sus propios problemas
personales, y por encima de todo la amenaza de los indios, de la
muerte...”,
le relataba Ford a
Nugent,
según cita éste último en el libro “John
Ford, Cinema VI, pág.30”.
Cuenta también que Ford le
dio una lista de unos cincuenta libros para leer, memorias, novelas y
toda clase de información, para más tarde enviarlo a territorio
Apache.
Para echar un vistazo, captar el olor y las sensaciones. Añade
también que se procuró un guía graduado en Antropología
de Arizona.
Visitaron Fort Bowie,
pasando por el Paso Apache,
donde aún se pueden ver las lápidas de los muertos. Al regresar, el
realizador de Maine
le preguntó si ya había investigado suficiente y Nugent
le respondió afirmativamente, a lo que Ford
añadió: “Estupendo, ahora olvídate de todo
lo que has leído y empecemos a escribir una película”.
John Ford
era así. Desde el principio todo era epopeya, superación, leyendas
y grandes gestas y te hacía cómplice de esa aventura. Es por ello,
creo, que tenía esa capacidad para elaborar esas historias de gran
sencillez y sensibilidad, pero no exentas de un trasfondo donde
cuestionar dudas, y que daban forma a esas historias épicas y al
tiempo intimistas y no exentas de gags, haciéndolo todo tan cercano
y comprensible que convertía la dificultad en sencillez.
Planos
que han sido copiados por otros una y mil veces, no ya solo aquí,
sino a lo largo de su toda su carrera. Un uso del horizonte jamás
igualado y tícs que se repetían en todas sus cintas, algo a lo que
ayudaba el hecho de contar con una plantilla estable de actores de
reparto de inolvidables nombres. Finalmente, este film, “Fort
Apache”,
que nació de ese embrión aquí relatado, terminaría por ser la
primera de una trilogía sobre La
Caballería norteamericana,
a la que seguirían: “She wore a yellow ribbon”
(“La
legión invencible”)
de 1949
y “Rio Grande”
en 1950.
“Fort Apache”
fue rodada en escenarios naturales de Utah
y Monnument Valley.
Director y guionista investigaron a fondo el periodo donde situaban
su relato, una década posterior a la Guerra
de Sucesión,
hecho que se hace evidente en los detalles de vestuario y
ambientación. Entonces cabe preguntarse: ¿por qué el film no se
rodó en los escenarios históricamente correctos de Arizona?.
Básicamente, en esencia, el director se interesa tanto por la
fidelidad histórica en la misma medida que en otras películas del
autor cómo: “Judge Priest” (“El
juez Priest”)
de 1934
o “The sun shines bright”
(“El sol siempre brilla en Kentucky”)
de 1950
pretenden reflejar la vida en un pueblo de Kentucky.
En
realidad la descripción que Ford
hace de un puesto avanzado de caballería es un ferviente intento de
dar cuerpo a un ideal: la comunidad orgánica, siendo este un ideal
que no encaja en la tendencia principal del sureño norteamericano y
la experiencia unionista. En la práctica quizás lo más aproximado
serían los primeros asentamientos colonos y los indios, tema al que
ya dedicó anteriormente una cinta en 1939,
“Drums Along the
Mohawk” (“Corazones
indomables”),
con Claudette Colbert y
Henry Fonda
cómo protagonistas.
En
muchos aspectos, el mundo al que el director da vida en “Fort
Apache”,
se asemeja a un modelo de comunidad orgánica que describe cómo es
el tipo de organización social predominante en una sociedad
pre-industrial, caracterizada por la unidad, fuertes lazos de
parentesco y amistad, una paz relativa, apego a la tierra, producción
doméstica e intercambio y el florecimiento de las artes populares.
El contraste sería una comunidad asociativa, un mundo moderno
automatizado, descomposición de la familia, alienación personal,
guerras con matanzas masivas, gran movilidad geográfica, comercio y
ciencia. (Nota: los datos aportados respecto a la organización de
comunidades, se basan en lecturas y apuntes tomados de la obra
“Gemeinschaft und Gesellschaft”
escrita por el sociólogo Ferdinand Tonnies).
Mientras,
yo continuaba emocionado ante el visionado de la película: Las
mujeres, los bailes, un teniente coronel recto y estirado con mucho
que esconder, una hija que es un revuelo, un capitán fiel a
regañadientes, sargentos pendencieros y borrachines, los colonos, el
traficante y los indios.
La
presencia de las mujeres es fundamental para el sentido de totalidad
en la comunidad. De hecho las mujeres son más prominentes en
cualquiera de los westerns de John Ford
que en los de ningún otro director del género. Son las encargadas
de rebajar tensiones, apaciguar a los antagonistas y como no, sugerir
relaciones duraderas y de permanencia. De hecho el personaje de Mamá
Joad
en “The grapes of warth” (“Las
uvas de la ira”)
de 1940,
cumple una función similar.
La
película inicia con un arrogante y puntilloso teniente coronel, Owen
Thursday
al que da vida Henry Fonda,
dirigiéndose al fuerte para hacerse cargo del mismo. Le acompaña su
hija, la dulce Philadelphia,
una a veces irritante Shirley Temple,
y si en el fuerte, cómo ya hemos contado, las mujeres, en su papel
de madres, esposas, hijas o novias son quienes alivian la dureza de
la frontera, ella es la única capaz de calmar su ira por el retraso
de la diligencia. Nada más llegar a su destino, asistimos a una
escena donde Philadelphia
se dispone a habilitar el destartalado alojamiento del coronel y ante
un fracaso inicial solicita ayuda a las otras mujeres del fuerte. Al
caer la tarde ha logrado transformar la habitación pero solo
encuentra la ingrata hosquedad de su padre. Las mujeres hacen
comidas, animan las fiestas, hacen posibles los bailes y cuidan de
los cachorros que deberán convertirse en guerreros. Toda la vida
social y anímica dentro del fuerte depende de ellas.
Al
final de la película, la caballería cabalga hacia una nueva misión
y Ford
corta el plano para enfocar a Philadelphia,
ahora una madre orgullosa que contempla la partida en compañía de
su hijo y su suegra. Este es un plano repetición de otro anterior en
el que las mujeres mayores del fuerte despedían en silencio a la
tropa que se encaminaba a la fatal confrontación con los apaches,
fijando así a las mujeres en un papel subordinado pero fundamental.
Pero
no sólo las mujeres encarnan el ideal de la familia, como
contrapunto a las tirantes relaciones de Thursday
y
su hija a raíz del enamoramiento de ella por el teniente Michael
O'Rourke,
un tan solo correcto John Agar,
en contra de los deseos de su padre, emerge un entrañable amor
paternal por parte del padre del teniente, el sargento O'Rourke,
en una maravillosa interpretación de un gran Ward
Bond.
El realizador nos muestra el reencuentro del joven con su padre
después de cuatro años en la academia militar, con un abrazo
cariñoso, comparando alegremente la altura del hijo con la del
padre.
Durante
toda la película la relación nunca se ve empañada por ningún
indicio de barrera generacional, atestiguando así la fe de Ford
en un mundo sin cambios, con valores permanentes. Este punto de vista
se iría al traste cuando rodó la majestuosa “The
man who shot Liberty Valance” (“El
hombre que mató a Liberty Valance”)
en 1962,
donde retrataba el avance inexorable del progreso. Aún y así deja
legado con el homenaje a su mundo y que recae para sus adentros en el
personaje de Liberty Valance,
un más que espléndido Lee Marvin.
La
comunidad del fuerte esta muy unida por una mezcla de formalidad e
informalidad, algo que expresan muy bien los bailes ceremoniales, dos
en esta película, siempre dentro de las estrictas normas
tradicionales, pero que no impiden momentos para la espontaneidad
despreocupada y la celebración afectuosa de la camaradería. Las
borracheras y payasadas coexisten con la indumentaria meticulosamente
formal y con la explícita galantería hacia las damas.
Cómo
en muchas otras obras del realizador, éste apela a la vieja
tradición folklorica norteamericana, al optimismo del siglo XIX y no
al pesimismo del XX. Esto se puede apreciar en una escena donde el
sargento Quincannon,
un estupendo Dick Foran,
canta la canción “Genevieve”,
con acompañamiento de acordeón y banjo tras otra noche de fiesta
celebrada en el fuerte.
El
recurso a la tradición también tiene una cara más seria. Los
asuntos militares se rigen por el ritual, con el énfasis puesto en
el orden, la disciplina y el uniforme. La autoridad es jerárquica y
se apoya en los logros del pasado. Thursday
puede ser un ordenancista, aunque él lo niega, pero su insistencia
en el vestuario correcto no es excesiva.
El descuido en esta cuestión
implica una negligencia general: “El uniforme
caballeros, no se presta a las manifestaciones individuales y
caprichosas. En este fuerte no somos vaqueros”,
declara Thursday.
El teniente O'Rourke,
recién
llegado de West
Point
impecablemente ataviado, es para el coronel la personificación del
perfecto soldado. La formación militar y la confirmación definitiva
del ritual son las cariñosas parodias a las que Ford
somete
a sus personajes, algo que supone la base del humor irlandés al que
tanto pavor tenían algunos de los actores. Este hecho podemos verlo
cuando Thursday
presenta formalmente al teniente O'Rourke
a su hija, desconociendo el hecho de que ya se han conocido antes en
la lavandería con el teniente a medio vestir, o al llegar éste al
fuerte escoltado por una patrulla y con manifiesta alegría al verle
corren sus amigos a abrazarle, sin embargo, antes de que puedan
hacerlo el sargento Mulcahy,
interpretado por el siempre inmenso Victor
McLaglen,
les recuerda cuales son los modales. Todos se ponen firmes y Mulcahy
ejecuta un elaborado saludo. Luego, al dar el teniente recién
llegado la orden de “¡A discreción!, se desata el caos. También
en otra escena donde el sargento mayor O'Rourke,
después de recibir a su hijo, que ahora le supera en graduación,
sale para tomar unos tragos. Se detiene ante la puerta y pregunta en
tono oficial: “¿Da mi teniente permiso para
salir?”.
Tampoco el capitán York,
un espléndido John Wayne,
se
libra, cuando al salir de su primera reunión con el coronel se mofa
de sus rígidos modales y la transmutación de la fría y meticulosa
afirmación que éste hace: “Me propongo
convertir este regimiento en el mejor de la frontera”,
a lo que Mulcahy
que le espera en el porche de salida junto a los demás suboficiales,
espeta de forma burlona y salvaje: “Voy a hacer
de esta cuadrilla el mejor grupo de hombres del ejército
norteamericano”,
con tono y mirada de ferocidad a unos reclutas que les observan.
Estas
yuxtaposiciones cómicas tienen muy poco de sátira destructiva;
reafirman el valor del ritual al humanizarlo despojándolo de su
frialdad y pomposidad.
John Ford
nos muestra la adhesión a la costumbre como marca de la comunidad
civilizada, y seguramente la señal de que el director considera a
los indios cómo iguales a los blancos, es la complicada serie de
formalidades que deben cumplir los dos oficiales de caballería que
acuden a parlamentar con Cochise.
En el mundo militar creado por el realizador, cada uno está definido
por su graduación, pero la confraternización entre las clases es
una de las mayores alegrías de la vida en el fuerte.
El
sociólogo Toonies
escribía: “La esencia de la autoridad y la
camaradería se mezclan”,
Ford
va más allá: la jerarquía de mandos no equivale a la
estratificación en sentido feudal, sólo se aplica a los asuntos
militares, en todo lo demás existe una igualdad natural de la que no
se habla, entre las personas sea cual sea su estatus. Sin embargo
aludir en voz alta a esta igualdad se considera sospechoso. Es de
este modo que al insistir arrogantemente Thursday
en las distinciones de grado y negarse a que el teniente corteje a su
hija, el coronel subvierte el orden natural de la comunidad y se
equivoca claramente. Ello justifica la insoburdinación de O'Rourke,
lo que lleva a su señora a que se burle de las vacilaciones de los
hombres para enfrentarse al coronel. De alguna forma Ford
nos está diciendo que hay ciertas cosas que deben hacerse aunque
existan órdenes en sentido contrario; así Mulcahy
y sus compañeros se beben un alijo de licor en lugar de destruirlo.
Su caballería no tiene apego a la tierra, se trata de una comunidad
precariamente asentada en territorio hostil y como compensación
busca propósito y permanencia en la realización de su servicio
patriótico, y es aquí donde la película se vuelve problemática y
aparece una ambigüedad en la visión central del director. Si bien
éste film ensalza firmemente el estilo y la imagen de los militares,
también socava las raíces de su existencia al poner en tela de
juicio el contexto histórico y político de su actuación, dejado de
manifiesto el poco sentido que tiene la causa del combate.
En
“Fort Apache”
la caballería se enfrenta a los apaches en una batalla injusta y a
la postre desastrosa. Las decisiones que conducen a esa batalla son
el foco de la estructura dramática de la segunda mitad de la cinta.
Aquí la dialéctica de formalidad e informalidad, conducta ordenada
y desordenada, se traduce a términos más serios de autoridad y
rebelión, y el desarrollo de la acción revela la equivocación
implícita en el conflictivo compromiso emocional del propio
realizador.
El
teniente coronel Thursday
queda desenmascarado cómo un oficial indigno de su cargo. Carece de
humildad y considera cómo un castigo su nuevo destino no acorde a
sus méritos y subestima a sus oponentes a los que denigra: “Indios
cobardes que se ocultan bajo el suelo”,
situándose erróneamente por encima del grupo y fuera de las normas
institucionales.
Hay
un detalle revelador al inicio de la película: el coronel acude a un
baile en honor a Washington
pero ignora que se debe a su aniversario. John
Ford
nos muestra el excesivo individualismo del personaje en un primer
plano cuando reprende al teniente por salir a cabalgar con su hija en
uno de los pocos primeros planos del film. El realizador utiliza
predominantemente planos medios o generales para mostrar la cohesión
de la comunidad, siendo el único plano equivalente una escena del
traficante Meacham,
también culpable, aunque de forma diferente, pero con las mismas
motivaciones egoístas.
Es
a partir de aquí que la autoridad falible y peligrosa del coronel
provoca una respuesta airada que coloca en el centro del drama al
capitán York.
Éste es el único que comprende la compleja situación
político-militar y quién advierte de que Cochise
y sus apaches se han visto forzados a romper los términos del
tratado, a causa de la explotación a la que les someten los
traficantes sin escrúpulos que se introducían clandestinamente en
la reserva. Tan sólo York,
acompañado de otro oficial se adentra en el campamento indio y
acuerda la paz con Cochise,
sólo para ver como Thursday
rechaza sus términos, y también es York
quién advierte al coronel que una acción militar contra los indios
sería un suicidio. Éste personaje está muy seguro en todos estos
aspectos y se opone de todo corazón a las ideas de su comandante.
Pero jamás desobedece una orden, algo que deja muy claros los rasgos
del mundo de John Ford.
La insoburdinación es aceptable en cuestiones de amor y bebida, una
constante en sus películas, pero no en los asuntos militares serios,
York
es el rebelde obediente, también constatable en “They
were expendable” (“Ellos
no eran imprescindinles”)
de 1945.
Una figura que caracteriza la visión del director como
provocativamente existencialista. Todas las evidencias están en
contra, pero el capitán sigue confiando en las virtudes primarias
del sistema al que pertenece. Discute pero no se rebela. Quizás esto
revele la confrontación personal que para el realizador significa la
existencia sin raíces.
Por
su constante negativa a admitir la justicia de la causa de los
indios, su excesiva y estricta aplicación de las órdenes, su deseo
de gloria personal y sus desatinos tácticos que acaban resultándole
fatales y ocasionan la matanza de sus tropas, Thursday
ha sido interpretado como un retrato ficticio de Custer.
En
este sentido se encuentra entre el deslumbrante y ambicioso Errol
Flynn
de “They died with their boots on” (“Murieron
con las botas puestas”)
rodada en 1941 por
Raoul Walsh
y el grotesco psicópata de “Little Big Man”
(“Pequeño gran hombre”)
que dirigió Arthur Penn en
1970,
y de los tres probablemente Thursday
sea el que más se aproxima al original.
Recuerdo
que mientras duraba el visionado yo no podía retirar la mirada de la
pantalla donde se desarrollaba una historia que me hacía palpitar el
corazón. Era terriblemente emocionante. Se había desatado el
infierno tras una primera mitad relativamente plácida y plena de
gags entrañables. Ahora, desde la tropa, pasando por los
suboficiales e incluyendo al capitán y a las mujeres, todos
cuestionaban la autoridad, por lo que la comunidad se encontraba en
peligro.
Entra
en escena otro personaje crucial para la historia, Meacham,
el traficante y catalizador de las dos jerarquías paralelas,
pacíficas, arraigadas y comunitarias cómo la caballería y los
apaches. Vende a los indios baratijas, rifles y licor matarratas. Su
única motivación es la perspectiva de ganancia personal. Si
Thursday
es ambicioso, él es codicioso. Su ruin moralidad se refleja en su
apariencia. Es significativo que éste solitario personaje no cumpla
las exigencias de la autoridad tradicional: “No
presto atención a los títulos militares...no creo en títulos de
ningún tipo”,
para posteriormente apelar a su falso igualitarismo: “Todos
somos hermanos, hijos de Dios, incluso éstos salvajes...”,
remarcando así Ford
la representación de los valores comerciales y capitalistas.
Cuando
Cochise expone
las quejas de su gente, centra su ataque en Meacham,
traicionero agente del gobierno. En esa escena, durante la
parlamentación, Ford
enfoca dos veces en primer plano el rostro del astuto traficante,
estos junto al de Thursday,
los únicos primeros planos. Cuando Cochise
exige la expulsión del territorio de Meacham,
la negativa de Thursday
a sus demandas enciende la mecha del conflicto.
La
ambigüedad de “Fort Apache”
es exacta a la del poema de Tennyson
y la fatal carga de la caballería, ordenada por un comandante inepto
que hace penetrar en un valle estrecho donde los soldados son
masacrados desde los lados y que parece una referencia obligada a
“The charge of the Light Brigade” (“La
carga de la Brigada Ligera”)
que rodó Michael Curtiz
en 1936,
sólo que Ford
la rueda tal cuál, con rápidos planos barridos del personaje de un
Fonda
excelente, galopando a la batalla a la cabeza de sus tropas,
enarbolando su sable y el corneta herido agarrándose al costado de
su montura desesperadamente, antes de caer.
Ford
socava la aparente valentía de las tropas al reinvindicar la causa
apache. Probablemente se preguntaría: ¿Que hay de noble en la
muerte de unos soldados por capricho de un oficial que está
equivocado y en un ataque injustificado?.
En
una de las escenas finales, se muestra cómo el capitán York
teje una leyenda alrededor de la carga y la matanza para provecho de
los periodistas, algo que el director utilizó posteriormente en “The
man who shot Liberty Valance”,
cuando al final de la entrevista a James Stewart,
el editor del periódico le dice a su ayudante que no publicará la
verdad, aduciendo un “Cuando la leyenda supera
a la realidad, mejor publicar la leyenda...”,
mientras en “Fort Apache”,
York
ante los periodistas contesta: “Ningún hombre
murió con más gallardía” para
finalizar un relato que exonere al comandante de sus errores y lo
convierta en leyenda. De nuevo aquí la rabia contenida del rebelde
que no se insubordina. Entre todos construyen una imagen de la
“heroica carga” y que York
finalmente confirma como “Correcta en todos sus
detalles”.
Años
después y durante el transcurso de una entrevista que Peter
Bogdanovich
realizó al director de Maine,
éste recordó: “La fabricación de una leyenda
es buena para la nación. Hemos tenido muchos hombres que pasaban por
ser grandes héroes y sabes perfectamente que no lo eran. Pero es
bueno para la nación tener héroes en los que fijarse”,
algo que da luz a la dimensión del mundo de Ford.
Lo curioso es que esta afirmación de fe en el mito, en ambas
películas, llega al final de unos filmes dedicados a desenmascarar
al mismo para llegar a la verdad.
Imagino
que para John Ford,
lo importante es que la tradición se mantenga, de hecho “Fort
Apache” mira
tanto hacia adelante cómo atrás, y teniendo en cuenta su
filmografía, ésta se podría calificar de poco característica por
la ausencia de nostalgia placentera y de sentimentalismo y
religiosidad.
La
muerte del coronel no está subrayada por un funeral, quizás por que
no tendría sentido. Al final de la película, en la escena con los
periodistas, York se
acerca a la ventana, y a través de su figura reflejada, vemos a la
caballería que parte a una nueva misión. “Esto
es el ejército”
apunta York, “...ahora y dentro de cincuenta
años...los soldados son mejores gracias a Thursday”.
Es la mentira noble del rey del filósofo Platón.
Es también el milagro, misterio y autoridad del Gran
Inquisidor,
que salva a los hombres de los tormentos de la libre decisión.
Despojado
de existencialismos Ford
sitúa la fuente de los valores fuero del individuo y los coloca en
la institución. Esto tiene el efecto de devaluar al individuo; sus
luchas personales quedan englobadas en una síntesis superior, su
muerte es absorvida para nutrir la nación y que esta continúe. Así
pues, al menos en “Fort Apache”,
el director no admite el principio de responsabilidad personal aparte
del deber y del servicio, ni el de rebelión justificada en asuntos
militares.
Me
pregunto como hubiera sido una película suya sobre los juicios de
Nuremberg,
pero para él, seguro que esto equivaldría a aprobar la
desintegración interna de la estructura disciplinada de las Fuerzas
Armadas, el tipo de colapso que experimentaban las fuerzas americanas
en Vietnam,
como resultado de la erosión de la autoridad. Supongo que Ford
creía en este mundo jerárquico y no admitía verlo amenazado, pero
las tensiones implícitas en este compromiso se hacen sentir cuando
pone deliberadamente en duda la contribución de la caballería al
desarrollo de la sociedad estadounidense.
Aún
y así, coexisten en su compromiso las virtudes tradicionales de la
obediencia y la lealtad al tiempo que la simpatía que el director
sentía por los desplazados, los desamparados y los oprimidos.
Estos
son dos elementos que siguen siendo una constante fuente de
conflictos que nunca resuelve del todo en su obra. En “Fort
Apache”,
el primer elemento gana la partida; el injusto ataque a los apaches
acaba siendo celebrado. Veinte años después rodaría “Cheyenne
Autumm” (“El
gran combate”)
y sus prioridades se invirtieron. La comprensión ante las
penalidades de los indios era lo principal y la moralidad del
“ordenes son ordenes”, encarnada en la figura de Karl
Malden,
recibía un golpe sin precedentes.
Pienso
sinceramente que su crítica al poderío político-militar de los
Estados Unidos,
aunque ensanchada de manera ambigua, nunca ha sido tan dura como en
“Fort Apache”.
Aquí
termina esta, hoy larga sesión, que creo merecía la pena explayar
para comprender un poco mejor la figura y la obra de uno de los
mejores directores, sino el mejor, de la historia del cine.
Sin
nada más que añadir me despido, como siempre, buen cine...y mucha
suerte.
















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