Facilis descensus averno "El descenso al infierno es fácil" Virgilio, La Eneida

lunes, 22 de julio de 2019

La Grande Illusion (Jean Renoir) 1937


LA GRANDE ILLUSION
(LA GRAN ILUSIÓN) JEAN RENOIR, 1937


Al final de la Primera Guerra Mundial, todo el mercado cinematográfico estaba devastado, destruido o se encontraba en decadencia, y el cine que se proyectaba llegaba desde Hollywood. Salvo honrosas excepciones como “El gran desfile” de King Vidor en 1925 o “Sin novedad en el frente” realizada por Lewis Milestone en 1930, que trataban el tema como un todo y no como un fin, sus producciones carecían de reflexiones respecto al conflicto o sus consecuencias. No fue hasta mediados los años treinta que una nueva hornada de directores europeos comenzó a arañar espacio en el mercado internacional.
Realizadores como el francés Abel Ganze, el británico Anthony Asquid, George Pabst en Alemania o Giovacchino Forzano en Italia.

En pleno calentamiento de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Alemania de Hitler ya entrenaba a sus SS, y en que las guerras crecían junto con el cine, el estreno de “La gran ilusión”, contribuyó a generar un llamamiento al pacifismo desde el séptimo arte, que al igual que la excelente “El Gran Dictador”, rodada por un admirable Charles Chaplin en 1940, (en España no se estrenó hasta 1976), no llegaron a ser suficiente para detener la descomposición que sufriría una desgastada idea de Europa que supondría, el final de la aristocracia y los antiguos regímenes decimonónicos. Tiempos en que los políticos y el ejército jugaba a las batallas con una tablero y figuritas de plomo, como si de un juego de mesa se tratara... tiempos en la que la supuesta honorabilidad y reglas, aunque absurdas se obedecían; como si existieran jueces que dirimen la contienda: “Si son oficiales, dígales que están invitados a comer”, propugna el comandante alemán poco después de haber abatido el avión francés en el que viajaban los dos oficiales. Esta escena ya nos preavisa, sabemos que no asistiremos a ningún fusilamiento ni tortura.

Probablemente la intención del director era que su película fuera un canto a la naturalidad de las relaciones humanas, siempre tendentes a la bondad, a la amabilidad y el buen trato. De hecho, son los propios encarcelados quienes dejan al descubierto esas intenciones: “finjamos que esto es una situación divertida”, dice uno de los personajes. Fórmula que años después, en 1999, usaría Roberto Benigni en su oscarizada “La vita è bella”. Pero a pesar de la ingenuidad, amabilidad y humanismo que destilaban esta y otras películas de mediados los 30 y principios de los 40, no pudieron frenar una maquinaria belicista imparable durante todo el siglo XX, hasta que finalmente algunos cineastas como Stanley Kubrick, Oliver Stone, Steven Spielberg o Clint Eastwood, abandonaron esa senda para mostranos sin censura la otra cara de la guerra...la del horror, la violenta, la inhumana.

El cine bélico, mas que un género en si mismo, forma parte de las distintas categorías del drama, la aventura, el documental y la comedia. Su valor específico es la representación de escenas relativas al conflicto, y de alguna manera son películas históricas, ya que implican un mínimo conocimiento de la situación y la capacidad de identificar los bandos opuestos, además del uso de indicios para que las escenas nos remitan, irremediablemente, a ese periodo.
Narrativamente podemos dividirlas en dos categorías básicas. Una en la que el conflicto es el centro de un hecho histórico, y en el que a partir de él, el film edifica una historia, y una segunda donde se ha construido una historia que se desarrolla en el entorno de un conflicto. La película de Renoir responde a la primera opción, ya que nos cuenta una historia comprometida con el destino del hombre y su realidad circundante, enmarcándola dentro de un hecho histórico, consiguiendo que mas que de guerra, nos hable de paz y equidad social. Es una cinta donde se retrata con honestidad y originalidad el requebrajamiento geo-social europeo que inició la Gran Guerra.

La película que nos propone el director, y que no se estrenó en España hasta 1953, además de ser uno de los grandes títulos del maestro francés, nos introduce al debate mediante las andanzas de un grupo de oficiales franceses, hechos prisioneros por los alemanes durante el conflicto. Renoir quiso enterrar las trincheras y las escenas de batallas, que ya durante el cine mudo habían sido carne de espectáculo, y ofrecernos un conjunto de diálogos y personajes entrañables a ambos lados de la contienda.


El excepcional trabajo de iluminación y fotografía que llevó a cabo Christian Matraz, junto a la mirada cálida y atenta de Renoir nos muestran la estilización de los objetos, seres y naturaleza, registrando acciones nimias y sutiles con naturalidad, lejos de cualquier amaneramiento.
La mayor parte de la cinta se desarrolla en interiores, confiriendo una escenografía muy teatral a la película, la cual Renoir, puebla de encuadres donde la profundidad de campo es prioritaria otorgándole una importancia a la escena, que sustituye al plano y profundiza la acumulación de realidad.


A través de los rostros de Jean Gabin (oficial francés Maréchal), Pierre Fresnay (capitán francés Boieldieu) y el asombroso Eric Von Stroheim (comandante alemán Von Rauffenstein), junto a un maravilloso casting de secundarios, el cineasta da vida a un relato sobre la amistad y la búsqueda de la libertad, presentando una tesis histórica mucho más importante que la parodia, la sátira y el humor de muchas de sus situaciones.

Para Jean Renoir, la Gran Guerra es el inicio del fin de la “vieja Europa”. Al igual que ahora, entonces el mundo estaba herido por una crisis económica y también la humanidad permanecía perpleja, adolecía de capacidad de reacción y estaba asustada. Situaciones paralelas que debido a su vigencia, no resulta anacrónico volver al blanco y negro de los años 30. Definitivamente el pacifismo que “La Grande Illusion” emana en cada fotograma es antiguo pero importable.


El carácter teatral nos pide recrearnos en sus personajes, diálogos y deseos de fuga: el tesón humilde de Maréchal, el clasicismo heroico de Boeldieu, los grandes recursos de Rosenthal y el hastío, la bondad y decadencia de Rauffenstein. En las breves palabras que los personajes de Fresnay y Von Stroihem intercambian tomando un café, y donde los actores construyen una escena que contiene uno de los mejores diálogos de la historia del cine, tenemos un buen ejemplo de ello: “Afuera los niños juegan a ser soldados, y aquí los soldados juegan como niños”, apunta el capitán francés Boieldieu. El film es el resumen de toda una era, el fin del mundo tal y como se conocía, donde en su hipocresía los llamados viejos y sabios sabían que morir era su mejor opción.

Es aquí donde surgen voces discordantes respecto de si la película de Renoir pecaba de vehemencia e indulgencia. Todo lo dicho hasta ahora juega a favor del film y su camino de propuesta tal vez utópica, pero al tiempo podemos encontrar algunos detalles y argumentos que nos hagan pensar que el trabajo del realizador peca en alguna medida de ingenuidad. Esta película que firma uno de los creadores mas interesante de todos los tiempos, narra con un estilo elegante e inteligente una historia humanista con un fino sentido del humor, y contiene unos diálogos irónicos muy bien tramados, pero todo y con eso a veces resulta un tanto fría en su propuesta, pecando de esa vehemencia en el tono general, aunque quizás no tanto a través de sus personajes, quienes si parecen estar de vuelta de todo, dando la sensación que un tono monocorde y sarcástico se apodera de la cinta y no la deja casi respirar con naturalidad.
Sus personajes prisioneros logran construir una especie de sociedad ideal alimentada por pequeñas ilusiones, logrando que deliberadamente, estos, olviden el horror de la guerra. Son conscientes en el fondo de su ser de la realidad que viven, sin embargo Renoir y su co-guionista Charles Spaak, parecen dejarse llevar a través de la secuencias, hacia unas quimeras que anhelan. Van en busca de una civilización donde todos los hombres tengan cabida y todas las clases sociales puedan coexistir en un extraño y antinatural equilibrio que les resta identidad colectiva.

Es un sueño maravilloso que se contradice con la película, ya que nos deja entrever demasiada melancolía por el viejo orden, pareciendo añorar unos ideales rancios que chirrían un tanto con los emblemas revolucionarios franceses, sin embargo también la libertad, la igualdad y la fraternidad se ven apoyadas por el argumento de manera incondicional, en una contradicción no tan bien avenida. De hecho, en este baile entre opuestos, ni la amistad ni la camaradería se ponen a prueba en la película, sino que permanece enmarcada en un mero ejercicio de estética o en una encrucijada fácilmente resuelta y que apenas deja sentir el desafío que conlleva adoptar una decisión difícil. El sacrificio del capitán flautista, ante todo un caballero, es un buen ejemplo de ello. 


Para Renoir la universalidad del amor es decodificar los mismos códigos, igualarse; como sucede cuando el piloto francés se enamora de la alemana que lo refugia. No hablan la misma lengua pero el sentimiento les une. Quizás si el film hubiera transitado más entre contrastes y sombras, esa gran ilusión colectiva que experimentan los personajes, habría alcanzado de lleno al espectador. No es necesario caer en el tremendismo, ni mostrar los dramas que abundan en otras cintas de trasfondo bélico, sobre todo si estamos ante una comedia, pero no es menos cierto que durante el metraje de casi dos horas, los personajes parecen estar en una especia de club social, corriendo el riesgo de que el tedio asome o algo huela a impostura en algún momento, perdiendo de vista esa conexión emocional e intensa, que a modo de flechazo, si logran otros films bélicos en su vis cómica.

A pesar de esta reflexión, la película sigue emergiendo como un clásico, con toda su fuerza, donde Renoir toma la confrontación y la traslada a un terreno más lúdico, a un juego de opuestos que en lugar de mostrar su enfrentamiento bélico, expresa un deseo latente y compartido por los hombres: vivir en paz y en libertad. Esa es la verdadera ilusión que propone el realizador parisino, planteando a través de ingeniosos diálogos cuestiones que hablan de las clases sociales, subrayando siempre con ironía y colocando por ejemplo en boca de un burgués estas palabras: “los privilegios se democratizan”. Todos estos opuestos planteados por Jean Renoir tienen su mayor expresión en la relación de los capitanes, uno es francés, el otro alemán. 
Dialogan, se respetan, muestran camaradería de rango, pero se sienten superados por el afuera, el conflicto y la guerra que los “obliga” a respetar códigos, y se piden perdón, o mejor dicho, piden perdón a la sociedad, dentro de un plano que los contiene y enmarca en un retrato pacifista. 


Es un universo ajeno a la guerra, donde todos tratan de hacerse la vida más fácil, vivir a lomos de una mentira con mucha cordura, hasta que la realidad acabe por imponer sus reglas y sin que suponga un verdadero trauma.

La mirada humanitaria del director se impone magistralmente hacia el final del relato. La libertad está cerca y el drama de la guerra comienza a alejarse, y es aquí donde una silueta de dos hombres liberados del encierro la vemos rodeada de un paisaje nevado de la Suiza alpina que parece acogerles guiando sus pasos. Hay tensión y festejo, el plano se abre y la cámara abandona el protagonismo de los personajes para mostrarlos en su condición del hombre sólo frente a su destino.


La Grande Illusion” es una película que carece prácticamente de primeros planos, no se destaca ningún personaje ni se enfatiza su rol, todo se exhibe en un plano general que informa e iguala. Las imágenes se fusionan y el tiempo fluye mostrando la realidad como un festín de singularidades, que dejarían una marcada huella con esta pequeña utopía. Más de un cuarto de siglo después, John Sturges rendiría homenaje a esos oficiales y soldados en “The great escape” (“La gran evasión”) de 1963, con un tono algo más crudo pero igualmente hilarante en una historia prácticamente idéntica.

Queda ya en la memoria la cita del crítico cinematográfico francés, André Bazin: “Todo en Renoir aspira a la libertad de existencia y a la verdadera nobleza del hombre, la aristocracia del corazón”.

Hasta un próximo artículo, buen cine...y mucha suerte.

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