LA GRANDE ILLUSION
(LA GRAN ILUSIÓN) JEAN RENOIR, 1937
Al final de la
Primera Guerra Mundial, todo el mercado cinematográfico
estaba devastado, destruido o se encontraba en decadencia, y el cine
que se proyectaba llegaba desde Hollywood.
Salvo honrosas excepciones como “El gran desfile”
de King Vidor
en 1925
o “Sin novedad en el frente”
realizada por Lewis Milestone en
1930,
que trataban el tema como un todo y no como un fin, sus producciones
carecían de reflexiones respecto al conflicto o sus consecuencias.
No fue hasta mediados los años treinta que una nueva hornada de
directores europeos comenzó a arañar espacio en el mercado
internacional.
Realizadores
como el francés Abel Ganze,
el británico Anthony Asquid,
George Pabst en
Alemania o Giovacchino Forzano en
Italia.
En
pleno calentamiento de la Segunda
Guerra Mundial, cuando la
Alemania de Hitler
ya entrenaba a sus SS, y en que las guerras crecían junto con el
cine, el estreno de “La gran ilusión”,
contribuyó a generar un llamamiento al pacifismo desde el séptimo
arte, que al igual que la excelente “El Gran
Dictador”, rodada por un
admirable Charles Chaplin
en 1940,
(en España no se estrenó hasta 1976), no llegaron a ser suficiente
para detener la descomposición que sufriría una desgastada idea de
Europa que supondría, el final de la aristocracia y los antiguos
regímenes decimonónicos. Tiempos en que los políticos y el
ejército jugaba a las batallas con una tablero y figuritas de plomo,
como si de un juego de mesa se tratara... tiempos en la que la
supuesta honorabilidad y reglas, aunque absurdas se obedecían; como
si existieran jueces que dirimen la contienda: “Si son
oficiales, dígales que están invitados a comer”,
propugna el comandante alemán poco después de haber abatido el
avión francés en el que viajaban los dos oficiales. Esta escena ya
nos preavisa, sabemos que no asistiremos a ningún fusilamiento ni
tortura.
Probablemente
la intención del director era que su película fuera un canto a la
naturalidad de las relaciones humanas, siempre tendentes a la bondad,
a la amabilidad y el buen trato. De hecho, son los propios
encarcelados quienes dejan al descubierto esas intenciones: “finjamos
que esto es una situación divertida”,
dice uno de los personajes. Fórmula que años después, en 1999,
usaría Roberto Benigni en
su oscarizada “La vita è bella”.
Pero a pesar de la ingenuidad, amabilidad y humanismo que destilaban
esta y otras películas de mediados los 30 y principios de los 40, no
pudieron frenar una maquinaria belicista imparable durante todo el
siglo XX, hasta que finalmente algunos cineastas como Stanley
Kubrick, Oliver
Stone, Steven
Spielberg o Clint
Eastwood, abandonaron esa
senda para mostranos sin censura la otra cara de la guerra...la del
horror, la violenta, la inhumana.
El cine bélico, mas que un género en si mismo, forma parte de las
distintas categorías del drama, la aventura, el documental y la
comedia. Su valor específico es la representación de escenas
relativas al conflicto, y de alguna manera son películas históricas,
ya que implican un mínimo conocimiento de la situación y la
capacidad de identificar los bandos opuestos, además del uso de
indicios para que las escenas nos remitan, irremediablemente, a ese
periodo.
Narrativamente
podemos dividirlas en dos categorías básicas. Una en la que el
conflicto es el centro de un hecho histórico, y en el que a partir
de él, el film edifica una historia, y una segunda donde se ha
construido una historia que se desarrolla en el entorno de un
conflicto. La película de Renoir
responde a la primera opción, ya que nos cuenta una historia
comprometida con el destino del hombre y su realidad circundante,
enmarcándola dentro de un hecho histórico, consiguiendo que mas que
de guerra, nos hable de paz y equidad social. Es una cinta donde se
retrata con honestidad y originalidad el requebrajamiento geo-social
europeo que inició la Gran
Guerra.
La
película que nos propone el director, y que no se estrenó en España
hasta 1953, además de ser uno de los grandes títulos del maestro
francés, nos introduce al debate mediante las andanzas de un grupo
de oficiales franceses, hechos prisioneros por los alemanes durante
el conflicto. Renoir
quiso enterrar las trincheras y las escenas de batallas, que ya
durante el cine mudo habían sido carne de espectáculo, y ofrecernos
un conjunto de diálogos y personajes entrañables a ambos lados de
la contienda.
El
excepcional trabajo de iluminación y fotografía que llevó a cabo
Christian Matraz,
junto a la mirada cálida y atenta de Renoir
nos muestran la estilización de los objetos, seres y naturaleza,
registrando acciones nimias y sutiles con naturalidad, lejos de
cualquier amaneramiento.
La
mayor parte de la cinta se desarrolla en interiores, confiriendo una
escenografía muy teatral a la película, la cual Renoir,
puebla de encuadres donde la profundidad de campo es prioritaria
otorgándole una importancia a la escena, que sustituye al plano y
profundiza la acumulación de realidad.
A
través de los rostros de Jean Gabin
(oficial francés Maréchal),
Pierre Fresnay
(capitán francés Boieldieu)
y el asombroso Eric Von Stroheim
(comandante alemán Von Rauffenstein),
junto a un maravilloso casting de secundarios, el cineasta da vida a
un relato sobre la amistad y la búsqueda de la libertad, presentando
una tesis histórica mucho más importante que la parodia, la sátira
y el humor de muchas de sus situaciones.
Para
Jean Renoir, la
Gran Guerra es
el inicio del fin de la “vieja Europa”.
Al igual que ahora, entonces el mundo estaba herido por una crisis
económica y también la humanidad permanecía perpleja, adolecía de
capacidad de reacción y estaba asustada. Situaciones paralelas que
debido a su vigencia, no resulta anacrónico volver al blanco y negro
de los años 30. Definitivamente el pacifismo que “La
Grande Illusion” emana en
cada fotograma es antiguo pero importable.
El
carácter teatral nos pide recrearnos en sus personajes, diálogos y
deseos de fuga: el tesón humilde de Maréchal,
el clasicismo heroico de Boeldieu,
los grandes recursos de Rosenthal
y el hastío, la bondad y decadencia de Rauffenstein.
En las breves palabras que los personajes de Fresnay
y Von Stroihem
intercambian tomando un café, y donde los actores construyen una
escena que contiene uno de los mejores diálogos de la historia del
cine, tenemos un buen ejemplo de ello: “Afuera los
niños juegan a ser soldados, y aquí los soldados juegan como niños”,
apunta el capitán francés Boieldieu.
El film es el resumen de toda una era, el fin del mundo tal y como se
conocía, donde en su hipocresía los llamados viejos y sabios sabían
que morir era su mejor opción.
Es
aquí donde surgen voces discordantes respecto de si la película de
Renoir pecaba
de vehemencia e indulgencia. Todo lo dicho hasta ahora juega a favor
del film y su camino de propuesta tal vez utópica, pero al tiempo
podemos encontrar algunos detalles y argumentos que nos hagan pensar
que el trabajo del realizador peca en alguna medida de ingenuidad.
Esta película que firma uno de los creadores mas interesante de
todos los tiempos, narra con un estilo elegante e inteligente una
historia humanista con un fino sentido del humor, y contiene unos
diálogos irónicos muy bien tramados, pero todo y con eso a veces
resulta un tanto fría en su propuesta, pecando de esa vehemencia en
el tono general, aunque quizás no tanto a través de sus personajes,
quienes si parecen estar de vuelta de todo, dando la sensación que
un tono monocorde y sarcástico se apodera de la cinta y no la deja
casi respirar con naturalidad.
Sus
personajes prisioneros logran construir una especie de sociedad ideal
alimentada por pequeñas ilusiones, logrando que deliberadamente,
estos, olviden el horror de la guerra. Son conscientes en el fondo de
su ser de la realidad que viven, sin embargo Renoir
y su co-guionista Charles Spaak,
parecen dejarse llevar a través de la secuencias, hacia unas
quimeras que anhelan. Van en busca de una civilización donde todos
los hombres tengan cabida y todas las clases sociales puedan
coexistir en un extraño y antinatural equilibrio que les resta
identidad colectiva.
Es un sueño maravilloso que se contradice con la película, ya que
nos deja entrever demasiada melancolía por el viejo orden,
pareciendo añorar unos ideales rancios que chirrían un tanto con
los emblemas revolucionarios franceses, sin embargo también la
libertad, la igualdad y la fraternidad se ven apoyadas por el
argumento de manera incondicional, en una contradicción no tan bien
avenida. De hecho, en este baile entre opuestos, ni la amistad ni la
camaradería se ponen a prueba en la película, sino que permanece
enmarcada en un mero ejercicio de estética o en una encrucijada
fácilmente resuelta y que apenas deja sentir el desafío que
conlleva adoptar una decisión difícil. El sacrificio del capitán
flautista, ante todo un caballero, es un buen ejemplo de ello.
Para
Renoir la universalidad del amor es decodificar los mismos códigos,
igualarse; como sucede cuando el piloto francés se enamora de la
alemana que lo refugia. No hablan la misma lengua pero el sentimiento
les une. Quizás si el film hubiera transitado más entre contrastes
y sombras, esa gran ilusión colectiva que experimentan los
personajes, habría alcanzado de lleno al espectador. No es necesario
caer en el tremendismo, ni mostrar los dramas que abundan en otras
cintas de trasfondo bélico, sobre todo si estamos ante una comedia,
pero no es menos cierto que durante el metraje de casi dos horas, los
personajes parecen estar en una especia de club social, corriendo el riesgo de que el tedio asome o algo huela a impostura en
algún momento, perdiendo de vista esa conexión emocional e intensa,
que a modo de flechazo, si logran otros films bélicos en su vis
cómica.
A
pesar de esta reflexión, la película sigue emergiendo como un
clásico, con toda su fuerza, donde Renoir
toma la confrontación y la traslada a un terreno más lúdico, a un
juego de opuestos que en lugar de mostrar su enfrentamiento bélico,
expresa un deseo latente y compartido por los hombres: vivir en paz y
en libertad. Esa es la verdadera ilusión que propone el realizador
parisino, planteando a través de ingeniosos diálogos cuestiones que
hablan de las clases sociales, subrayando siempre con ironía y
colocando por ejemplo en boca de un burgués estas palabras: “los
privilegios se democratizan”.
Todos estos opuestos planteados por Jean Renoir
tienen su mayor expresión en la relación de los capitanes, uno es
francés, el otro alemán.
Dialogan, se respetan, muestran
camaradería de rango, pero se sienten superados por el afuera, el
conflicto y la guerra que los “obliga” a respetar códigos, y se
piden perdón, o mejor dicho, piden perdón a la sociedad, dentro de
un plano que los contiene y enmarca en un retrato pacifista.
Es un
universo ajeno a la guerra, donde todos tratan de hacerse la vida más
fácil, vivir a lomos de una mentira con mucha cordura, hasta que la
realidad acabe por imponer sus reglas y sin que suponga un verdadero
trauma.
La mirada humanitaria del director se impone magistralmente hacia el
final del relato. La libertad está cerca y el drama de la guerra
comienza a alejarse, y es aquí donde una silueta de dos hombres
liberados del encierro la vemos rodeada de un paisaje nevado de la
Suiza alpina que parece acogerles guiando sus pasos. Hay tensión y
festejo, el plano se abre y la cámara abandona el
protagonismo de los personajes para mostrarlos en su condición del
hombre sólo frente a su destino.
“La Grande Illusion” es una película que carece
prácticamente de primeros planos, no se destaca ningún personaje ni
se enfatiza su rol, todo se exhibe en un plano general que informa e
iguala. Las imágenes se fusionan y el tiempo fluye mostrando la
realidad como un festín de singularidades, que dejarían una marcada
huella con esta pequeña utopía. Más de un cuarto de siglo después,
John Sturges rendiría homenaje a esos oficiales y
soldados en “The great escape” (“La gran
evasión”) de 1963, con un tono algo más crudo pero
igualmente hilarante en una historia prácticamente idéntica.
Queda ya en la memoria la cita del crítico cinematográfico francés,
André Bazin: “Todo en Renoir aspira a
la libertad de existencia y a la verdadera nobleza del hombre, la
aristocracia del corazón”.
Hasta un próximo artículo, buen cine...y mucha suerte.
Hasta un próximo artículo, buen cine...y mucha suerte.






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