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domingo, 1 de diciembre de 2019

Salvatore Giuliano (Francesco Rosi) 1962


“SALVATORE GIULIANO”
FRANCESCO ROSI, 1962


En 1962 el director italiano nacido en Nápoles, Francesco Rosi, estrenó, para mi, su mejor película: “Salvatore Giuliano”.
Fue rodada en la localidad siciliana de Montelepre, donde nació Giuliano, en sus casas, caminos y montañas donde reinó durante seis años. En la casa de Castelvetrano donde el fugitivo pasó sus últimos meses, y en el patio donde una mañana se encontró su cuerpo sin vida.
Cuenta con un guión del propio realizador junto a Susso Cecchi d'Amico, Enzo Provenzale y Franco Solinas, la fotografía corresponde a Gianni di Venanzo y la música la firma Piero Piccioni
El reparto lo conforman: Frank Wolff, Salvo Randone, Federico Zardi, Pietro Cammarata, Fernando Cicero y Giuseppe Teti.


El film del director Francesco Rosi y por el que fue galardonado con el Oso de Plata al Mejor Director en el Festival de Berlín en 1962, presenta una biografía de Salvatore Giuliano (1922-1950), un mítico bandido e independentista siciliano, aunque al director, le interesa más centrar la atención sobre los endémicos problemas de la isla, sobre las relaciones entre mafia, bandolerismo, poder político y poder económico, algo que los italianos suelen denominar el “problema meridional”, y es entonces que la vida de un célebre bandido se convierte en la mejor excusa para escarbar en las raíces de la vida italiana, a manos de un director y una cinta que fue encumbrada como la obra que inauguró la corriente de cine político italiano y de la que Rosi es, además, uno de sus principales exponentes y que únicamente se puede entender como una de las derivadas de la inagotable fuente formal y temática que supuso el neorrealismo italiano.


La película “Salvatore Giuliano” es la historia, contada en forma semi-documental, empleando actores no profesionales, utilizando localizaciones reales, y con un narrador, el propio realizador, que contextualiza los hechos, de la insurrección armada que promovió este hombre y de las contradicciones que terminaron por aliarse con el ejercito y la mafia, una trinidad indivisible como la llamará Gaspare Pisciotta, uno de los lugartenientes del bandolero y que fue también uno de los procesados, mientras el propio líder de la banda, no se encontraba en los estrados judiciales junto a sus compañeros. En la primera escena del film lo vemos boca abajo, con disparos en su cuerpo, asesinado. Es el 5 de Julio, Giuliano tenía 27 años. Un cadáver acribillado a balazos yace en un patio de Castelvetrano, porta una pistola y hay un rifle a su lado. La prensa local e internacional aparece en escena con la esperanza de revelar la verdadera historia detrás de la muerte de este joven, que a pesar de su juventud ya se había convertido en el héroe criminal y célebre más buscado de Italia. Al empezar con su muerte, Rosi estructura la película en dos partes, primero con un elaborado y complejo “flashback” que va a reconstruir las andanzas del bandido por boca de los que lo conocieron, volviendo una y otra vez al levantamiento del cadáver, a su féretro y a su madre llorándolo, a partir de aquí Francesco Rosi dejará el relato atrás para concentrarse en el juicio de sus hombres. Tanto en su muerte como en la masacre de Portella della Ginestra, crimen del que son acusados, hay dudas sobre los autores materiales e intelectuales y el director se esmera en mostrarnos las posibles teorías que se manejan al respecto.


El propósito del realizador es político, su film quiere denunciar el modo en que Giuliano fue explotado: “A los limones primero los exprimen y luego los tiran”, afirma un abogado en la película, y su beligerancia aprovechada por los terratenientes, los monárquicos, las fuerzas de derechas, la mafia y el ejercito. Edificando sobre hechos históricos, cuya veracidad no podían negar ni los oponentes de la visión izquierdista del director, éste rechaza tanto la presentación documental y no comprometida de los hechos, como la narrativa completamente ficticia, y por ello recurre a ellos, algo que implicó un trabajo de archivo previo e investigación de documentos oficiales, notas de prensa, testimonios en el juicio, etc...y que lleva a Francesco Rosi a hacer un cine de ficción documentado, según él mismo calificó.

Centrado en realizar un auténtico fresco socio-político de una época y un lugar para mostrarnos a través de la figura del tristemente célebre Salvatore Giuliano, que ejerció un reinado protegido por la omertá, la pasión y el terror en las montañas de Montelepre, en el corazón de Sicilia, después de ser entronizado por las fuerzas separatistas y ser utilizado posteriormente abandonado a su suerte por los mismos políticos una vez en el poder, Francesco Rosi utiliza un recurso tan radical como efectivo: no muestra en ningún momento el rostro del bandido en vida, convirtiéndolo así en un personaje sin identidad, fantasmagórico, prácticamente intangible, una idea que refuerza la imagen de su silueta desplazándose por los vastos paisajes con su sempiterna gabardina blanca. No ocurre igual con el cuerpo del personaje una vez hallado muerto al inicio de la cinta. La cámara realiza una auténtica autopsia del cuerpo sin vida del bandolero mientras escuchamos la voz de un funcionario que levanta minuciosa acta del acontecimiento. El cuerpo del fantasma se hace tangible una vez muerto y el poder ya lo ha dominado. Rosi mistifica su figura convirtiéndole en un personaje con evidentes consonancias religiosas, reproduciendo el cuadro de Andrea Mantegna “Lamentación sobre Cristo muerto” en el plano del cadáver de Salvatore Giuliano en el cementerio, justo antes de ser enterrado.


Francesco Rosi realizó la “voz en off” él mismo, y estructuró la película en torno a la muerte del bandido. Giuliano es visto como un cadáver en la primera secuencia, con un funcionario leyendo una descripción detallada de su muerte. Esto no nos da ninguna pista sobre las preguntas que queremos responder, una estratagema deliberada del director que nos obliga a pensar por nosotros mismos a medida que avanza la película. Tan sólo nos proporciona evidencias, a menudo elípticas, pero el resultado es un estudio fantástico, no sólo de los tentáculos del crimen, sino de todo un estilo de vida. El director permite a los espectadores hacer su propio trabajo de detective, al tiempo que con esta cinta emblemática de 1961 congela un momento socio-político entre la anarquía y una posibilidad genuina de cambio.


Raramente vemos a Giuliano, pero podemos rastrear sus movimientos usando la radio de campo; observamos los toques de queda impuestos con la esperanza de atraparlo; esquivamos los disparos desde una ladera adornada con una bandera estadounidense; y seguimos a las tropas a su pueblo, donde los hombres son detenidos.
La narración del director mantiene unido este retrato complejo y fragmentado de la relación entre los ciudadanos de Sicilia, la mafia y los funcionarios del gobierno. Esto es lo que hace mejor a Rosi quién una vez fue descrito por el crítico Derek Malcom como “la conciencia pesada del cine italiano”. El director napolitano junto al romano Goffredo Alessandrini realizaron en 1952 un film biográfico sobre Anita Garibaldi, una comunista marxista comprometida en “Camicie Rosse” (“Ana Garibaldi”), interpretada por Anna Magnani, donde describen la corrupción italiana con mas fuerza que cualquier otro cineasta. Las representaciones fílmicas de Rosi ayudaron a dar forma al género moderno de “gangsters”, y la sombra de su obra se extiende por el libro “Gomorra” de Roberto Saviano en particular. “Salvatore Giuliano” marca una encrucijada para el director y para el cine italiano. Su neorrealismo se remonta al cine clásico italiano de la década de 1950, pero la película también hace un gesto hacia el oeste con el contemporáneo Jean Luc Godard, hacia el sur hasta “La batalla de Argel” rodada en 1966 por Gillo Pontecorvo y hacia el carnavalesco de Fellini, quién con una secuencia que representa un pueblo de mujeres chillando mientras acusa a las autoridades no parecería fuera de lugar en “Amarcord” de 1995. La utilización de actores locales no profesionales que trabajan en el lugar donde el bandido vivió 11 años antes, prestan un brillo etnográfico y una crudeza, no muy diferente del hecho y la posguerra de “Roma, città aperta” que realizó Roberto Rossellini en 1945.


Más tarde dirigió “Lucky Luciano” de 1973, una historia de la mafia más convencional, y películas como “Il caso Mattei” de 1972 y “Cadaveri eccellenti” en 1975, dossiers sobre el poder y la corrupción que se basaban en un estilo mucho más ornamentado y la brillantez de actores como Gian Maria Volonté o Lino Ventura que las mantenían con su considerable elocuencia.

Francesco Rosi nos propone una disyuntiva entre la vida salvaje, no carente de cierta pureza, del bandolero Giuliano, plasmada en majestuosos planos generales del territorio en el que impera su reinado y la turbia actuación del poder político, ya sea a través de los indescifrables entresijos de la justicia, como los planos del juzgado abarrotados de abogados, testigos, procesados y espectadores o descendiendo literalmente al subsuelo en el que se establecen las alianzas prohibidas en la secuencia en la que el jefe de policía se reúne con uno de los capos de la mafia para negociar la entrega de los hombres de confianza del bandido. “Giuliano se ha convertido en un problema incluso para nosotros”, argumenta el capo Don Nunzio para justificar su alianza con las fuerzas policiales, una idea que Fritz Lang ya había apuntado de forma magistral en “M, el vampiro de Düsseldorf” de 1931, y que propiciará la traición final del hombre de confianza de Giuliano, Pisciotta, un magistral Frank Wolf, en una secuencia que plasma de manera definitiva las turbias maquinaciones de las fuerzas del orden, algo que vemos en la oscuridad de una pequeña y vieja habitación donde Pisciotta se enfrenta a Giulianno, del que únicamente escuchamos su voz lacónica reprochándole su traición, en una nueva e inevitable referencia religiosa, mientras el jefe de las fuerzas policiales acecha desde el exterior para consumar su cacería.


En su alegato final antes de ser dictada la sentencia, el abogado que defiende a la banda afirma: “Portella della Ginestra no es más que un episodio que ha generado toneladas de tinta y de publicidad, pero después de una minuciosa investigación judicial, después de largos meses de proceso, nadie ha comprendido la verdadera naturaleza del aquél trágico suceso. Porque, Su Señoria, para comprender cómo un ladrón puede convertirse en gran elector y, mediante sus gestas, asustar a los miembros del gobierno y del parlamento, debemos antes tener valor para exponer la triste vida de la miseria, de la ignorancia, del feudalismo soportado por esta pobre gente, las múltiples formas de manipulación política, la cara de la mafia. Antes debemos tener valor para exponer todo esto”, refiriéndose a la masacre de Portella della Ginestra y cerrando con una declaración : “En mi opinión usted no puede inventar sino interpretar...Esto es lo importante para mi, la interpretación de los hechos”. Unas palabras que resumen además el credo de la película, sus intenciones de brindar una explicación que le pueda hacer justicia a la figura de Giuliano, bien sea justificándolo o desacralizándolo, y a los hechos de ese nefasto 1 de mayo.

Este quinto largometraje del autor es una innegable adscripción neorrealista, un formidable retrato de una sociedad, la siciliana, en permanente tensión entre la situación de subdesarrollo, la corrupción de sus clases dirigentes y la violencia ejercida por parte de la mafia sobre sus habitantes. “Salvatore Giuliano” nunca ha sido mejor como una interpretación de la historia sin recurrir a una súplica especial. Es como si el cineasta estuviera retrocediendo y proporcionando pistas que tenemos que interpretar nosotros mismos. Esto es algo que Hollywood nunca haría, y justifica el cine europeo tanto como cualquier otra película de lo que ahora parece un período dorado.

Para Francesco Rosi el cine comprometido social o políticamente debe brindar una investigación, una indagación de los lazos entre el pasado y la realidad del presente, por ello construye un potente lienzo de ese realismo social, un cuadro, sin embargo, incompleto. La verdad esquiva no le permite concluirlo.


El director, fallecido en 2015, se retiró del cine después de su adaptación de las memorias de Primo Levi con “La tregua” en 1997. Su rigor intelectual se echa mucho de menos en el séptimo arte.

Así terminamos esta nueva sesión en El diván de Louis Cypher hasta una nueva visita . Mientras tanto solo desearos buen cine...y mucha suerte.

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