“SALVATORE GIULIANO”
FRANCESCO ROSI, 1962
En
1962 el director italiano nacido en Nápoles, Francesco
Rosi, estrenó, para mi, su
mejor película: “Salvatore Giuliano”.
Fue
rodada en la localidad siciliana de Montelepre,
donde nació Giuliano,
en sus casas, caminos y montañas donde reinó durante seis años. En
la casa de Castelvetrano
donde el fugitivo pasó sus últimos meses, y en el patio donde una
mañana se encontró su cuerpo sin vida.
Cuenta
con un guión del propio realizador junto a Susso Cecchi
d'Amico, Enzo
Provenzale y Franco
Solinas, la fotografía
corresponde a Gianni di Venanzo
y la música la firma Piero Piccioni
El reparto lo conforman: Frank Wolff,
Salvo Randone, Federico Zardi, Pietro
Cammarata, Fernando Cicero y Giuseppe
Teti.
El film del director Francesco Rosi y por
el que fue galardonado con el Oso de Plata al Mejor
Director en el Festival de Berlín en 1962,
presenta una biografía de Salvatore Giuliano (1922-1950),
un mítico bandido e independentista siciliano, aunque al director,
le interesa más centrar la atención sobre los endémicos
problemas de la isla, sobre las relaciones entre mafia, bandolerismo,
poder político y poder económico, algo que los italianos suelen
denominar el “problema meridional”, y es entonces que la vida de
un célebre bandido se convierte en la mejor excusa para escarbar en
las raíces de la vida italiana, a manos de un director y una cinta
que fue encumbrada como la obra que inauguró la corriente de cine
político italiano y de la que Rosi es, además, uno de
sus principales exponentes y que únicamente se puede entender como
una de las derivadas de la inagotable fuente formal y temática que
supuso el neorrealismo italiano.
La película “Salvatore Giuliano” es
la historia, contada en forma semi-documental, empleando actores no
profesionales, utilizando localizaciones reales, y con un narrador,
el propio realizador, que contextualiza los hechos, de la
insurrección armada que promovió este hombre y de las
contradicciones que terminaron por aliarse con el ejercito y la
mafia, una trinidad indivisible como la llamará Gaspare
Pisciotta, uno de los lugartenientes del bandolero y que fue
también uno de los procesados, mientras el propio líder de la
banda, no se encontraba en los estrados judiciales junto a sus
compañeros. En la primera escena del film lo vemos boca abajo, con
disparos en su cuerpo, asesinado. Es el 5 de Julio,
Giuliano tenía 27 años. Un cadáver acribillado a
balazos yace en un patio de Castelvetrano, porta una pistola y
hay un rifle a su lado. La prensa local e internacional aparece en
escena con la esperanza de revelar la verdadera historia detrás de
la muerte de este joven, que a pesar de su juventud ya se había
convertido en el héroe criminal y célebre más buscado de Italia.
Al empezar con su muerte, Rosi estructura la película
en dos partes, primero con un elaborado y complejo “flashback”
que va a reconstruir las andanzas del bandido por boca de los que lo
conocieron, volviendo una y otra vez al levantamiento del cadáver, a
su féretro y a su madre llorándolo, a partir de aquí Francesco
Rosi dejará el relato atrás para concentrarse en el juicio
de sus hombres. Tanto en su muerte como en la masacre de Portella
della Ginestra, crimen del que son acusados, hay dudas sobre los
autores materiales e intelectuales y el director se esmera en
mostrarnos las posibles teorías que se manejan al respecto.
El propósito del realizador es político, su film
quiere denunciar el modo en que Giuliano fue
explotado: “A los limones primero los exprimen y luego los
tiran”, afirma un abogado en la película, y su
beligerancia aprovechada por los terratenientes, los monárquicos,
las fuerzas de derechas, la mafia y el ejercito. Edificando sobre
hechos históricos, cuya veracidad no podían negar ni los oponentes
de la visión izquierdista del director, éste rechaza tanto la
presentación documental y no comprometida de los hechos, como la
narrativa completamente ficticia, y por ello recurre a ellos, algo
que implicó un trabajo de archivo previo e investigación de
documentos oficiales, notas de prensa, testimonios en el juicio,
etc...y que lleva a Francesco Rosi a hacer un cine de
ficción documentado, según él mismo calificó.
Centrado en realizar un auténtico fresco socio-político
de una época y un lugar para mostrarnos a través de la figura del
tristemente célebre Salvatore Giuliano, que ejerció
un reinado protegido por la omertá, la pasión y el terror en las
montañas de Montelepre, en el corazón de Sicilia,
después de ser entronizado por las fuerzas separatistas y ser
utilizado posteriormente abandonado a su suerte por los mismos
políticos una vez en el poder, Francesco Rosi utiliza
un recurso tan radical como efectivo: no muestra en ningún momento
el rostro del bandido en vida, convirtiéndolo así en un personaje
sin identidad, fantasmagórico, prácticamente intangible, una idea
que refuerza la imagen de su silueta desplazándose por los vastos
paisajes con su sempiterna gabardina blanca. No ocurre igual con el
cuerpo del personaje una vez hallado muerto al inicio de la cinta. La
cámara realiza una auténtica autopsia del cuerpo sin vida del
bandolero mientras escuchamos la voz de un funcionario que levanta
minuciosa acta del acontecimiento. El cuerpo del fantasma se hace
tangible una vez muerto y el poder ya lo ha dominado. Rosi
mistifica su figura convirtiéndole en un personaje con evidentes
consonancias religiosas, reproduciendo el cuadro de Andrea
Mantegna “Lamentación sobre Cristo muerto” en
el plano del cadáver de Salvatore Giuliano en el
cementerio, justo antes de ser enterrado.
Francesco Rosi
realizó la “voz en off” él mismo, y estructuró la película en
torno a la muerte del bandido. Giuliano
es visto como un cadáver en la primera secuencia, con un funcionario
leyendo una descripción detallada de su muerte. Esto no nos da
ninguna pista sobre las preguntas que queremos responder, una
estratagema deliberada del director que nos obliga a pensar por
nosotros mismos a medida que avanza la película. Tan sólo nos
proporciona evidencias, a menudo elípticas, pero el resultado es un
estudio fantástico, no sólo de los tentáculos del crimen, sino de
todo un estilo de vida. El director permite a los espectadores hacer
su propio trabajo de detective, al tiempo que con esta cinta
emblemática de 1961
congela un momento socio-político entre la anarquía y una
posibilidad genuina de cambio.
Raramente
vemos a Giuliano,
pero podemos rastrear sus movimientos usando la radio de campo;
observamos los toques de queda impuestos con la esperanza de
atraparlo; esquivamos los disparos desde una ladera adornada con una
bandera estadounidense; y seguimos a las tropas a su pueblo, donde
los hombres son detenidos.
La
narración del director mantiene unido este retrato complejo y
fragmentado de la relación entre los ciudadanos de Sicilia,
la mafia y los funcionarios del gobierno. Esto es lo que hace mejor a
Rosi
quién una vez fue descrito por el crítico Derek
Malcom
como “la conciencia pesada del cine italiano”.
El director napolitano junto al romano Goffredo
Alessandrini
realizaron en 1952
un film biográfico sobre Anita Garibaldi,
una comunista marxista comprometida en “Camicie
Rosse” (“Ana
Garibaldi”),
interpretada por Anna Magnani,
donde describen la corrupción italiana con mas fuerza que cualquier
otro cineasta. Las representaciones fílmicas de Rosi
ayudaron a dar forma al género moderno de “gangsters”, y la
sombra de su obra se extiende por el libro “Gomorra”
de
Roberto Saviano en
particular. “Salvatore Giuliano”
marca una encrucijada para el director y para el cine italiano. Su
neorrealismo se remonta al cine clásico italiano de la década de
1950,
pero la película también hace un gesto hacia el oeste con el
contemporáneo Jean Luc Godard,
hacia el sur hasta “La batalla de Argel”
rodada en 1966
por Gillo Pontecorvo
y hacia el carnavalesco de Fellini,
quién
con una secuencia que representa un pueblo de mujeres chillando
mientras acusa a las autoridades no parecería fuera de lugar en
“Amarcord”
de 1995.
La utilización de actores locales no profesionales que trabajan en
el lugar donde el bandido vivió 11 años antes, prestan un brillo
etnográfico y una crudeza, no muy diferente del hecho y la posguerra
de “Roma, città aperta” que
realizó Roberto Rossellini
en 1945.
Más
tarde dirigió “Lucky Luciano” de
1973,
una historia de la mafia más convencional, y películas como “Il
caso Mattei”
de 1972
y “Cadaveri eccellenti”
en 1975,
dossiers sobre el poder y la corrupción que se basaban en un estilo
mucho más ornamentado y la brillantez de actores como Gian
Maria Volonté o
Lino Ventura
que las mantenían con su considerable elocuencia.
Francesco Rosi
nos propone una disyuntiva entre la vida salvaje, no carente de
cierta pureza, del bandolero Giuliano,
plasmada en majestuosos planos generales del territorio en el que
impera su reinado y la turbia actuación del poder político, ya sea
a través de los indescifrables entresijos de la justicia, como los
planos del juzgado abarrotados de abogados, testigos, procesados y
espectadores o descendiendo literalmente al subsuelo en el que se
establecen las alianzas prohibidas en la secuencia en la que el jefe
de policía se reúne con uno de los capos de la mafia para negociar
la entrega de los hombres de confianza del bandido. “Giuliano
se ha convertido en un problema incluso para nosotros”,
argumenta el capo Don Nunzio
para justificar su alianza con las fuerzas policiales, una idea que
Fritz Lang
ya había apuntado de forma magistral en “M, el
vampiro de Düsseldorf”
de 1931,
y que propiciará la traición final del hombre de confianza de
Giuliano,
Pisciotta,
un magistral Frank Wolf,
en una secuencia que plasma de manera definitiva las turbias
maquinaciones de las fuerzas del orden, algo que vemos en la
oscuridad de una pequeña y vieja habitación donde Pisciotta
se enfrenta a Giulianno,
del que únicamente escuchamos su voz lacónica reprochándole su
traición, en una nueva e inevitable referencia religiosa, mientras
el jefe de las fuerzas policiales acecha desde el exterior para
consumar su cacería.
En
su alegato final antes de ser dictada la sentencia, el abogado que
defiende a la banda afirma: “Portella della
Ginestra no es más que un episodio que ha generado toneladas de
tinta y de publicidad, pero después de una minuciosa investigación
judicial, después de largos meses de proceso, nadie ha comprendido
la verdadera naturaleza del aquél trágico suceso. Porque, Su
Señoria, para comprender cómo un ladrón puede convertirse en gran
elector y, mediante sus gestas, asustar a los miembros del gobierno y
del parlamento, debemos antes tener valor para exponer la triste vida
de la miseria, de la ignorancia, del feudalismo soportado por esta
pobre gente, las múltiples formas de manipulación política, la
cara de la mafia. Antes debemos tener valor para exponer todo esto”,
refiriéndose a la masacre de Portella
della Ginestra
y cerrando con una declaración : “En mi
opinión usted no puede inventar sino interpretar...Esto es lo
importante para mi, la interpretación de los hechos”.
Unas palabras que resumen además el credo de la película, sus
intenciones de brindar una explicación que le pueda hacer justicia a
la figura de Giuliano,
bien sea justificándolo o desacralizándolo, y a los hechos de ese
nefasto 1 de mayo.
Este
quinto largometraje del autor es una innegable adscripción
neorrealista, un formidable retrato de una sociedad, la siciliana, en
permanente tensión entre la situación de subdesarrollo, la
corrupción de sus clases dirigentes y la violencia ejercida por
parte de la mafia sobre sus habitantes. “Salvatore
Giuliano”
nunca ha sido mejor como una interpretación de la historia sin
recurrir a una súplica especial. Es como si el cineasta estuviera
retrocediendo y proporcionando pistas que tenemos que interpretar
nosotros mismos. Esto es algo que Hollywood
nunca haría, y justifica el cine europeo tanto como cualquier otra
película de lo que ahora parece un período dorado.
Para
Francesco Rosi
el cine comprometido social o políticamente debe brindar una
investigación, una indagación de los lazos entre el pasado y la
realidad del presente, por ello construye un potente lienzo de ese
realismo social, un cuadro, sin embargo, incompleto. La verdad
esquiva no le permite concluirlo.
El
director, fallecido en 2015,
se retiró del cine después de su adaptación de las memorias de
Primo Levi
con “La tregua”
en 1997.
Su rigor intelectual se echa mucho de menos en el séptimo arte.
Así terminamos esta nueva sesión en El diván de Louis
Cypher hasta una nueva visita . Mientras tanto solo desearos buen
cine...y mucha suerte.








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