“STRANGERS
ON A TRAIN”
(EXTRAÑOS EN UN TREN)
Alfred Hitchcock, 1951
El
terror permanente en la vida de Alfred Hitchcock
era que sería acusado de un crimen que no cometió. Este miedo está
en el corazón de muchas de sus mejores películas, incluyendo
“Strangers on a train” (“Extraños
en un tren”) de 1951,
en la que un hombre se convierte en el sospechoso obvio del
estrangulamiento de su esposa. Él es una excelente victima debido al
ingenioso plan original del asesino real: dos extraños
intercambiaran asesinatos, cada uno matando a la persona que el otro
querría muerta. Ambos tendrían coartadas herméticas para el
momento del crimen, y no existiría una conexión posible entre el
asesino y la victima.
Es
una trama hecha de ingenio y amoralidad, basada en la primera novel
de Patricia Highsmith,
quien tanto en sus novelas de “Ripley”,
así como en otras obras, mostraba fascinación por delincuentes
inteligentes que funcionaban no por pasión, sino por un cálculo
cuidadoso, y generalmente llegaban lejos con sus crímenes. El
acuerdo de asesinato entrecruzado en “Extraños en un
tren”, de hecho habría
funcionado perfectamente, excepto por el detalle de que solo uno de
los extraños está de acuerdo.
Nominada
al Óscar
en la categoría de Mejor
fotografía (Blanco y negro)
y a Mejor Director por
el Sindicato de
Directores, nos cuenta
cómo durante un viaje en tren, Guy,
un joven campeón de tenis al que da vida Farley
Granger, es abordado por
Bruno,
interpretado por un excelente Robert Walker,
un joven que se conoce vida y milagros del tenista a través de la
prensa, y al que inesperadamente le propone un asesinato pero
intercambiándose las víctimas, con el fin de garantizarse
recíprocamente la impunidad. Así podrían resolver sus respectivos
problemas: él suprimiría a la mujer de Guy,
quien no quiere concederle el divorcio, y a cambio, Guy
debería asesinar al padre
de Bruno para
que éste pudiera heredar una gran fortuna y vivir a su aire. Bruno
sugiere que podría tener la respuesta a ambos problemas: “Dos
tipos se encuentran accidentalmente, como tú y yo. No hay conexión
entre ellos en absoluto...cada uno tiene a alguien de quien le
gustaría deshacerse, por lo que intercambian asesinatos”.
En ese momento se plantea al espectador la cuestión de: ¿Matará
Bruno al
problemático cónyuge de de Guy,
si éste lo hace también con su padre dominante?. Guy
se burla de la propuesta de su compañero de viaje y obviamente
trastornado, sale rápidamente. Desafortunadamente, Bruno
toma esto como un acuerdo tácito y sumple su mitad del trato
imaginado.
Alfred
Hitchcock rara vez daba un
paseo fácil a sus personajes, pero en esta cinta, es inusualmente
generoso con Guy,
quien a pesar de las frecuentes muestras de debilidad y falta de
coraje, nunca se acerca a asesinar a nadie.
Supuestamente
Hitchcock
quería a William Holden
para el papel de Guy:
“Él es más fuerte”,
le dijo a FranÇois Truffaut
en una ocasión, pero quizás se hubiera equivocado. Demasiado fuerte
para Bruno, a
pesar de la forma en la que Holden
permitió que una actriz envejecida le manipulara en “Sunset
Boulevard” (“El
crepúsculo de los dioses”),
que rodó Billy Wilder en
1950.
Ciertamente,
la elección de Farley Granger
y Robert Walker
cómo Guy y
Bruno resulta
crucial, y más tarde el director afirmaría que el reparto correcto
le había ahorrado una bobina de celuloide del tiempo planeado que
pensaba dedicar a explicarse, ya que el público percibiría
cualidades en los actores que ya no necesitarían desarrollarse.
Como
argumento tiene una pulcritud que el realizador británico debió
encontrar irresistible, especialmente porque Guy
tiene un motivo para asesinar a su esposa: fue visto en una pelea
pública con ella el día de su muerte. Incluso le dijo a su
prometida-amante que lo haría: “Me gustaría
estrangular a Miriam”,
interpretada por Kasey Rogers.
La
actitud de Bruno
es insistente e insinuante y por momentos contiene matices
homoeróticos.
Guy
se ofende por las referencias a su vida privada, pero
inexplicablemente no interrumpe la conversación, que termina con una
nota ambigua con Bruno
tratando de hacer que Guy
acepte el plan, mientras éste trata de agradarlo y así deshacerse
de él. Pero finalmente Bruno
asesina a la esposa de Guy y
luego le exige que mantenga su parte del acuerdo.
El
personaje de Granger
es más suave y elusivo, más convincente, mientras intenta
timidamente salir de la red de conversación de Bruno
en lugar de rechazarlo rotundamente. Walker
interpreta a Bruno
como un coqueto seductor, sentándose demasiado cerca durante su
primera reunión, y luego reclinándose en toda su longitud frente al
mismo en el compartimento privado. Todo ello sugiere que la reunión
inicial en tren fue planeada con meticulosidad por Bruno,
más que a un encuentro casual.
Es
esta sensación de dos personajes defectuosos, uno malvado y otro
débil, con una tensión sexual no declarada, lo que hace que la
película sea intrigante y plausible a medias, ayudando a explicar
cómo Bruno
podría estar tan cerca de llevar a cabo su plan. Highsmith
era una mujer lesbiana cuyas novelas tienen una profundidad
psicológica extraña. El también escritor británico Andrew
Wilson
en su biografía de 2003,
cuenta que a menudo se enamoraba de mujeres heterosexuales, y sus
historias con frecuencia usan un subliminal texto enterrado de
atracción gay no
declarada, como en “The talented Mr. Ripley”,
en la que su héroe criminal, Tom Ripley,
se enamora no tanto de Dickie Greenleaf,
como de su identidad y estilo de vida. Aunque la homosexualidad
todavía no se atrevía a pronunciar su nombre en voz alta en 1951,
Hitchcock era
muy consciente de la orientación de Bruno,
y de hecho editó versiones separadas de la película para los
Estados Unidos
y Gran Bretaña,
reduciendo la intensidad de la seducción en la impresión americana.
Es interesante recordar que el director también eligió a Farley
Granger en
“Rope” (“La
soga”) de 1948,
basada en el caso Leopold-Loeb.
Otra historia sobre un pacto de asesinato con un latente subtexto
homosexual.
Sin
embargo, “Strangers on a train”,
no es un estudio psicológico sino un thriller de primer nivel, y
como suele pasar en las películas del “mago del suspense”, con
una sensación de partituras privadas que se resuelven simplemente
fuera de la vista.
Su
obsesión por ser acusado erróneamente, sin duda se refiere a un
episodio traumático en su infancia, cuando su padre envió al
pequeño y travieso Alfred
a la estación de policía con una nota solicitando al sargento lo
encerrara hasta que lo llamaran. Interesante en este contexto es el
hecho de que Hitchcock
eligiese a su propia hija, Patricia,
para recrear a la joven y abierta Barbara Morton,
hermana menor de la prometida de Guy,
Anne Morton,
interpretada por Ruth Roman.
Patricia Hitchcock y
Kasey Rogers
se parecen un poco y usan anteojos muy similares.
En
una escena en la que Bruno
esta recreando juguetonamente técnicas de estrangulamiento en una
fiesta cuando de pronto se fija en Barbara,
tras un instante se voltea y vuelve a los asesinatos. Este personaje
de la hermana pequeña obtiene las lineas más espeluznantes en el
film, especialmente durante una reunión temprana que involucra a Guy
y a toda la familia del senador. Ella continua expresando lo que
todos temen decir. Es de alguna manera un “Alter
ego” de un joven
Alfred.
Hitchcock fue
sobretodo el maestro de grandes piezas visuales, y en “Strangers
on a train”
encontramos varias de sus famosas escenas. Una de las más conocidas
es aquella en la que Guy
escanea a la multitud en un partido de tenis y observa que todas las
cabezas giran de un lado al otro para seguir el juego, excepto una,
la de Bruno,
que mira directamente a la de Guy,
en un recurso que ya utilizaría antes en “Foreing
correspondent” (“Corresponsal
en el extranjero”)
en 1940,
donde todos los molinos de viento giraban en una dirección excepto
uno.
Luego
está la famosa secuencia que involucra un tiovivo desbocado, en el
que Guy y
Bruno
luchan mientras un trabajador del carnaval se arrastra sobre su
estómago bajo el paseo giratorio para llegar a los controles y muere
tras un disparo. Este disparo pasó a la historia del cine ya que se
rodó sin falsearlo y el especialista casi es asesinado por
accidente. El realizador dijo que nunca volvería a arriesgarse así.
Hitchcock
era un técnico clásico en el control de sus imágenes, y su uso del
espacio en la pantalla subrayaba la tensión de maneras que la
audiencia
no siempre conoce. Siempre usó la convención de que el lado
izquierdo de la pantalla es para los personajes malvados y/o más
débiles, mientras que el derecho es para personajes que son buenos o
temporalmente dominantes. Cabe considerar la escena en la que Guy
se está metiendo en su casa de Georgetown
cuando Bruno
susurra desde el otro lado de la calle para convocarlo. Bruno
está de pie detrás de una puerta de hierro, las barras proyectan
sombras simbólicas en su rostro, y Guy
se coloca a su derecha, afuera de la puerta. Entonces, un auto de la
policía se detiene frente a la casa de Guy,
y él rápidamente se mueve detrás de la puerta de la puerta con
Bruno,
quedando ambos tras las rejas cuando dice: “Me
tienes actuando como si fuera un criminal”.
Recordando
de nuevo la larga entrevista que le hizo el también realizador
FranÇois Truffaut,
el mago del suspense confesó que no le gustaban mucho ninguno de los
actores, pero el personaje de Bruno
interpretado por Robert Walker,
ha terminado siendo considerado uno de los mejores villanos de
Hitchcock,
y el realizador británico terminó por estar de acuerdo con Truffaut
en que la simpatía del público estaba más con él que con el
“play-boy” de Farley Granger.
La
película se enmarca entre las mejores de Hitchcock,
quizás por debajo de otros títulos como “Vertigo”,
“Notorius”,
North by northwest”,
“Psycho”
y tal vez “Shadow of a doubt”,
y mantiene su atractivo probablemente en la vinculación de una trama
ingeniosa con una insinuación espeluznante. Una combinación clásica
en las novelas de Patricia Highsmith,
cuyas obras han sido injustamente archivadas como ficción criminal
cuando en realidad escribe ficción convencional sobre criminales.
“Strangers on a
train”,
es una admirable demostración del virtuosismo de Alfred
Hitchcock
en el área de los dramas de suspense. Dada una idea imaginativa de
la trama a partir de la cual construir sorpresa, el director procede
de manera característica, utilizando incidentes comunes y el largo
brazo de la conciencia como detalles por los cuales mantiene al
espectador pegado a su asiento.
Los
personajes y lugares curiosamente contrastados juegan su papel en la
estratégia del realizador, lo que la convierte en un espectáculo
enormemente entretenido. Hitchcock
generalmente evita largas escenas de acción, aunque la inclusión de
la escena final es sorprendente y muy efectiva. Una secuencia en la
cual todo el peso dramático, es atrapado contra el fondo de un
parque de diversiones en un tiovivo locamente desbocado cuyo operador
ha sido derribado por una bala.
Toda
la historia está muy bien proyectada, y Robert
Walker convence
exitosamente en el papel de un psicópata lleno de matices sutiles
que el actor cumple de manera sorprendente. Farley
Granger
está espléndido como el joven que se ve atrapado en un plan impío
para cometer un asesinato, y una atractiva, pero sólo discreta, Ruth
Roman,
agrega belleza a su caracterización de la chica de sociedad
enamorada de Guy.
Leo G. Carroll,
está estupendo como su padre, y Patricia
Hitchcock
contribuye a que el proceso sea lo más siniestro posible. Kasey
Rogers (Laura
Elliot,
nombre que le puso la Paramount
en la década de los 40 a los 50), en la exigente asignación de la
astuta joven esposa de Guy (Granger),
es brillante. Marion Lorne,
revoloteante y tonta en su personaje y Jonathan
Hale,
debidamente dignificado, son sobresalientes como los padres de
Walker.
Howard St.John como
detective, encabeza el excepcional reparto de apoyo que incluye a
John Brown,
Norma Varden,
Robert Gist
y John Doucette.
El trabajo de cámara de Robert Burks
agrega ímpetu a la técnica marca de la casa de Hitchcock.
La direcciónde arte de Ted Haworth contrasta
vividamente los diversos lugares de acción. La partitura de Dimitri
Tiomkin se encuentra en el estado espeluznante del drama y la
excelente edición corresponde a William Ziegler. Todos
ellos forman un magnífico equipo a la altura del film.
Con el fin de garantizarse un precio de ganga, el
director aseguró anónimamente los derechos de la novela de
Highsmith para rápidamente proceder a completarla con
Whitfield Cook.
Guy Haines fue transformado de arquitecto
a jugador de tenis con aspiraciones políticas y en lugar de ser
juzgado por el asesinato del padre de Bruno, se le da
la suficiente conciencia para tratar de advertirlo. Además, el
delgado volumen de Platón que Bruno usa
para implicar a su reacio compañero en el crimen, se cambia a un
encendedor con una dedicatoria inscrita para Guy que le
regala su amante Anne Morton.
Al no haber interesado a varios escritores destacados,
Hitchcock entregó su tratamiento a Raymond
Chandler para trabajar en un guión. Sin embargo hubo una
antipatía instantánea entre los dos que terminó con el director
particularmente descontento con el final, en el que un Bruno
con camisa de fuerza se retuerce en una celda de asilo. Finalmente
Chandler retuvo su crédito, pero gran parte del guión
de rodaje fue escrito en realidad por el escenógrafo novato Czenzi
Ormond. Entre sus contribuciones estuvo el final del
carrusel, que fue tomado de la novela de Edmund Crispin “The
moving Toyshop” de 1946.
Pero si el guión se podía arreglar, el elenco no.
Mientras estaba contento con Robert Walker como Bruno,
Hitchcock quería a William Holden para
interpretar a Guy y estaba decepcionado de terminar con
Farley Granger, con quién ya tuvo problemas con “Rope”
de 1948. Además, encontró a Ruth Roman fría y
r´gida, demasiado intensa y sin aliento con el pecho agitado y los
labios temblorosos como Anne, la novia de Guy,
aunque alegremente eligió a su propia hija Patricia,
como su hermana pequeña Barbara. Pero lo cierto es que
la película pertenece a Robert Walker como el
psicópata Bruno, encantador, infantil y escalofriante
en igual medida.
Además, el realizador estaba obsesionado con imágenes
que representaban círculos, dobles y travesías, como las imágenes
curvilíneas que ya habían dominado en la pantalla en “The
ring” (“El ring”) de 1927. Pero
aquí la colma de objetos redondos, ya sean registros en la tienda de
Miriam, la abundancia de caras de reloj, la raqueta de
Guy y las pelotas de tenis o el globo que Bruno
explota antes de asesinar a Miriam junto al carrusel
del recinto ferial.
El doble motivo se persigue con igual rigor. Hay dos
partidos de tenis, dos escenas centradas en un tiovivo, dos
respetables pero dominantes y distantes padres y dos mujeres
agredidas con gafas. Hay dos criadas viejas fascinadas por la
mecánica del asesinato, dos grupos de detectives privados y dos
rondas de whiskys dobles. Incluso el clásico cameo de Hitchcock
se adhirió a la idea: llevaba una caja de contrabajo, que pensó que
se parecía a su propio físico.
Así como se supone que el exceso de objetos anulares
transmite los círculos viciosos de los que tanto Guy como
Bruno intentan liberarse, los distintos pares, en esos
días del Código de Producción, sugieren la conoxión
homoerótica entre los posibles asesinos. Del mismo modo, los
patrones recurrentes entrecruzados también tienen un peso simbólico,
desde las barras oscuras que adornan a Bruno en el tren
y la cara de Guy en la calle Washington, hasta
las raquetas de tenis grabadas en el encendedor de Guy,
ya que aunque se benefícia de la desaparición de Miriam,
éste todavía tiene la intención de traicionar a Bruno
al negarse a cumplir su parte del trato.
Guy
puede ser nuestro héroe, pero es un personaje completamente
resistible, y por lo tanto parece que le va bien en política.
Recordando el letal encanto del tío Charlie
en “La sombra de una duda”
de 1943 y
anticipando el desorden edípico de Norman Bates
en
“Psycho”
de 1960.
En
conclusión, vale la pena señalar que la secuencia del almuerzo en
la que Bruno
afirma que todos son un asesino potencial, fue eliminada de la
impresión original de los Estados
Unidos.
Pero una vez más, la reunion culminante en el cruce de trenes de
Anne y
Guy
con un clérigo estrellado estuvo ausente en la versión británica.
Dicho
esto, el thriller de Hitchcock,
es una comedia negra y sigue siendo una magistral pieza de
entretenimiento. Está filmado con toda su invención y estilo
habituales, y alguna de sus escenas se encuentran entre las más
memorables del director, por ejemplo el momento agonizante cuando
vemos el asesinato de la esposa de Guy
reflejado en sus especificaciones descartadas, o la mencionada
secuencia del partido de tenis en la que Bruno
se sienta mirando al frente mientras todas las cabezas a su alrededor
siguen el ir y venir de la pelota. Lo cual es bastante notable dados
los problemas que el realizador tuvo para hacer la película, ya que
comenzó a filmar sin guión y el vertiginoso climax en un tiovivo de
fuera de control no se ideó hasta semanas después del rodaje.
El
dispositivo favorito de Hitchcock
de un hombre común atrapado en una red de miedo cada vez más
apretada sumerge a Guy
en una de las películas más endiabladamente efectivas del director.
Los lugares ordinarios de Washington
se convierten en terrenos de caza siniestros que reflejan
perfectamente el terror progresivo que lentamente le consume,
mientras el letalmente suave Bruno
lo persigue implacablemente hasta un clímax frenético, rápido,
emocionante y tejido con un estilo perverso. Este es probablemente
uno de los thrillers más eficientes y despiadadamente deliciosos del
magnífico director británico.
Ese
primer partido de tenis es un verdadero golpe de cine con
innumerables entrelazados. El viaje a través del inframundo mientras
Bruno
supera a Miriam
después de saltar a un bote llamado Plutón
a través del túnel del amor. Nada está fantaseado, se filma en un
recinto ferial real, pero con un visual absolutamente operístico en
sus asentimientos y disparos, sus siluetas y banda sonora (Miriam
y sus dos amigos mientras van a tientas cantan la canción “The
band played on”
escrita por Charles B. Ward y
John F. Palmer en
1895),
incluso la lucha climática en el carrusel, el asesinato refractado
en las gafas de la víctima y todas las imágenes expresionistas son
prueba de ello.
Contiene
también excelentes notas de humor: la manicura de la madre de Bruno,
su perro en la parte superior de las escaleras, su manoseo a tientas
buscando el encendedor que le cae por el desagüe, todo empalmado con
el épico partido de tenis contra el reloj de Guy,
que debe completarse antes de que Bruno
lo plante como evidencia incriminatoria.
Todo
esto sugiere que nuestras simpatías deberían estar con Bruno
y no con nuestro héroe. También lo hace el “casting”, donde
Robert Walker
es todo lo que Kevin Spacey
podría ser, hábil y felino, inteligente y encantador, dulce e
insidioso. Tenía solo 31 años cuando interpretó este personaje,
sin duda un hecho impactante, pero que muriera ocho meses después,
sufriendo de una enfermedad mental o según otra versión por sus
problemas con la bebida, es terrible. Fue su penúltima película.
Por
el contrario, Granger
hace bien en hacer que nuestro protagonista de corte limpio sea un
lastre.
Que
diferente habría sido si James Stewart
hubiera tomado el papel, o Cary Grant.
Farley Granger
es apuesto, como Stewart,
pero excesivamente nervioso cuando Jimmy seguro
le habría dado un tono más plano. A diferencia de Grant,
no se le permite ningún sentido del humor discernible, tan solo el
glamour superficial del maniquí. Ruth Roman,
interpretando
el papel femenino principal, fue forzada por un realizador no
convencido y se nota. La película parece burlarse de ella cuando la
idolatra. El encendedor puede ser el “MacGuffin”, pero la niña
es una irrelevancia, una ficha, una ocurrencia tardía.
La
clave de este film reside en que es una historia de amor. La reunión
de Bruno
y Guy
en el vagón restaurante es tán seductora como la litera locomotora
de Grant y
Marie Saint
en “North to northwest” (“Con
la muerte en los talones”)
de 1959.
“Strangers on a
train”
es una película saturada del sudor del “macartismo”, detalle que
observamos con un sorprendente plano de Bruno,
solo, vestido de negro, mirando a Guy
desde los escalones del monumento a Jefferson.
Incluso la escena final, un colofón que advierte sobre los peligros
de conversar incluso con el compañero de viaje más inocuo, no
funcionaría si aún no estuviéramos nerviosos con una paranoia que
es parte del mundo de la alfabetización.
Sea
quién sea, sea cual sea su situación, los susurros pueden ser
insistentes. Los esqueletos tienen la costumbre de sacudir el mango.
Así
llegamos al final de esta sesión de El diván de Louis Cypher, como
siempre solo desearos buen cine...y mucha suerte.













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